Neal Stephenson como visionario

Estoy re-leyendo el Criptonomicón de Neal Stephenson, editado originalmente en 1999. Ya en el prólogo, Stephenson nos regala una descripción genial sobre la situación bancaria mundial de los últimos 24 meses:

Si China no estuviese siendo sistemáticamente destrozada por el imperio de Nipón, probablemente enviaría contables oficiales para controlar la cantidad de plata presente en las cámaras acorazadas de los bancos, y todo se realizaría con tranquilidad y de forma ordenada. Pero tal y como están las cosas, lo único que mantiene la honradez de un banco son los otros bancos.

Así es como lo hacen: durante el curso normal de su actividad, mucho papel moneda pasará por las ventanillas de (digamos) el banco Chase Manhattan.
Lo llevarán a una habitación trasera y lo ordenarán, arrojando en grandes cajas de dinero (de como medio metro de área y un metro de profundidad, con cuerdas en las cuatro esquinas) todos los billetes impresos por (digamos) el Banco de América, en una de ellas, todos los de City Bank, en otra.

Después, el viernes por la tarde, aparecerán los coolies. Cada coolie, o pareja de coolies, tendrá su gigantescamente larga caña de bambú —un coolie sin su bambú sería como un marine chino sin su bayoneta brillante— e introducirán sus cañas entre las cuerdas de las esquinas de las cajas. Luego un coolie se colocará bajo cada uno de los extremos de la caña, elevando la caja en el aire. Tienen que moverse al unísono, porque si no la caja empezaría a agitarse y las cosas se irían al carajo. Así que mientras se dirigen a su destino —el banco cuyo nombre esté impreso en los billetes de la caja— cantan y plantan los pies en el suelo siguiendo la música. La caña es muy larga, así que están muy separados, y tienen que cantar muy alto para oírse, y por supuesto, cada par de coolies en la calle está cantando su canción particular, intentado ahogar a todos los demás para no perder el paso.

Por tanto, diez minutos antes de la hora del cierre el viernes por la tarde, las puertas de muchos bancos se abren de par en par y varias parejas de coolies entran desfilando y cantando, como si fuesen los teloneros de un jodido musical de Broadway, dejan caer sus enormes cajas de gastado papel moneda y
exigen plata a cambio. Todos los bancos se lo hacen los unos a los otros. En ocasiones, todos lo hacen el mismo viernes, especialmente en un momento como el 28 de noviembre de 1941, cuando incluso un soldado común como Bobby puede entender que es mejor tener plata que un montón de recortes de periódico. Y es por eso que, una vez que los peatones normales, los carritos de comida y los furiosos policías sij se han apartado y pegado a los clubes, tiendas y burdeles de Kiukiang Road, Bobby Shaftoe y los otros marines del camión no pueden ver todavía la cañonera que es su destino, debido al bosque horizontal de poderosos bastones de bambú.

Ni siquiera pueden oír la bocina de su propio camión debido a la salvaje y vibrante cacofonía pentatónica de los coolies cantando. No es la típica carrera monetaria del distrito bancario de Shanghai un viernes después del mediodía. Es el ajuste de cuentas definitivo antes de que todo el hemisferio oriental arda en llamas. Todos los millones de promesas impresas en esos trozos de papel higiénico se mantendrán o romperán en los próximos diez minutos; se moverá plata u oro de verdad, o no se hará. Era una especie de Día del Juicio fiduciario.

Luego, varios capítulos después nos regala, a raíz de la historia sobre el diseño de un póster para una conferencia, otra magnífica descripción de las absurdas guerras del copyright, los derechos de autor y la propiedad intelectual:

El póster ganó un premio casi en el momento de salir al público. Eso llevó a un comunicado de prensa, lo que a su vez llevó a que el póster fuese consagrado por los medios de comunicación como Objeto Oficial de Controversia. Un periodista decidido consiguió localizar al soldado de la fotografía original, un veterano de guerra condecorado y fabricante retirado de herramientas que, casualidades, no sólo estaba vivo sino que gozaba de excelente salud, y que, desde la muerte de su esposa de cáncer de pulmón, pasaba su jubilación vagando por el Sur Profundo en su camioneta ayudando a reconstruir iglesias negras que habían sido quemadas por salvajes borrachos.

El artista que diseñó el póster confesó luego que se había limitado a copiar la fotografía de un libro y no había realizado ningún esfuerzo en absoluto por obtener permiso: el mismo concepto de pedir permiso para hacer uso de la obra de otra persona era defectuoso, ya que toda obra de arte derivaba de otra obra de arte. Poderosos abogados de alto nivel convergieron, como bombarderos, sobre el pequeño pueblecito de Kentucky donde el agraviado veterano se encontraba en el techo de una iglesia negra con la boca llena de clavos, clavando planchas de contrachapado y murmurando «sin comentarios» a una horda de periodistas plantados en el césped.

Después de una serie de conferencias en una sala del Holiday Inn del pueblo, el veterano surgió, acompañado por uno de los cinco abogados más famosos sobre la faz de la Tierra, y anunció que iba a presentar una demanda civil contra las Tres Hermanas, que si prosperaba las convertiría a ellas y a toda su comunidad en abrasión humeante sobre la superficie del planeta. Prometió compartir la indemnización con las iglesias negras, varios grupos de veteranos minusválidos y equipos para la investigación sobre el cáncer de pecho.

El comité organizador retiró el póster de la circulación, lo que dio lugar a que un millar de copias piratas apareciesen en la web y llamó la atención de millones de personas que no lo hubiesen visto en caso contrario. También presentaron una demanda contra el artista, cuyos recursos económicos podrían detallarse en el reverso de un billete de metro: poseía unos miles de dólares y deudas (en su mayoría préstamos para estudios) por unos sesenta y cinco mil dólares.

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