Cuando el “copiar y pegar” te convierte en criminal

Domingo en el 30 minuts de la TV pública catalana se emitió el reportaje Zona de descargas. Francamente, me sorprendió muchísimo, y gratamente. Por fin en una televisión se da una visión neutral sobre el tema de la fatalmente llamada piratería en Internet.

En él aparecían los cuatro dinosaurios que controlan el 70% de la industria musical en España: EMI, Sony Music, Warner y Universal. Curiosamente, todas norte-americanas, y todas preocupadas por el empleo en España.
La visión que más me ha sacado de mis casillas ha sido la del mismísimo presidente de Sony Music España, Carlos López, poniendo como ejemplo de ‘compartir’ el coger el coche del Presidente del Gobierno para ir a hacer una merendola a la sierra madrileña.

Este ejemplo triste y lamentable, que en primer lugar demuestra que el señor López aún no se ha enterado de qué va el tema de los archivos digitales frente a los CDs físicos y los juegos de suma cero, viene del representante en España de una empresa que, hace 5 años, infectó deliberadamente a casi 5 millones de sus clientes con software malicioso, que modificaba los ordenadores de dichos clientes, y que, para mas mofa y escarnio, violaba la licencia GNU/GPL. Como dicen por ahí, la primera en la frente.

Luego aparecen más señores de la industria musical, excusándose en que si a sus inversores les dicen que van a recibir menos porque tienen que invertir en una cosa que se llama Internet, los inversores se van a ir… y yo me pregunto ¿y qué me importa a mí el funcionamiento interno de una multinacional discográfica? Si, como asegura Fabrice Benoît, presidente de Universal Music Spain, los inversores se marchan a otros campos más verdes… pues habrá que buscar otros inversores… pero eso es puramente funcionamiento interno y su problema como presidente, no el mío como ciudadano y potencial cliente.

La industria musical dinosaurica miente. Miente porque no sabe hacer otra cosa. Miente porque no quiere hacerse cargo de la realidad y porque quiere parar la historia. Quiere frenar el progreso y mantener viejos modelos y privilegios. ¿Dicen que no hay nuevos grupos musicales y que cada vez habrá menos? Jordi Castelló, responsable de Discos Castelló, la mítica tienda de discos barcelonesa le da la razón (minuto 11:30), pero de una forma sutilmente diferente a la que estos dinosaurios esperarían:

La calidad de la música ha bajado. Cuesta mucho conseguir un CD con más de una o dos canciones buenas, y si un CD solamente te aporta un tema digno, pues vas a Internet y, o lo bajas gratis o lo compras pagando 99 céntimos o 1 euro.

La segunda, en la frente también, y aún más fuerte. Éstos dinosaurios, así como las viejas glorias musicales españolas que se manifestaron el pasado diciembre exigiendo el enjuiciamiento criminal de sus clientes, groupies y fans, aseguran que la venda de música lleva años descendiendo. Mienten otra vez. ¿Que bajan las vendas de CDs? Puede, pero hoy más que nunca, se escucha y se vende más música que nunca. Eso si, en formatos diferentes al obsoletísimo CD.

Jordi Castelló tiene muy claro que el futuro pasa por la adaptación. El vinilo, que vuelve más fuerte que nunca, las entradas a conciertos y el merchandising cumplen el cupo de la venta de canciones en formato digital.
Y así de claro lo tiene también el responsable de Aloud Music. Y también lo dicen desde AUAMusic, Spotify, Beatport, We7 y los miles de grupos nuevos que se autoeditan y promocionan usando Internet, aplicando nuevos modelos de negocio que utilizan las ya-no-tan-nuevas herramientas del siglo XXI.

La realidad muestra que los dinosaurios de la industria musical no quieren renovarse porque no les da la gana. Y ese no es el problema de sus potenciales clientes.

Cuando Johannes Gutenberg inventó la imprenta de tipos móviles allá por 1440, ni se le pasaba por la imaginación que, en menos de cien años, su invento ayudaría a propagar la reforma luterana, poniendo fin a siete siglos de dominación católico-romana obscurantista y su monopolio del saber, multiplicando exponencialmente el número de libros existentes en el mundo y, ya de paso, propagando lo que hoy en día conocemos como “alemán moderno”.

Internet es una herramienta que, como la imprenta de Gutenberg en su momento, elimina barreras y, sobre todo, intermediarios. La Iglesia reaccionó a la reforma de Lutero con sangrientas guerras de religión entre los siglos XVI a XVIII, tachando de herejes a millones de personas en Europa, juzgándolas, ajusticiandolas, o forzándolas a abandonar el viejo continente en busca de lugares donde pensar y actuar diferente no comportara la muerte.

Las discográficas ancladas en el siglo XX pretenden recuperar esas guerras. Para empezar, las legislaciones nacionales y supra-nacionales que han promovido en todo el mundo, como la DMCA en los Estados Unidos, la ley Hadopi en Francia, la Digital Economy Bill en el Reino Unido, el proyecto de Ley de Economía Sostenible en España o el tratado ACTA, pendiente de ratificación por el Parlamento Europeo… todas estas legislaciones no son más que una réplica de las bulas excomulgatorias, con las que las discográficas pretenden cambiar el estatus de sus propios clientes, saltándose a los poderes judiciales de toda Europa, y convirtiendo a sus ciudadanos en delincuentes, por el simple hecho de copiar un fichero dentro de un sistema digital o entre dos de dichos sistemas.

Bajo los intentos de aplicación de medidas destinadas a productos físicos a productos digitales, se esconde un peligro que, a parte de minar el progreso y la innovación, va a afectar de forma negativa, y muy seriamente, a las economías de los países que opten por declarar como delincuentes a sus ciudadanos. Un ejemplo lo tenemos en el Reino Unido, donde los pubs que ofrezcan WiFi a sus parroquianos, podrán ser multados si alguno de dichos parroquianos copia cualquier material susceptible de estar protegido por copyright. Y eso por no hablar de los comercios afectados por las entidades de gestión como SGAE, que cobran incluso por autores no afiliados, quedándose íntegramente esa recaudación completamente ilegal. Si eso no es ‘afán de lucro’ ni ‘piratería’, que algún juez le ponga nombre.

Vayan añadiendo multas, y los pubs, cibercafés, restaurantes, peluquerías, tiendas de ropa y demás locales que ofrezcan acceso a Internet, conecten simplemente una radio o escuchen un CD comprado legítimamente, finalmente deberán bajar sus persianas definitivamente, colaborando en aumentar los niveles de paro.

Las guerras de religión terminaron cuando todos los contendientes quedaron agotados, perdiendo todas las partes la mayoría de sus recursos. Lo mismo va a pasar en este caso.

Marcar a tus propios clientes como delincuentes, forzarles a delinquir para, finalmente, acusarlos de robo, no va a salvar a los dinosaurios del mundo discográfico. Solamente va a posponer el momento en el que la realidad les explote en la cara, dándose cuenta que se han gastado miles de millones en abogados, sistemas de ejem-protección-ejem, DRM y otras medidas completamente ineficaces.

Están posponiendo el momento en que van a tener que dar explicaciones a sus inversores sobre por qué, en vez de invertir en eso llamado Internet, se dedicaron a intentar destruirlo, llevándose por delante a millones de posibles clientes que solamente querían escuchar la música, ver las películas o leer los libros que les diera la gana, cuando les diera la gana y donde les diera la gana. Van a tener que explicar, tarde o temprano, por qué no hicieron sus deberes.

Y a diferencia de Gutenberg, no vamos a tener que esperar 100 años para que eso ocurra.

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