Joan Maragall, les torrijas i Jordi Pujol en un concert de Los Chunguitos

A les darreres eleccions a Andalusia, als senyorets a cavall de la dreta radical de VOX els van desactivar la campanya amb una simple pregunta. Va ser una pregunta que implicava tota una sèrie de missatges que els andalusos van captar, perquè era entre andalusos.

Anys ençà, també durant una campanya electoral, però a Catalunya, Jordi Pujol i la plana major de Convergència i Unió van presentar-se a un concert de Los Chunguitos. La campanya no va acabar bé i tothom va admetre que no havia sigut un bon pla. Perquè quan s’intenta ser allò que no s’és i es rebenten les manifestacions i esdeveniments culturals alienes, la cosa mai surt bé.

Des del passat, el 1900, Joan Maragall ens delecta amb la versió nostrada d’una lectura errònia de codis culturals al bell mig del Passeig de Gràcia. Allá donde fueres, haz lo que eres.

GACETILLA

Joan Maragall, 11 – VII – 1900

La tarde del día de San Juan contemplábamos un espectáculo muy lastimoso. Por el arroyo central del Paseo de Gracia iba dando vueltas en carruaje una multitud triste y silenciosa, entre la cual se veían algunos disfraces. Era el desfile de la corrida de beneficencia: era la vuelta de los toros.

¡La vuelta de los toros! Todos sabemos lo que esto significa en Madrid, en Sevilla y otras poblaciones de España. Podrá criticarse, como tantos otros, el espectáculo taurino; pero alli donde es genuinamente sentido, donde puede llamarse espectáculo nacional, donde hay lo que se dice sangre torera, all la ida a los toros, la función en la plaza y el defile tienen la hermosura y el calor de lo espontáneo, de lo vivo. ¡Bienhayan los chulos y las manolas cuando son de veras y están en su sitio; y bien hayan las mantillas, y las peinetas, y los madroños, y la chaquetilla, y el sombrero cordobés, cuando debajo de ellos hay corazones que laten con la fiebre de un placer salvaje, y hombros que se contonean, y brazos que gesticulan y miradas encendidas y labios que rebosan dichos y ceceos! ¡Pero malhayan las parodias y las cosas muertas!

El desfile de la tarde de San Juan en Barcelona olía a muerto. Caras pálidas y caídas, manolas soñolientas, chulos silenciosos… Lo que más impresionaba era el silencio de toda aquella gente. Por encima del monótono rodar de los carruajes, ni una nota viva, ni un grito, ni una carcajada… nada. La expresión dominante, en los rostros de los paseantes, era la de una curiosidad mortecina y la de una vanidad satisfecha demasiado pronto. El unico afán, que ni si quiera llegaba a ser afán de aquellos hombres y de aquellas mujeres, era ver y ser vistos. Mirarse unos a otros durante un par de horas formando una especie de caballitos del Tio Vivo: he aqui hasta donde llega nuestro entrain; nuestra sangre no da más de si por ahora.

Yo no sé por qué los catalanes nos ilusionamos a veces con la idea de ser en España una raza superior, si el día que nos proponemos hacer algo gordo en punto a manifestaciones de buen tono salimos con una imitación tan desdichada. La imitación siempre supone inferioridad. Pase todavía cuando aquélla obedece a un estimulo de elevarse, de perfeccionarse, de educarse; pero la educación por medio de las corridas de toros nos parece un salto atrás, una regresión.

Unas señoras, y unas señoritas, y unos caballeros quieren hacer una obra de caridad en grande —eso está muy bien—; quieren hacerla divirtiéndose también en grande —eso no está muy bien, pero puede pasar—, y para hacer la caridad en grande divirtiéndose en grande, no se les;ocurre cosa mejor que una corrida de toros. ¿Por qué? Porque en Madrid esto se hace así. ¡Vaya una razón!

Y lo notable es que a estas señoras y señoritas no les gustan los toros; pero saben que a las señoras de Madrid y Sevilla les gustan, y creen de buen tono mostrarse madrileñas y sevillanas. Organizan la corrida, exponen las moñitas gastan un dineral en mantillas y mantones, y peinetas y madroños, y vestidos y carruajes, y van a la plaza a aburrirse o a desmayarse, a ver morir —o poco menos— a un hombre en una lucha que no les interesa si no por el horror que les causa; y después —y éste es el principal objeto de fiesta— se van a pasear su fatiga, su desmayo, y sus mantillitas y sus carruajes en un pequeño trecho de paseo: van nada más que a lucir el gasto. ¡Qué diversión!

Esta mezquindad en el goce y hasta en la vanidad es un defecto barcelonés de los que más nos apenan, porque indican falta de vida. Esto de que todo el ideal del que tiene unos cantos duros de sobras cada domingo, se reduzca a pasearlos dos horas en coche por el Paseo de Gracia es un síntoma muy triste. ¡Ni se llega a recorrer el paso en toda su extensión! se siente la necesidad de limitar el trecho para andar más apretaditos y ser vistos más de cerca. No parece sino que nuestra gente que quiere ser de buen tono tiene tanto horror al aire puro que ni siquiera se atreve a hacerse subir por la pequeña cuesta que va de la calle de Provenza hasta la mayor de Gracia.

¡Y más allá hay las montañas y los bosques, y el aire fortificante de las lejanas cordilleras, y el sano olor de los pinos, y la magnífica vista del mar y de los llanos de media Cataluña! ¿Por qué no organizar expediciones monstruas y lejanas, y romerías, y aplecs —que no habría necesidad de llamar kermesses— por nuestras sierras y nuestros lugares históricos, donde cabría anchamente y con genuino caracter catalán esa misma caridad que ahora se encierra y se achula desdichadamente en un redondel y en un trechito malsano de paseo?

Y al fin resulta que, entre la gente de buen tono, los únicos que saben disfrutar de las bellezas naturales y artísticas de Catalunya son los extranjeros, que después se hacen lenguas de nuestra tierra, y la quieren, y se adaptan a ella, convirtiéndose en mejores catalanes que esos catalanes y catalanas de sombrero cordobés y mantilla de madroños que no pasan de la calle de Provenza.

Si no hacemos todos un esfuerzo de voluntad para sobreponernos a nuestra mezquindad de sentimientos y tonizarnos con el contacto de nuestra tierra, con respirar los aires puros de sus alturas y saciar nuestros ojos con la luz de nuestro cielo, bien pronto habrá que decir que aquellos extranjeros que saben amar mejor que nosotros todas estas cosas nuestras, son la única esperanza de Cataluña.

El futur de Catalunya

Si fa uns dies escrivia sobre el futur d’Espanya, just després de saber els resultats electorals a Andalusia, avui vull fer unes breus línies sobre el futur de Catalunya. I per mi, aquest futur no es deslliga del d’Espanya durant molts anys.

Hi ha molta gent que vol que Catalunya sigui un país i un Estat independent. Jo també ho volia, però les circumstàncies m’han fet canviar de punt de vista. El victimisme perpetu, i principalment que aquesta independència està construïda «a la contra» —contra Espanya, contra Castella, contra «el règim del 78», contra el postfranquisme o contra qualsevol cosa que permeti victimitzar-nos durant dècades i, d’aquesta forma, evitar qualsevol avenç social real—, n’han sigut dues de les causes primordials.

Aquesta victimització i aquest sentiment «contrari» —el volia definir com «de construcció en contra de», però que no és cap construcció, sinó destrucció—, no són per res nous. La història rima, però coneixent les rimes podem descobrir la mètrica. Si sabem la mètrica, podem entreveure quina podria ser la següent iteració, la següent frase.

Per això avui us torno a compartir un text de Joan Maragall i Gorina —dels Gorina de Sabadell—, on trobem de nou la vessant no tan coneguda del «poeta». En ell, explica què és i d’on prové el catalanisme. N’explica part del seu origen —l’odi a Castella i a tot el que representa—, i ens diu per què caldria desfer-se’n. Parla de la descomposició d’Espanya —l’article està escrit tan sols quatre anys després del desastre del 1898—, i de com el catalanisme, o el que representava el catalanisme, podia ajudar en la regeneració que mai va acabar d’arribar, almenys no del tot:

Toda descomposición acaba en una recomposición; y la descomposición que representa el sentimiento catalanista puede acabar en la recomposición del espiritu nacional español, si se le trata como el mayor principio de vida que hoy queda en España.

Parla del paper de Castella en la conformació d’Espanya, i com la missió de Castella ja havia acabat. Parla de l’ara famosa «España vaciada» —el 1902!—, i de la naturalesa africana —ah, l’únic encert de Napoleó!—, i que «Castilla ha concluído su misión directora y ha de pasar su cetro a otras manos

Maragall defensava que el futur passava per Catalunya. Però no a la idea de l’imperialisme noucentista, pretesament reformador d’Espanya a imatge i semblança de Catalunya, no. «El sentimiento catalanista, en su agitación actual, no es otra cosa, que el instinto de este cambio; de este renuevo.» No calia ser la locomotora industrial, ni calia imposar les idees sorgides del vessant mediterrani, sinó tan sols no tallar les ales al seu sentiment. Reconduir aquell “desamor” i deixar que s’expandís a la resta del país. Laissez faire, que en dirien ara.

Pel que sigui —ja en parlarem en altres ocasions—, en comptes de digerir la fi de l’imperi i completar l’etern cicle de descomposició-regeneració —en veurem un altre exemple la setmana vinent—, aquest es va anar interrompent cada cop de forma més violenta, fins a arribar a la Guerra Civil.

Catalunya, finalment, no va liderar res. I amb l’adveniment de l’imperialisme noucentista —amb els seus tics encomanats a les diferents proclamacions republicanes de Macià i Companys, precursors de les boutades nacionals i del «tenim pressa», que tan bé ens ha rimat a nosaltres—, les posicions van quedar encara més enfrontades.

Catalunya ja no pot ser qui lideri aquell esperit regenerador. Els deliris de 2014-17 han acabat amb aquesta possibilitat i caldrà treballar molt per aconseguir aturar del tot la caiguda —sí, encara anem rodolant barranc avall— i refer els teixits social, industrial i institucional. L’esperit regenerador caldrà buscar-lo a una altra banda. I com la història rima, llegint el que ens deien els avis i els besavis, i fixant-nos-hi una mica, potser ho podem copsar i entreveure. Llegiu, si us plau, «El sentimiento catalanista», escrit per Joan Maragall el 1902, i digueu-me que no us ressonen coses.


EL SENTIMIENTO CATALANISTA

(Joan Maragall, 1902)

Cuando se trata de catalanismo, se olvida generalmente que ésta es, en el fondo, una cuestión de sentimiento, y tal olvido priva de luz a la cuestión y la lucha se encona en las tinieblas. 

Se discute el fundamento legal del catalanismo con la crítica del compromiso de Caspe y del tanto monta, y del cesarismo de los Austrias, y de la Nueva Plata del primer Borbón. Pero si no hubiera un sentimiento actual para animarlas, ¿qué fuerza tendrían todas aquellas historias después del consentimiento secular en la unidad nacional ratificado modernamente en la Constitución de 1812 y por las comunes luchas políticas de todo el siglo XIX?

Se quiere buscar al catalanismo un origen étnico; pero entonces, ¿por qué no existe con igual fuerza el galleguismo en la misma España, el breñatismo en Francia y los ismos de todas las razas que constituyen cada uno de los Estados modernos? —Porque no existe el sentimiento diferencial que inspira el catalanismo.

Atribuyámosle una razón sociológica: el carácter, las aptitudes, las tendencias, los intereses, la situación de los catalanes en el mundo moderno no son las mismas que las de otras regiones de España. Esto es verdad; pero lo es también para todos los Estados que, si están bien constituídos, de las variedades que los integran forman precisamente la solidaridad nacional, que es harmonía y grandeza.

Pues entonces diremos que España es un Estado mal constituído, degenerado, y que la causa del catalanismo es política; pero vendrá el señor Maura y nos dirá con gran apariencia de razón: “Si os levantáis contra un mal general, ¿por qué formais un partido local? Si queréis regenerar a España, ¿por qué os llamais catalanistas?» —Porque los sentimientos son más fuertes que la lógica y que todos los propósitos.

Por haber olvidado también esto, muchos, después de haber proclamado la insuficiencia de aquellas causas para justificar el movimiento catalanista, han negado su importancia. 

Es un prurito puramente literario, romántico —han dicho— nacido de un apasionamiento monstruosamente arcaico, sostenido por la particularidad linguística y por pequeñas vanidades de campanario, y desarrollado solamente entre unos cantos intelectuales, cuatro locos —han dicho graficamente— sin trascendencia alguna a la gran masa del pueblo catalán. Pero cuando se ha notado que entre estos cuatro locos había obispos, doctores, ingenieros, grandes industriales; y que estos cuatro locos, en cuatro días, habían montado una máquina electoral y habian desarrollado una fuerza politica aplastante, moviendo toda la gran masa llamada neutra, hasta entonces inconmovible a los estímulos de la experta política vieja; y que estos cuatro locos plantaban audazmente cuatro diputados en los escaños del Congreso, y se imponían en el Municipio y renovaban el personal de las más importantes asociaciones; entonces todo el mundo ha debido preguntarse con asombro y con ansiedad qué locos eran éstos que llevaban tras si a los cuerdos, y qué cuerdos eran éstos que se iban tras los locos.

¿Habría un sentimiento común que animase tan extraño movimiento? Esta pregunta era el buen camino; pero la contestación se ha desviado a merced de un sentimiento opuesto, común también entre aquellos que la formulaban, y reacción natural, si se quiere, del primero. La causa del movimiento catalanista —se ha dicho entonces— es el ingrato egoísmo del carácter catalán, que cuando ha visto la patria española caída y desangrada, ha renegado de ella, y procura desligarse de toda solidaridad con una nación desdichada.

Pero dada la situación presente de una España sin mercados coloniales, y de una Cataluña que no puede dominar todavía los mercados extranjeros, un programa de egoismo regional sería todo lo contrario del programa catalanista de Manresa; porque el interés del egoísmo catalán estaría, no en desligarse, si no en ligarse, en ligar

cada día más fuertemente a su producción el consumo de España toda; no en descentralizar, sino en centralizar, procurando dominar el centro; no en autonomías que sugieran dispersión de actividades, sino en monopolios invasores. Las bases de Manresa son todo lo contrario de un programa de industriales egoístas: son la constitución ideal de un pueblo que piensa más en su alma que en su cuerpo; casi diríamos de un pueblo soñador que aspira a integrarse en su historia, en su derecho, en su lengua, en su carácter, en una porción de cosas inmateriales que constituyen su poesia, descuidando, menospreciando calcular las consecuencias prácticas que su poética integración pudiera acarrearle.

No: el alma del catalanismo no es el egoísmo, ni es un prurito literario de verdad, ni un afán de regeneración politica: ni una razón sociológica, ni una diversidad étnica, ni un derecho histórico. Pero cada una de estas cosas positivas han ido dejando en el fondo del alma catalana una concreción sentimental. La dominación de lo que en

término general se suele llamar el espiritu castellano, dejó un impulso de protesta y rebeldía; la remota diversidad de raza, una repulsión; la permanente diferencia de vida e intereses, un antagonismo; los desaciertos politicos, una desconsideración; el renacimiento literario particular, un orgullo de nacionalidad, y las recientes catástrofes, una alarma. Y ya es absolutamente inútil venir ahora a discutir la historia y la antropologla y la sociología y filologia y la catástrofe, porque todo ello ya nada puede con el sentimiento que ha producido, que es el que queda vivo y al que hay que atender.

Lo característico de este sentimiento es el ser a la vez un amor y un desamor: un amor a Cataluña, que es desamor a Castilla (en el sentido de España castellana); siendo muy de tener en cuenta que el desamor es la levadura popular del catalanismo, lo más sentido por la masa, mientras que el amor activo de Cataluña es ya producto de un desarrollo de cultura y de un mayor refinamiento sentimental. La clase culta, que ha creado y fomenta y dirige el movimiento, siente más el amor a Cataluña; la masa popular del campo y de la ciudad, tiene poco vivo o poco consciente este amor, que apenas le mueve; su resorte está en el odio al empleado que le trata con altanería, al investigador que le amenaza y explota, al polizonte que le apalea, al aventurero que viene a disputarle el pan, a cuantos, en fin, le vejan o le estorban en nombre del Estado, que son precisamente los que le hablan castellano. Este resorte, tocado hábilmente a tiempo o disparado por casualidad, produciría una gran sacudida.

El sentimiento que anima el catalanismo es, pues, esencialmente diferencial, parte a España en dos: es una descomposición del amor patrio, del amor a la patria española.

Este principio de descomposición, ¿qué elementos de cohesión, de resistencia,, encuentra en su camino? ¿qué queda de patria española en Cataluña? Queda la geografía que ha hecho llamar España a toda la Península; queda la historia común de cuatro siglos; quedan los intereses creados, y queda la inercia. Pero si con todo ello el sentimiento diferencial ha podido formarse y desarrollarse; si, a pesar de todo, la descomposición ha empezado y avanza, señal es de que esto es más fuerte que aquello.

Se dirá que la debilidad de España es accidental, que es una crisis, que pasará, y que al reaccionar, los elementos de cohesión dominarán la descomposición. Pero ¡en qué se funda esta esperanza? ¡Se puede fiar a ella el remedio de un mal que es una realidad ya presente y en rápida marcha? ¿Qué llegará primero, la cohesión que aún se sabe por dónde ha de venir, o la  consumación de la descomposición que ya actúa? Y entretanto, ¡cómo se contiene ésta? ¿por la represión? ¿Se siente la España actual con fuerzas para ella? ¿No corre el peligro de perder en la misma las fuerzas que le quedan, y perecer definitivamente en la demanda?

El remedio ha de buscarse en el mal mismo… que no es un mal, sino un signo de nueva salud. Toda descomposición acaba en una recomposición; y la descomposición que representa el sentimiento catalanista puede acabar en la recomposición del espiritu nacional español, si se le trata como el mayor principio de vida que hoy queda en España; si en vez de combatirle se ponen en dirección de él, dentro de él, las fuerzas de cohesión que todavía quedan; si, dándole la razón, se destruye lo que en él hay de desamor, convirtiéndolo toda en amor, que entonces no cabrá en Cataluna y habrà de extenderse per toda una España nueva. Hela aquí la esperanza más fundada.

El espiritu castellano ha concluido su misión en España. A raiz de la unidad del Estado español, el espiritu castellano se impuso en España toda por la fuerza de la historia: dirigió, personifico el Renacimiento: las grandes sintesis que integraban a éste, el absolutismo, el imperialismo colonial, el espiritu aventurero, las guerras religiosas, la formación de las grandes nacionalidades, toda la gran corriente del Renacimiento encontró su cauce natural en las cualidades del espíritu castellano; por esto España fué Castilla y no fué Aragón; y todo lo que en Aragón y en otros antiguos reinos era algo vivo y algo propio, fué absorbido por el elemento entonces necesariamente director, el castellano, que era el representativo de la época, y tenía, por tanto, la misión de ser la España de ella. Vino la decadencia del Renacimiento, y con ella la decadencia de la España castellana. Vino el siglo XIX, y todavía las guerras europeas y las luchas políticas por las ideas de la Revolución francesa, que hicieron el prestigio del parlamentarismo y de sus hombres, prolongaron la misión de la brillante y sonora Castilla en España. Pero todo esto está muriendo, y Castilla ha concluído su misión.

La nueva civilización es industrial, y Castilla no es industrial; el moderno espíritu es analítico, y Castilla no es analítica; los progresos materiales inducen al cosmopolitismo, y Castilla, metida en un centro de naturaleza africana, sin vistas al mar, es refractaria al cosmopolitismo europeo; los problemas económicos y las demás cuestiones sociales, tales cuales ahora se presentan, requieren, para no provocar grandes revoluciones, una ductilidad, un sentido práctico que Castilla no solamente no tiene, sino que desdeña tener; el espiritu individual, en fin, se agita inquieto en anhelos misteriosos que no pueden moverse en alma castellana, demasiado secamente dogmática. Castilla ha concluído su misión directora y ha de pasar su cetro a otras manos.

El sentimiento catalanista, en su agitación actual, no es otra cosa, que el instinto de este cambio; de este renuevo. Favorecerle es hacer obra de vida para España, es recomponer una nueva España para el siglo nuevo; combatirle, directa o tortuosamente, es acelerar la descomposición total de la nacionalidad española, y dejar que la recomposición se efectue al fin fuera de la España muerta.

Y ¿cómo se ha de favorecer el movimiento catalanista en el sentido de la España nueva? Pues abriéndole toda la legalidad, tan ancha como su expansión la necesite; dejando que esta expansión informe la legalidad; facilitándole la propaganda para que se integren en él todos los impulsos vivos y progresivos; aportando a él los residuos de dirección del viejo espíritu castellano: convirtiéndolo en una palingenesia nacional.

Esta palingenesia resultará quizás penosa y turbulenta, porque en ella habrán de ponderarse y equilibrarse libremente todas las fuerzas que quedan en España; pero es cuestión de vida o muerte. Si España muriese en esta recreación de su espiritu nacional, por no poder ya resistirla, su muerte sería gloriosa y fecunda en la historia, porque habría muerto en un esfuerzo de vida; mientras que, de resistirse a ella, morirà, asi como así, en tristes y estériles convulsiones de muerte definitiva.

He aquí, pues, lo que significa el movimiento catalanista: un amor y una busca de la vida; un horror y un huir de la muerte. Por esto decimos que el catalanismo es, ante todo, una cuestión de sentimiento.

Referèndum a Escòcia: la lletra no tan petita

M’assabento —per una notícia de la premsa digital catalana a Twitter— que Nicola Sturgeon ha convocat un nou referèndum d’independència a Escòcia, pel dia 19 d’octubre de 2023. El primer que he fet és buscar alguna cosa de la premsa normal, com per exemple la BBC. Un cop llegida la BBC he llegit la notícia a El Nacional. Com sempre, la premsa catalana no explica la realitat tal com és, i els polítics catalans aprofiten qualsevol ocasió per vendre’ns el seu oli de serpent i construccions de fum.

Diu la BBC que Nicola Sturgeon ha “proposat” que fer aquest referèndum, i que sigui aquell dia concret. A partir d’aquí, Sturgeon es posarà en contacte amb Boris Johnson per demanar, formalment, permís per dur a terme la votació. La primera ministra escocesa, diu la BBC, ha recalcat que “cal que el referèndum sigui indisputablement legal i constitucional”, i per això enviarà el tema al tribunal suprem, preguntant quins problemes legals podrien existir si la votació es fa sense el permís ni l’aprovació del govern del Regne Unit.

En cas que el Regne Unit ho aprovi, el parlament escocès tramitarà la llei del referèndum, que és la que s’ha presentat avui. En cas que no ho faci, Sturgeon diu que les pròximes eleccions al parlament escocès seran un “referèndums de facto”, amb l’SNP defensant la independència d’Escòcia com a únic punt programàtic.

Ara vegem què diu El Nacional. Al primer paràgraf ja diu que el referèndum “es farà sense l’autorització de Londres”, i seguidament llença un atenuant: “Justament és aquesta falta de potestat legislativa per albergar una votació d’aquesta mena la que fa que Sturgeon recorri a l’alternativa, que és la d’un referèndum “de caràcter consultiu”.” A partir d’aquí, es fa una retrospectiva sobre el passat referèndum de 2014.

Per sort, i com diu la meva esposa que hi ha viscut deu anys, a Escòcia tenen polítics de veritat que actuen sense por, amb valentia, però per la via legal i fent les coses bé. No com aquí, que tenim una classe política tan sols interessada en els seus càrrecs i sous.

Senyors d’El Nacional: Deixin de ser un diari digital on s’hi publica qualsevol cosa, i facin periodisme seriós. El que estan fent és manipulació total i oberta. Polítics catalans, parin de prendre el pèl a la ciutadania. Ambdós, deixin d’enganyar, i expliquin la realitat.

Si us plau, llegiu les dues noticies vosaltres mateixos. No us deixeu prendre més el pèl:

BBC

El Nacional

Wiki Leaks y la fuerza desaparecida, o el mirar hacia el otro lado

A mi nueva tradición de lectura del fin de semana debo añadir otra: el comentario de los artículos de Enric González que, como todo el mundo, tiene derecho a su visión y opinión y que yo, a menudo, considero errónea.

Su columna del domingo 26 de junio no se escapa. En el texto, González habla del papel de la prensa y del periodismo como mecanismo de control sobre el poder, y de cómo este papel se ha terminado diluyendo y perdiendo. En esto, en cómo se ha perdido, es en lo que estamos en desacuerdo.

Para él, una parte del problema está en la brecha entre los propietarios de las empresas editoras y las redacciones. «Una buena empresa periodística es la que, en términos generales, permite que los periodistas mantengan la independencia y honestidad que cada uno quiera otorgarse […]». Muy bien.

En el problema asociado es que cuando la empresa (o más bien los accionistas) quiere sobrevivir a cualquier precio, «tiende a elegir un mal director y provoca un desastre.» Pero mucho peor es, nos explica, la falta de credibilidad. Y aquí nos trae el caso de los Papeles del Pentágono que publicaron el New York Times y el Washington Post en 1971 (y que se relató en una muy buena película con Tom Hanks y Meryl Streep). Y muy de acuerdo con esto.

Luego, González nos trae un nuevo ejemplo, de Wiki Leaks, y ahí es cuando yo creo que se equivoca en el análisis. Según él, «lo que valía para los Papeles del Pentágono ya no vale para Wiki Leaks. Assange lleva una década de encierro. Y la prensa no hace nada. Bueno, sí hace: informa sobre el caso. No puede hacer nada más. Ya no es capaz de enfrentarse frontalmente al poder porque carece de su antigua fuerza, la que le otorgaban millones de lectores, la que le permitía emprender cruzadas justas (y no tan justas, de acuerdo) con el respaldo de la llamada ‘opinión pública’.»

En resumen: para Enric, la prensa no puede ejercer de contrapeso contra el poder porque ya no es lo que era. Y no es lo que era porque no tiene lectores. Yo aquí echo en falta algun comentario sobre el «por que» El País (y The Guardian, y The New York Times, y Le Monde y Der Spiegel) dejó de publicar los cables de Wiki Leaks, con sus análisis y las explicaciones de por que eran importantes y en que nos afectaban. Echo en falta un poco de crítica a los mismos periodistas que se han abandonado al ejercicio de hipocresía controlada (o admitir claramente que se les ha descontrolado), optando por titulares-cebo y olvidándose de su vocación de contar lo que pasa, cambiándola por «lo del comer», que es lo que necesitamos para vivir. 

Ojo, la vocación es individual y como dice Enric al principio de su columna, cada cual decide su grado de independencia y honestidad. Y a todos nos gusta comer al menos dos veces al día. Pero lo que no se puede hacer es llorar a la voz de «la prensa ya no es capaz de enfrentarse al poder porque carece de la fuerza que le otorgaban millones de lectores», obviando que las redacciones aceptaron venderse al poder (recordemos los ingresos que llegan de publicidad institucional y las subvenciones).

Está muy bien que los periodistas hablen del modelo que buscan, del ideal. Estaría mucho mejor que empezaran a rendir cuentas con ellos mismos y con sus redacciones, y luego que empezaran a hacer cosas tangibles para recuperar esa fuerza perdida. Dejar de llorar y empezar a cuestionar al poder, incluso desde las páginas del periódico oficial del partido al mando, sería una buena forma de recuperar esa credibilidad.

Nazis per tot arreu

Quan repeteixes moltes vegades una paraula, acaba per no voler dir res. Però no sempre és així, com veiem a The believer, quan el protagonista ens convida a fer l’exercici amb la paraula «jueu». Gairebé mai perd el seu significat. Malauradament, no passa el mateix amb la paraula «nazi».

Això és el que van fer els nazis de veritat. – United States Holocaust Memorial Museum, cortesia de G. Michael Jaynes

Avui en dia es fa servir «nazi» per qualsevol cosa. «Nazi» ha passat de ser un diminutiu de Nacional-Socialista, un partit polític i una ideologia, que als anys trenta del segle XX, va recuperar el concepte germànic del Lebensnraum. Aquest concepte entenia que la raça ària-alemanya era la superior, que aquesta raça necessitava un espai vital per a la seva supervivència, i que per això, tota la població no germànica d’Europa central i de l’est havia de ser exterminada. L’spazio vitale del feixisme italià en va ser anàleg, però sense el component genocida. La versió italiana, seguint el colonialisme tradicional, veia la raça italiana com a «custòdia» de les races inferiors subjugades.

Aquest concepte únic de lebensraum va definir totes les polítiques racials posteriors. Però a més d’implantar aquesta política per al seu pla de dominació mundial, el Partit Nacional Socialista d’Alemanya va determinar que «la infecció que dissol la societat humana, el jueu», junt amb el poble Romaní, havia de desaparèixer del planeta.

A aquests efectes, les mentalitats educades i eficients de Heinrich Himmler i Reynard Heydrich van preparar, sota el mandat directe d’Adolf Hitler i Hermann Göring, «la solució final al problema jueu»: l’extermini total i sistemàtic, a escala i eficiència industrials, de qualsevol persona jueva, romaní i sinti que es pogués localitzar. Això va incloure l’assassinat directe, i també altres pràctiques com esterilitzacions forçades.

Fins a un 50% de la població romaní i sinti va ser exterminada. El percentatge no va ser superior perquè, a diferència dels jueus, els roma-sinti eren realment nòmades i no tenien una organització social que permetés als nazis trobar-los fàcilment. Els nazis van exterminar dos terços —hi ha estudis que assenyalen que els 6 milions podrien ser 8 i fins i tot 9— de la població jueva a Europa.

Forns crematoris de Buchenwald, una altra cosa que distingeix als nazis de veritat. – AP Photo/U.S. Army Signal Corps

Després d’aquest recordatori de què van ser, i són, en realitat els nazis, i de les seves polítiques i intencions, passem a veure quin és l’ús que es fa avui dia de la paraula. «Nazi» ha passat a fer-se servir per definir qualsevol persona mínimament intransigent en qualsevol tema.

Tenim les «feminazis», que designa aquelles dones feministes de l’ala dura; i tenim al seu contrari, els «faminazis», que Pedro Herrero (@aparachiqui), inventor del desafortunat terme, defineix com «defensor intransigent de la família». Tenim al «Cabronazi», un element pretesament humorístic, i als «nazis» de l’humor.

En l’aspecte més polític, i dins l’univers del procés independentista de Catalunya, tenim un important sector unionista anomenant «lazis» a aquells independentistes que feien servir el llaç groc, un símbol universalment emprat per a reclamar la llibertat de presos —en podeu trobar un exemple a un dels primers capítols de Homeland—; els mateixos unionistes van equiparar «no portar el llaç» a l’estrella de David que els nazis obligaven a portar als jueus.

Amb els diferents cicles electorals i la pujada de la ultradreta —i també dins l’univers independentista que hem comentat—, tant del bàndol dretà com els defensors del «cordó sanitari» s’han insultat els uns als altres, anomenant-se «nazis». I el que és pitjor, fins i tot hi ha qui, creient ridiculitzar-los, s’autoanomenen «nazis» a ells mateixos, parodiant del punt de vista de la ultradreta.

També tenim els «nazis» de la llengua, que són aquells que en reclamen l’exactitud i pulcra escriptura. O els companys de feina que ens demanen que els enviem la feina feta com correspon, i no amb mancances: és a dir, els «nazis» de la perfecció laboral.

I finalment, amb la guerra a Ucraïna, la paraula ha rebut volada per part de tothom. Els uns per «desnazificar», els altres acusant uns combatents de ser nazis, i als altres perquè acusen els primers de ser els nazis de veritat.

Tot això arriba després d’anys de mal us continu de la paraula «fatxa» i altres derivats del feixisme, una altra ideologia autoritària i violenta sorgida al segle XIX, que és, segons el DIEC, un «moviment polític caracteritzat per la submissió total a un líder que concentra tots els poders, per l’exaltació del nacionalisme i per l’eliminació violenta de l’oposició política i social.»

Ja fa anys que un «fatxa» és «qualsevol que no pensi o opini el mateix que jo en qualsevol tema». El valor real del feixisme, i dels fatxes, s’ha devaluat tant, que s’ha hagut de cercar un altre «valor refugi», que ha acabat sent el nacionalsocialisme i el seu diminutiu: nazi.

Cada cop que dieu «fatxa», el concepte perd una mica més de sentit. Jo mateix ho he fet de forma sarcàstica, i no tinc gaire clar si ho he fet bé o no. Però, d’altra banda, no tinc aquests dubtes amb la paraula «nazi». Per mi, un nazi sempre serà algú que em vol exterminar, i no he fet ni faré servir la paraula per assenyalar res ni ningú que no sigui realment una persona simpatitzant amb el nacionalsocialisme.

No tinc res en contra de ridiculitzar l’Alemanya nazi, ni en embrutar el record de persones com Adolf Hitler. Cal riure d’aquella gent? Sí. Les pel·lícules Jojo rabbit o Inglorious Bastards en són exemples boníssims. Així i tot, cal trobar una forma de fer-ho amb garantia de no banalitzar ni devaluar la paraula. Com? És complicat.

Un mot que es pot emprar per a definir la majoria dels exemples d’intransigència més o menys absurda que he fet servir abans és «imbècil». També «gilipolles». I si sou d’aquells que escarniu a qui no insulta en català, tenim «talòs», «carallot», «desgraciat», «gamarús», «tros d’ase», «tòtil», o encara millor l’ebrenc «capdegós» —o «cap de xoto en barba»—, que us defineix sobradament.

Per tot això us demano, lectors, que tingueu aquestes paraules en consideració. Que feu autoexamen, i que penseu molt, abans de fer ús de «fatxa», i encara «nazi», per assenyalar o ridiculitzar a algú que no comparteixi els vostres punts de vista, o que fins i tot en sigui contrari. Està en joc la pervivència del record, i la manca de sentit a la seva mort, de fins a 12 milions de persones, a les quals caldria afegir els soldats morts a la segona gran guerra.

El futur d’Espanya

Escric aquestes línies 30 minuts després que hagin tancat els col·legis electorals a Andalusia, i totes les enquestes fan guanyador al Partido Popular per majoria absoluta.

Al final el canvi real eren senyorets de Madrid venint a dir què havien de fer, i ser, els andalusos. I alguns posant una candidata forastera. Sí, forastera. I no només pel Torrija Gate —molt més sublim i interessant i real que el Catalan Gate—, sinó perquè les bondats de la centralització tenen els dies comptats.

Joan Maragall, el Maragall bo —l’únic bo, podríem afirmar— va escriure tota una sèrie d’articles en espanyol, recollits al setè volum d’una edició de les seves Obres Completes, feta pels seus fills el 1930, que és una delícia —moltíssimes gràcies, Biel! Us en deixo la tercera part d’un, titulat «Patria y región», del 1900. Llegiu-lo, i digueu-me que aquest text, publicat fa cent vint anys, no és d’una actualitat tremenda.

El futur d’Espanya, si Espanya vol tenir futur, passa pel regionalisme. Això és un fet, i qui no ho vegi és perquè o no vol mirar o no s’hi veu.


Patria y región III

(Joan Maragall, Obres completes v. VII)

Como causa próxima del moderno movimiento regionalista en Expaña, señala el señor Golpe las rivalidades entre provincias y regiones para obtener las mercedes del poder central, único dispensador de ellas en el moderno régimen político: rivalidades y antipatías que se manifestaron y agriaron con chanzonetas y chascarrillos en la prensa y en el teatro, donde gallegos y andaluces, castellanos y catalanes, se han puesto mutuamente en ridículo; y dice que esto fué en cierto modo beneficioso, en canto exaltó los sentimientos regionales.

No creemos que un movimiento tan serio y tan hondo como el despertar de las antiguas nacionalidades españolas reconozca una causa tan pequeña. Estas rivalidades que en todos los estados del mundo existen y son un aspecto de lo que se suele llamar provincialismo, pueden en España haber sido agravadas por las diferencias fundamentales en el origen y carácter de las poblaciones regionales, y presentarse como un efecto de aquellas diferencias, nunca como una causa, a no ser, naturalmente, por reacción sobre el mismo sentimiento diferencial de que procedian.

Las verdaderas causas hay que buscarlas, nuestro entender, primero en una especie de ley histórica que, a semejanza de las leyes fisicas, tras el largo periodo de centralización a la moderna instaurada por el jacobinismo de la revolunión francesa y extendida a toda Europa, ha producido un movimiento de reacción descentralizadora.

Este movimiento lo inició ya el romanticismo literario y artístico, enamorándose de la Edad Media, en cuya contemplación encontró el origen y el prestigio de las nacionalidades que, mal amalgamadas, constituyen hoy los Estados modernos. Y esta visión romántica ha trascendido después a las ciencias sociales, coincidiendo con la inquietud de los pueblos cansados del despotismo centralizador.

Y como causa más próxima y especial para nosotros, creemos reconocer una falta de fuerza asimiladora en el Estado español, una falta de poder de atracción en su centro político, cuyo estudio no es de esta ocasión, pero que indudablemente resulta favorable a las aspiraciones regionalistas.

Sin embargo, así que estas aspiraciones se han manifestado (muchas veces —-hay que confesarlo— con la exageración natural a todas las reacciones), el centro politico, lejos de aceptarlas en lo que racionalmente podía y debía aceptarlas, se ha alarmado y se ha rebelado también exageradamente contra ellas.

Esta repulsa la ha sintetizado el señor Golpe en los siguientes párrafos: «Mas entonces —dice— se sublevaron los egoismos y los intereses creados, y los encargados de la tutela politica, encastillados en el centro, temblaron por su administración. ¡Cómol —dijeron— vamos a consentir que los pueblos se emancipen y se conviertan en administradores de sus intereses? ¿Qué seria de nosotros y de nuestro poder si les abandonásemos los productos de tan lucrativa herencia?

Digamos que la patria peligra si prosperan esas doctrinas; digamos que lo que intentan los regionalistas es el aniquilamiento del Estado, el separatismo fratricida, parricida, horrendo. Combatámosles por todos los medios… Hagamos creer que sus doctrinas son anárquicas para que los cándidos, los timoratos, los que no saben moverse ni pensar por cuenta propia, así lo crean. Sublevemos contra ellos a todos los que cobran de los fondos públicos y a todos los caballeros de industria de la politica, que viven a expensas de la administración. Y llamemos en torno nuestro a los elocuentes tribunos que nos secundan, para que los anatematicen, y a los farautes de la opinión para que azucen contra ellos a los ignorantes… Y desde la Academia habló Sánchez Moguel contra el regionalismo, y desde el Ateneo Núñez de Arce, y Castelar tomó la ampolleta ciceroniana, y don Juan Valera nos llamó envidiosos… En contra de Núñez de Arce escribió el ilustre periodista barcelonés don Juan Mañé Flaquer; en contra de Sánchez Moguel don Manuel Martinez Murguía, y en defensa de las teorías regionalistas, Alfredo Brañas, Arturo Campión, Almirall y otros muchos, fijando perfectamente los principios fundamentales de aquel sistema y reuniendo en torno suyo una juventud generosa y entusiasta».

A tal punto ha llegado la corriente regionalista en España, que don Francisco Silvela, en un artículo publicado en 1894 en El Tiempo, decía: «El regionalismo es una fuerza anacrónica (el señor Golpe rebate este calificativo) y mal dirigida en la mayor parte de las soluciones que la apasionan, pero es una fuerza; y en un país cuya enfermedad más peligrosa y alarmante es la anemia y el decaimiento de espíritu nacional, nosotros miramos el regionalismo y a sus manifestaciones con cariño y observamos con indulgencia sus extravios cuando son sinceros. Por otra parte hay que reconocer que los intentos de absorción de las diferencias administrativas y económicas del gobierno central tropiezan con un gran obstáculo moral en las provincias lastimadas, y este obstáculo es la evident inferioridad de nuestros organismos administrativos centrales».

Esto decia don Francisco Silvela en 1894. Sólo que después sus programas políticos y las campañas periodísticas de sus partidarios no siempre han estado en consonancia con aquel criterio.

Y es que en la atmósfera del centro político de España hay algo que, a los que se dejan penetrar por ella, les inhabilita para sentir estas cosas, aunque su inteligencia las comprenda y su voluntad quiera orientarse hacia ellas. Este fenómeno (que merece ser estudiado con detención por quien sepa y pueda hacerlo) deja esperar muy poco de cuantas tentativas se hagan en España en pro de una evolución seria y reposada hacia una constitución regionalista que, por otra parte, creemos sería lo que pudiera regenerar el Estado español.

Por esto consideramos con simpatia, pero sin grandes esperanzas, la buena fe con que el señor Golpe pide, así en general, para las regiones españolas la libertad compatible con la soberanía legítima del Estado, es decir, la libertad natural, civil y administrativa, salvaguardia de su respectiva personalidad»; y más sintéticamente, «la variedad en la unidad y con ello el reinado de la libertad verdadera».

Dudamos de que tales aspiraciones prosperen nunca en España por lo que antes hemos dicho, y también porque —es menester reconocerlo— las regiones españolas que tienen vivo el sentimiento regional, no solamente no son todas sinó que son las menos. Las demás, la mayoria, se acomodan perfectamente al sistema imperante y casi, casi diríamos que por temperamento necesitan de él.

En España, lo único que hay vivo en punto a regionalismo es el nacionalismo de algunas de las provincias que, por haber formado parte de antiguos Estados independientes, o por llevar en su fondo una levadura diferencial de raza, por su posición geográfica y caracteres y relaciones que de ella derivan, o por todas esas cosas a la vez, se sienten con espiritu distinto del que anima al Estado político español, y se creen con aptitudes para gobernarse por el propio, más en armonía con el movimiento social moderno.

Y para estas provincias nacionalistas es sumamente dificil y delicado formular un programa regionalista concreto; y sobre difícil y delicado, tal vez inútil.

¿Pretenderán asimilar su espiritu al del centro politico, ejerciendo en éste una cierta hegemonía? La asimilación nos parece monstruosa y la hegemonia muy problemática, dadas las aptitudes políticas de unos y otros dentro del sistema politico imperante. ¿Pedirán independencias o autonomías particulares? Al grito de ¡sus! ¡a los separatistas! les echarán encima la gran masa del país español. ¿Se contentarán con un programa de amplia descentralización? No lo conseguirán del espiritu político central por las razones que antes hemos indicado; además de que esto entendemos que no bastaría a las necesidades del desarrollo de su genio nacional.

Pues, ¿qué hacer? ¿abandonar la partida? ¿embozarse en un retraimiento sublime? ¿brujulear entre el caciquismo parlamentario? Nada de esto.

El impulso está dado, el espíritu nacional despierto. Cultívese ese sentimiento de la nacionalidad en todas sus manifestaciones, désele plena conciencia diferencial, exáltesele; y en cada circunstancia, en cada conflicto en que el mismo se halle en juego, la fuerza de expansión que este sentimiento demuestre dará la medida de aquello a que se puede aspirar en aquel momento. Si para llevar detrás a las multitudes se necesita una bandera clara y concreta, déseles en cada ocasión la del interés de momento, la del interés vivo y palpitante; y cada hombre, cada generación, lleguen hasta done puedan.

Creemos esto más vital y provechoso que consumir actividades en la confección de programas generales a fecha indefinida (cosa muerta como lo que son apriorismos) y en la discusión inútil para convencer a inconvencibles. No se olvide que en España el regionalismo se reduce, en teoria, a una cuestión de sentimiento, y en la práctica a una cuestión de fuerza.

Llegir el diari

Foto per the blowup a Unsplash

Coincidint amb l’inici de la invasió russa d’Ucraïna que compro diaris en paper. Al principi cada dia, i cada dia un de diferent, per provar. Un diari de paper té un espai físic limitat de N pàgines, en total i per secció. Per tant, cal pensar molt bé què hi entra i què es queda fora. En aquesta economia d’escassedat, els editors han de triar per força.

D’altra banda, en la versió digital del mateix diari —o encara pitjor en els diaris directament digitals—, on regna l’economia d’abundància i no hi ha límit físic, hi entra tot. O dit d’una altra manera, s’hi publica tot. I encara d’una forma més real, s’hi publica qualsevol cosa. En realitat, qualsevol merda.

Des de «consells per a desinflar el ventre» per a senyores i senyoretes a titulars-esquer, quan no directament seccions de successos sòrdids, que fan les delícies dels algoritmes de xarxes socials. Resulta galdosíssim veure aparèixer aquestes pseudo-notícies, acompanyades després de fets pretesament seriosos. Més encara el tractament que fan aquests digitals, defensant feminismes i antimasclismes, per després oferir consells de dieta amb fotos de dones de la talla 36.

Per això encara intento evitar llegir diaris digitals o la versió digital de diaris en paper. Però en la versió de paper, a casa ens hem subscrit a l’edició del cap de setmana d’un diari de tirada nacional —és a dir espanyola, i hem conformat un nou ritual: el d’anar a buscar el diari i esmorzar, la meva esposa i jo, tot compartint la lectura i comentant-la.

Aquest nou ritual m’ha regalat troballes, de les quals en vull destacar dues en especial. La primera és Ana Iris Simón, escriptora manxega que publica una columna setmanal els dissabtes. La vaig descobrir en un podcast, i a partir d’aquí vaig buscar els seus texts. Ara, cada dissabte esperem a arribar al seu peu de pàgina. És brillant, d’una claredat tremenda, i escriu fàcil per explicar —i entendre, i per fer entendre— les coses de què parla. Que són les coses reals, de veritat, i no assajos i disquisicions. Simón parla normal i no, com diria Don Miguel referint-se als literats, com aquells «’orfebres’ encerrados en su torre de marfil cincelando cualquier chuchería literaria».

L’altre descobriment és també una columna de dissabte. La de Boris Izaguirre. No coneixia el seu vessant de lletres, i és una delícia. Per fer-vos una idea podeu llegir la seva peça de dissabte 18 de juny, «Las mujeres de la semana». Un cop llegida, podeu comparar-la amb el tercer caramel de l’edició sabàtica, la de Fernando Savater, a la contraportada —que aprecio per motius molt diferents. L’exercici és comparar el darrer paràgraf d’Izaguirre amb la darrera frase de Savater. Els lectors i lectores intel·ligents apreciaran què diferencia a un i altre sense cap ajuda, i per què Izaguirre és infinitament superior.

Dels diaris, el menys important són les notícies. Però a casa les llegim igualment. Serveixen per comparar-les amb altres opcions informatives o línies editorials diferents. La lectura de diferents fonts i visions —i versions— d’una mateixa notícia no només serveix per fomentar la lectura i l’esperit crític, sinó per no caure en el sectarisme imbècil dels nostres temps, en què si llegeixes tal diari no, pots llegir l’altre, o si llegeixes l’altre diari, ets directament un fatxa.

Els diaris sempre han sigut eines per a la generació d’opinió pública. Malgrat que actualment això ara es faci a través de Twitter, i que la premsa continuï dividida en grans blocs d’interessos polítics, sempre es pot trobar alguna joia. I això és el que m’interessa.

Trencar Espanya

Deien, al número 8 la revista Medium sobre l'”Agenda España 2050″, el següent:

La “España que hacemos” arrastra una serie de lacras que, de no eliminarse, harán de todo impulso modernizador una fiesta de la ineptocracia. La ineptocracia de la política es “la grasa del sistema clientelar”; porque existe un despilfarro de fondos para financiar las ineficiencias del sistema.

En un clima de clientelismo se pierde eficacia, sin coste político alguno, ya que la permanencia en el pesto está desligada del mayor o menor éxito de la gestión que se realice.

I precisament per això és pel que, crec, que cal “trencar” Espanya. És el tema del qual vaig parlar amb un pelegrí del Camino de Santiago, votant de VOX, el setembre de 2015. Forma part, crec, de les reformes que molts han volgut aplicar, sense èxit.

Que fins ara no s’hagi pogut fer, no vol dir que Espanya sigui “irreformable”. Simplement, pot voler dir que no s’ha fet de la forma que era necessària. Trencar Espanya, fragmentar-la, recuperar el regionalisme i desenvolupar-lo de forma plena. I finalment, intentar aplicar-lo de forma seriosa. Sense independències ni astracanades.

Trencar Espanya per desfer-se de tota la cleptocràcia clientelar, i després recosir-la de forma que no s’estripi quan s’estiri massa d’algun cantó. Llegir la famosa “unitat” en forma profunda, la unitat de les persones, que són les que tenen drets i obligacions, no les llengües ni els territoris. Llegir la “igualtat” en forma més profunda, i no quedant-nos en la literalitat més simple –i ximple–. Us ho imagineu? Jo sí.

Capturas, de Manuel Vicent

Diu Manuel Vicent a la seva columna de la contraportada a El País del diumenge 12 de juny que els animals “es devoren per sobreviure, però ho fan amb rigor extrem i saviesa. Cap fera supleix la seva maldestresa amb la crueltat.”

Vicent coneix poc el món natural. Coneix poc l’actitud dels lleons mascles que, després de foragitar l’antic “rei de la selva” —cal tenir en compte que a la selva no n’hi ha, de lleons—, maten als cadells. I el mateix fan moltes espècies de primats.

Però per crueltat gastronòmica, la de les orques. Aquí us deixo una filmació d’unes orques “jugant” amb uns lleons marins. Cap al final del vídeo, un cop els atrapen, les porten mar endins i les fan saltar per l’aire. Un cop i un altre. A vegades les deixen fugir i, abans que s’escapin del tot, les tornen a atrapar i les tornen a llençar mar endins. Fins que se n’avorreixen, i se les mengen.

Vicent acaba la seva columna amb el típic discurs misàntrop sobre la capacitat humana per fer el destraler matant. Manuel és molt fàcil: no hi ha res més perillós que un ximple amb iniciativa.