Deconstruyendo la cultura libre (2 de 2)
En la primera parte de éste Deconstruyendo la cultura libre, ayer me quedé en el punto en que Javi habla sobre la difusión de contenidos, por lo que hoy enlazo con el que habla sobre la libertad de expresión, punto en el que Javier se equivoca, hasta arriba, porque las hojas no le dejan ver el árbol, y mucho menos el bosque.
Tras las legislaciones tramposas y bazofias como la Digital Millennium Copyright Act, el Anti-Counterfeiting Trade Agreement, la Haute Autorité pour la Diffusion des Oeuvres et la Protection des droits sur Internet, la Digital Economy Bill, la Combating Online Infringement and Counterfeits Act, et cétera, se esconde un peligro. Y ese peligro es que dichas legislaciones crean órganos administrativos competentes por ellos mismos, que actúan con independencia total y que tienen la capacidad ejecutiva de cerrar cualquier sitio web del planeta en tan solo dos o tres días.
Por ejemplo, el sitio web A, creado y mantenido por la persona F en el país J, está alojado en un servidor situado en el país Z. Un intermediario cultural, o un abogado troll del copyright que habita en el país N, lanza una demanda por infracción de copyright. Como los países J, N y Z son firmantes del ACTA, la demanda del troll del copyright, lanzada desde el país N, provocará que los órganos administrativos competentes del país Z, que aloja el servidor, manden a la policía y lo cierren simplemente tras recibir un FAX informativo, y que las autoridades del país J citen a la persona F en un juicio y le caiga un multazo tremendo.
¿A que no se entiende? Pues eso.
Pero lo peor de todo no es que no se entienda, o que los vericuetos legales permitan que mandando un FAX a la otra punta del mundo puedas cerrar un servidor alojado en un país vecino (cosas de La Globalización©), si no que cualquier cosa puede ser considerada como infracción de copyright. Y no hace falta cerrar webs, que se puede, si no solamente cortar los diferentes grifos, económicos o no.
Lo que las legislaciones trampa permiten, es la caza de brujas, sin tribunal (ni civil ni inquisitorial). En una sociedad zombie, como infracción de copyright vale absolutamente todo, desde Julian Assange o Bradley Manning hasta el vecino de arriba que te jode los fines de semana con la música, ya que las demandas de infracción de copyright funcionan de igual manera que las delaciones por brujería en la edad media, las delaciones por judío en la Alemania Nazi, por rojo o masón en la EH!paña nacional-católica, por comunista durante el McArthismo o la acusación de ser un espía suizo por llegar en punto a trabajar en la Rusia Stalinista:
- no se requiere absolutamente ninguna prueba
- no es necesario identificarse para efectuar la denuncia
- proporcionan entretenimiento asegurado por mucho tiempo al denunciado
Y ese entretenimiento va desde un simple periplo de años por el sistema judicial, hasta largas estancias a pensión completa en centros penitenciarios, o la ruina económica total.
Son precisamente estos tres conceptos los que impulsan a estar en contra de ACTAS, DMCAs, COICAS, HADOPIs y leyes de economías sostenibles variadas.
Y para ir ya terminando los puntos que quedan, si se prohíben las descargas, pues igual no se recorta el derecho de acceso a la cultura… igual hasta aumentaría el uso de dicha tecnología, ya sabéis que lo prohibido pone… pero de eso a justificar que la explosión cultural de los 80 en EH!paña se hizo sin necesidad de Internet… que quereis que os diga…
Primero que en los 80 Internet no existía, ni en EH!paña ni en ningún lado. Y segundo, que me cago en la mierda de explosión cultural ochentera española…millones de veces.
El porqué ahora y no antes, bueno, depende de cuanto tiempo atrás vayamos. Todo este rollo de la Ley Sinde nació, ni más ni menos, con el segundo gobierno de Aznar, impulsada por la ministra Ana Birulés que, coincidencias de la vida, pudo haber entrado en el Govern del Presidente Artur Mas.
Y ciertamente, hay mucho revolucionario de sofá (que tienen sus propias herramientas de ejem-activismo-ejem), muchos que silban o se ríen en la cara de personas que han dedicado años y todos sus ahorros a un proyecto. Tengo la desgracia de haber tratado con algunos y no es agradable.
Pero al contrario que Javier, yo si creo que la Cultura es y debe ser libre. Pero por Cultura no hablo, solamente, de música, películas, Internet o blogs. Hablo, por ejemplo, de libros de texto para escuelas (¿nadie se ha preguntado por qué son tan caros y por qué los editores no quieren dejar escapar ese trofeo? ¿De verdad?). El ‘Arte’ no es lo único que tiene copyright, y hay cosas interesantes por ahí, a parte del rollo modernista que va de sarao en sarao.
Pero una de las cuestiones principales, en la que estamos de acuerdo, es en que soy yo, el que escribe esto, quien decide a grandes rasgos qué se puede y qué no se puede hacer con mis cosas, y no quiero que nadie me diga qué tengo que leer ni cuando tengo que hacerlo. Y lo más peligroso de todo, no quiero que me acusen de terrorista o perturbador del statu quo por hacerlo.
Las legislaciones como la Disposición Final de la Ley de Economía Sostenible, Ley Sinde o Biden-Sinde o como narices se les enteste llamarla, hijas de cosas como el ACTA, son perniciosas para todos.
Si a alguien le suena el NAFTA, la PAC o las fechorías del FMI, el ACTA y sus derivados son, simplemente, su versión para bienes digitales y están todos diseñados para beneficiar única y exclusivamente a las grandes industrias del ocio y entretenimiento de los Estados Unidos.







