Lo que se avecina: Internet y las facturas a peso de bit

El instrumento del Diablo...
Hace mucho tiempo, en un país no demasiado lejano, existía un aparato electrónico llamado Modem que permitía conectar un ordenador a otro, permitiendole el acceso a las Butlletin Board Systems o BBS, y luego a Internet, a velocidades tan absurdas de transmisión como 56kb por segundo (o 5.6).

En ése país no demasiado lejano, conectarse a BBS o a Internet conllevaba hacer llamadas a números de tarificación especial, lo que suponía pagar unas facturas de órdago a final de mes ya que existía el Monopolio de la Timofónica.

Pasó el tiempo, y un grupo de esos usuarios de redes telemáticas se juntaron para explicar su problemática y pedir una solución acorde con la realidad, tal y como se hacía en otros países del mundo. La idea era que La Timofónica creara un sistema de tarificación por el cual las conexiones entre ordenadores no facturasen por minuto, si no que tuviera un precio fijo. Y nació la Tarifa Plana Ondulada, que empezaba a las 18h de la tarde, y duraba hasta las 8 de la mañana del día siguiente.

Que un programa de intercambio llamado Napster fuera de los más usados, no tuvo nada que ver a que empezaran a proliferar pequeños programas que permitían programar la des conexión de la llamada a una hora determinada, por lo que se podía dejar el ordenador conectado toda la noche, sin tener que poner el despertador para evitar un facturón de tres pares de huevos.

Luego el monopolio de La Timofónica desapareció se diluyó transformó en oligopolio y empezaron a salir otras empresas que ofrecían soluciones telefónicas y de comunicación.

¡Dios mío Marty! ¡256 kilobits!
Y entonces llegó una maravilla tecnológica que se llamaba ADSL. Consistía en otro pequeño aparato electrónico que se mantenía conectado permanentemente a Internet… las 24 horas del día. El sistema de tarificación era como una Tarifa Plana pero a lo bruto. Por un precio fijo, los clientes podían conectarse a Internet a cualquier hora del día, sin problemas en las facturas, y a velocidades de conexión tan burras como, atención, 256 kb por segundo (o 25.6).

Y sobrevino el boom de Internet. La gente empezó a conectarse y a usar Internet para cosas muy dispares los unos de los otros. Algunas empresas de telecomunicaciones cambiaron de manos, aparecieron nuevas y desaparecieron otras. Pero una cosa que las mantenía unidas era su competición por conseguir más clientes. Esa competición se producía mediante el aumento de las velocidades de conexión que ofertaban, por el mismo precio que antes. De 256 kb pasaron a 500… llegaron otras empresas que ofrecían, además de llamadas y conexión a Internet, otros contenidos como ¡televisión por cable!

Y otro de los factores que igualaba a todas las empresas de telecomunicaciones era que ninguna de ellas, repito: ninguna de ellas, mencionó nunca que la transmisión tenía un límite mensual. Es decir, que no existía un límite en la cantidad de datos que podías transmitir.

Pero esto pasó, como dije, hace mucho tiempo.

Hace unos meses, en Canadá se aprobó una nueva normativa que volvía atrás en el tiempo. La única diferencia es que ahora, en vez de por tiempo, la factura va “al peso”, como con el jamón.
Ya hacía años que las grandes empresas de telecomunicaciones canadienses iban cerrando el grifo de la transmisión de datos a sus clientes, recortando megabit tras megabit.
Si un cliente quería más ancho de banda, simplemente tenía que irse a otra empresa algo más pequeña que le ofreciese mejores condiciones, como por ejemplo una conexión sin límites de 5 mb por segundo por unos $40 (unos 30€ al cambio).

Pero la poderosa Bell Canada (sobrina de la famosa Ma’ Bell que monopolizó las comunicaciones telefónicas en los Estados Unidos entre 1877 y 1984) le comió la oreja al organismo regulador de las telecomunicaciones, que finalmente decidió que los pequeños proveedores debían aplicar obligatoriamente los recortes en el ancho de banda, practica que las grandes operadoras habían decidido hacer de forma voluntaria y EJEM-espontánea-EJEM.

Con éste cambio en la facturación, las grandes empresas de telecomunicación se aseguran que desaparezca la competición con las pequeñas operadoras que les ‘quitaban‘ clientes y, fíjate tu que cosas, cobrar 2$ por cada Gigabyte extra que descarguen sus clientes. De ese modo, una película en sistema de Alta Definición, o HD, costaría unos $8 solamente para descargarla, a lo que hay que sumar los costes de alquiler en sitios como Netflix, Hulu, Alphaline o cualquier otro sistema.

El caso canadiense, que por cierto ya está empezando a recular, es uno de los primeros en que las telecos intentan abiertamente lo que ya llevan tiempo avisando:

Las infraestructuras se están colapsando y hay que mejorarlas. Para eso hace falta una inversión, y esa inversión la tiene que pagar alguien [y no vamos a ser nosotros].

De lo que se olvidan esas empresas es que millones de clientes ya están pagando para que se haga la inversión, que las infraestructuras no solamente no están colapsadas si no que aún pueden dar infinitamente mucho más de si, y que los gastos que tienen actualmente ya no son los mismos de antes, cuando las centralitas eran analógicas.
Actualmente tal y como explicó el CEO de Comcast, el coste se limita a mandar datos de un lado al otro.

Doblar, como lo oyen D-O-B-L-A-R el ancho de banda en un barrio entero cuesta tan poco como $6.85, un poco menos que descargarse una película HD con las nuevas imposiciones, ya que los avances en la tecnología hacen que Las Infraestructuras necesarias para proporcionar un ancho total de 50Mbps cuesten, actualmente, bastante menos que lo que costaron en su tiempo los equipos para 6Mbps.

No se trata de derechos, adquiridos o comprados en las rebajas, ni que las telecos dejen de cobrar por su trabajo. Se trata que una cosa es poner tu precio y que los clientes puedan elegir comprar tu producto o no, otra cosa es montar un oligopolio y pactar precios (no oficialmente, claro, que eso sería ilegal, ¿verdad?), y otra cosa muy diferente es querer cobrar dos y hasta tres veces por un mismo servicio.

¿No decían que "todo tiene un precio"?
En Canadá se organizaron y finalmente parece que las imposiciones orquestadas por Bell Canada van a derogarse. Lo que si que es seguro es que, a no mucho tardar, las grandes constructoras de infraestructuras y las empresas de telecomunicación empezarán a aplicar a la telefonía fija lo que ya hace tiempo que hacen en la móvil: pasar a un sistema de facturación al peso. ¿Quien es el pirata?

Si quieren cobrarnos dos veces, igual sería hora de soluciones imaginativas, como recordar a esas empresas que “sus infraestructuras”, de sobras amortizadas, aprovechan derechos de paso que cruzan “nuestras calles, sótanos y sistemas de alcantarillado“… ¿Que tal sería empezar a negociar el precio de esos derechos de paso?

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