No hay más ciego que el que no quiere ver

civi

Camino al barranco
Estos días leo que se ha abierto un ejem-debate-ejem entre representantes de la Industria Cultural y de la sociedad digital, entre los cuales está la Asociación de Internautas, que lleva años dando la vara con temas, por ejemplo, como la recordada Tarifa Plana.

Una vez hecho el recordatorio, para los recién llegados y los que últimamente preguntan acerca de dicha asociación y de su función, quisiera dejar claro que al debate le veo poco futuro. ¿Pesimista? No, cansado. Ya sea por las fechas u otra cosa. Pero tras todo el percal de hace unos días, la cacareadísima Ley Sinde que tantos festejaron haber tumbado, ya vuelve a coger aire… de las manos de, oh sorpresa, los dos partidos mayoritarios en el Parlamento.
Y no solo eso, si no que a parte del Aquí No Dimite Ni Dios™ al que, patéticamente, ya estamos acostumbrados en éste país de pandereta (y ayer explicaba el por qué), los hay que hablan abiertamente de insumisión fiscal. Oye, pues mira tu que me alegro y ojalá la cosa marche. Éste verano me ahorraré unos eurillos yo también.

Pero mientras sigue el banquete de zombies, mientras las hojas no dejen ver el árbol y mucho menos el bosque, la Industria del Ocio, el Ministerio de la Industria Cultural y Los Creadores™ seguirán dejando pasar oportunidad tras oportunidad… tren tras tren…

Hablando de trenes…

Si no sabes quién es Richard W. Sears, no eres un “emprendedor”. Deberás volver a la escuela y repetir todo el ciclo educativo… eeemmm… venga, como estoy de buenas, solamente tenéis que ver el capítulo 6 de la serie America: the story of us (serie tremendamente recomendable por otra parte)

Allá por 1886, Richard Warren Sears trabajaba como agente-telegrafista en una línea de ferrocarril en Minnesota. Un envío de 2500 relojes de bolsillo de oro llegó a la estación donde trabajaba. Como nadie lo había pedido y nadie los reclamó, decidió comprarlos todos. Luego ofreció los relojes a sus colegas ferroviarios usando el telégrafo… y los vendió todos a 14$, ganando 2$ por reloj. 5000$ de beneficios, limpios… en 1886.

El éxito de la venta estuvo en la capacidad de Richard para observar y reconocer las oportunidades: en aquella época, finales del siglo XIX, los relojes de bolsillo se consideraban una muestra de sofisticación urbana. Por otra parte, debido a la reciente conexión de ambas costas americanas mediante el caballo de hierro, se empezó a aplicar, también allí, lo que hacía unos años se aplicaba en Inglaterra: los husos horarios.

Ya en 1840, la Great Western Railway inglesa sincronizó, por primera vez en la historia, una serie de horas locales en diferentes pueblos de Inglaterra con un horario estándard, el Greenwich Mean Time.

Diez años más tarde, lo que en Inglaterra se conocía como Railway time, se empezó a aplicar en América para configurar los horarios y sincronizar las cinco líneas de ferrocarril que cruzaban los 6000 kilómetros entre costa y costa del continente.

Entre la necesidad laboral del uso de nuevos relojes más precisos entre los agentes ferroviarios, y que éstos relojes eran considerados un lujo y proporcionaba estatus social a los habitantes de la América rural, Richard los vendió todos en seis meses, ganando 10 veces su salario en el ferrocarril. Compró más relojes e inició un servicio de venta por correo a lo largo de la línea de Minnesota.

Richard Sears vió aún más claras las oportunidades que ofrecía el ferrocarril para la venta y distribución de mercancías. Y así fue como nació la venta por catálogo, y se fundó Sears Roebuck & Co., el mayor distribuidor minorista de los Estados Unidos de América, hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Sears empezó vendiendo relojes de bolsillo. Alvah Curtis Roebuck, relojero, primer empleado y finalmente socio fundador, se dedicaba a reparar aquellos relojes que eran devueltos. Y luego se incorporó Julius Rosenwald, sastre, lo que amplió la oferta del catálogo.
Relojes, ropa de señora y caballero, arados, bicicletas, neveras, pianos, bombillas… con un catálogo de 700 páginas. Vendían de todo y, menos a su puta madre, vendían mogollón.

Richard asoció las redes descentralizadas, ferrocarril y telégrafo, y vio clara la oportunidad: Sears Roebuck & Co. podía vender cualquier cosa y mandarla de Boston a California en poco menos de una semana.

Cien años y pico más tarde, hoy leo en el New York Times que Sears se ha subido al carro de la venta y alquiler de películas mediante streaming.

Mientras aquí los hay que echan en falta los buenos tiempos, por todo el mundo van saliendo nuevos negocios que solamente los que tengan vista podrán aprovechar. Hace 100 años, Sears vendía 10.000 máquinas de coser usando una red descentralizada, el ferrocarril, y daba el primer paso en la creación del mercado nacional más grande de la historia. Hoy venden y alquilan películas usando la red distribuida de cables de fibra óptica: Internet.

Quien quiera ver, que vea. Los que no, van directos al barranco mientras siguen al flautista.

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