El futur d’Espanya

Escric aquestes línies 30 minuts després que hagin tancat els col·legis electorals a Andalusia, i totes les enquestes fan guanyador al Partido Popular per majoria absoluta.

Al final el canvi real eren senyorets de Madrid venint a dir què havien de fer, i ser, els andalusos. I alguns posant una candidata forastera. Sí, forastera. I no només pel Torrija Gate —molt més sublim i interessant i real que el Catalan Gate—, sinó perquè les bondats de la centralització tenen els dies comptats.

Joan Maragall, el Maragall bo —l’únic bo, podríem afirmar— va escriure tota una sèrie d’articles en espanyol, recollits al setè volum d’una edició de les seves Obres Completes, feta pels seus fills el 1930, que és una delícia —moltíssimes gràcies, Biel! Us en deixo la tercera part d’un, titulat «Patria y región», del 1900. Llegiu-lo, i digueu-me que aquest text, publicat fa cent vint anys, no és d’una actualitat tremenda.

El futur d’Espanya, si Espanya vol tenir futur, passa pel regionalisme. Això és un fet, i qui no ho vegi és perquè o no vol mirar o no s’hi veu.


Patria y región III

(Joan Maragall, Obres completes v. VII)

Como causa próxima del moderno movimiento regionalista en Expaña, señala el señor Golpe las rivalidades entre provincias y regiones para obtener las mercedes del poder central, único dispensador de ellas en el moderno régimen político: rivalidades y antipatías que se manifestaron y agriaron con chanzonetas y chascarrillos en la prensa y en el teatro, donde gallegos y andaluces, castellanos y catalanes, se han puesto mutuamente en ridículo; y dice que esto fué en cierto modo beneficioso, en canto exaltó los sentimientos regionales.

No creemos que un movimiento tan serio y tan hondo como el despertar de las antiguas nacionalidades españolas reconozca una causa tan pequeña. Estas rivalidades que en todos los estados del mundo existen y son un aspecto de lo que se suele llamar provincialismo, pueden en España haber sido agravadas por las diferencias fundamentales en el origen y carácter de las poblaciones regionales, y presentarse como un efecto de aquellas diferencias, nunca como una causa, a no ser, naturalmente, por reacción sobre el mismo sentimiento diferencial de que procedian.

Las verdaderas causas hay que buscarlas, nuestro entender, primero en una especie de ley histórica que, a semejanza de las leyes fisicas, tras el largo periodo de centralización a la moderna instaurada por el jacobinismo de la revolunión francesa y extendida a toda Europa, ha producido un movimiento de reacción descentralizadora.

Este movimiento lo inició ya el romanticismo literario y artístico, enamorándose de la Edad Media, en cuya contemplación encontró el origen y el prestigio de las nacionalidades que, mal amalgamadas, constituyen hoy los Estados modernos. Y esta visión romántica ha trascendido después a las ciencias sociales, coincidiendo con la inquietud de los pueblos cansados del despotismo centralizador.

Y como causa más próxima y especial para nosotros, creemos reconocer una falta de fuerza asimiladora en el Estado español, una falta de poder de atracción en su centro político, cuyo estudio no es de esta ocasión, pero que indudablemente resulta favorable a las aspiraciones regionalistas.

Sin embargo, así que estas aspiraciones se han manifestado (muchas veces —-hay que confesarlo— con la exageración natural a todas las reacciones), el centro politico, lejos de aceptarlas en lo que racionalmente podía y debía aceptarlas, se ha alarmado y se ha rebelado también exageradamente contra ellas.

Esta repulsa la ha sintetizado el señor Golpe en los siguientes párrafos: «Mas entonces —dice— se sublevaron los egoismos y los intereses creados, y los encargados de la tutela politica, encastillados en el centro, temblaron por su administración. ¡Cómol —dijeron— vamos a consentir que los pueblos se emancipen y se conviertan en administradores de sus intereses? ¿Qué seria de nosotros y de nuestro poder si les abandonásemos los productos de tan lucrativa herencia?

Digamos que la patria peligra si prosperan esas doctrinas; digamos que lo que intentan los regionalistas es el aniquilamiento del Estado, el separatismo fratricida, parricida, horrendo. Combatámosles por todos los medios… Hagamos creer que sus doctrinas son anárquicas para que los cándidos, los timoratos, los que no saben moverse ni pensar por cuenta propia, así lo crean. Sublevemos contra ellos a todos los que cobran de los fondos públicos y a todos los caballeros de industria de la politica, que viven a expensas de la administración. Y llamemos en torno nuestro a los elocuentes tribunos que nos secundan, para que los anatematicen, y a los farautes de la opinión para que azucen contra ellos a los ignorantes… Y desde la Academia habló Sánchez Moguel contra el regionalismo, y desde el Ateneo Núñez de Arce, y Castelar tomó la ampolleta ciceroniana, y don Juan Valera nos llamó envidiosos… En contra de Núñez de Arce escribió el ilustre periodista barcelonés don Juan Mañé Flaquer; en contra de Sánchez Moguel don Manuel Martinez Murguía, y en defensa de las teorías regionalistas, Alfredo Brañas, Arturo Campión, Almirall y otros muchos, fijando perfectamente los principios fundamentales de aquel sistema y reuniendo en torno suyo una juventud generosa y entusiasta».

A tal punto ha llegado la corriente regionalista en España, que don Francisco Silvela, en un artículo publicado en 1894 en El Tiempo, decía: «El regionalismo es una fuerza anacrónica (el señor Golpe rebate este calificativo) y mal dirigida en la mayor parte de las soluciones que la apasionan, pero es una fuerza; y en un país cuya enfermedad más peligrosa y alarmante es la anemia y el decaimiento de espíritu nacional, nosotros miramos el regionalismo y a sus manifestaciones con cariño y observamos con indulgencia sus extravios cuando son sinceros. Por otra parte hay que reconocer que los intentos de absorción de las diferencias administrativas y económicas del gobierno central tropiezan con un gran obstáculo moral en las provincias lastimadas, y este obstáculo es la evident inferioridad de nuestros organismos administrativos centrales».

Esto decia don Francisco Silvela en 1894. Sólo que después sus programas políticos y las campañas periodísticas de sus partidarios no siempre han estado en consonancia con aquel criterio.

Y es que en la atmósfera del centro político de España hay algo que, a los que se dejan penetrar por ella, les inhabilita para sentir estas cosas, aunque su inteligencia las comprenda y su voluntad quiera orientarse hacia ellas. Este fenómeno (que merece ser estudiado con detención por quien sepa y pueda hacerlo) deja esperar muy poco de cuantas tentativas se hagan en España en pro de una evolución seria y reposada hacia una constitución regionalista que, por otra parte, creemos sería lo que pudiera regenerar el Estado español.

Por esto consideramos con simpatia, pero sin grandes esperanzas, la buena fe con que el señor Golpe pide, así en general, para las regiones españolas la libertad compatible con la soberanía legítima del Estado, es decir, la libertad natural, civil y administrativa, salvaguardia de su respectiva personalidad»; y más sintéticamente, «la variedad en la unidad y con ello el reinado de la libertad verdadera».

Dudamos de que tales aspiraciones prosperen nunca en España por lo que antes hemos dicho, y también porque —es menester reconocerlo— las regiones españolas que tienen vivo el sentimiento regional, no solamente no son todas sinó que son las menos. Las demás, la mayoria, se acomodan perfectamente al sistema imperante y casi, casi diríamos que por temperamento necesitan de él.

En España, lo único que hay vivo en punto a regionalismo es el nacionalismo de algunas de las provincias que, por haber formado parte de antiguos Estados independientes, o por llevar en su fondo una levadura diferencial de raza, por su posición geográfica y caracteres y relaciones que de ella derivan, o por todas esas cosas a la vez, se sienten con espiritu distinto del que anima al Estado político español, y se creen con aptitudes para gobernarse por el propio, más en armonía con el movimiento social moderno.

Y para estas provincias nacionalistas es sumamente dificil y delicado formular un programa regionalista concreto; y sobre difícil y delicado, tal vez inútil.

¿Pretenderán asimilar su espiritu al del centro politico, ejerciendo en éste una cierta hegemonía? La asimilación nos parece monstruosa y la hegemonia muy problemática, dadas las aptitudes políticas de unos y otros dentro del sistema politico imperante. ¿Pedirán independencias o autonomías particulares? Al grito de ¡sus! ¡a los separatistas! les echarán encima la gran masa del país español. ¿Se contentarán con un programa de amplia descentralización? No lo conseguirán del espiritu político central por las razones que antes hemos indicado; además de que esto entendemos que no bastaría a las necesidades del desarrollo de su genio nacional.

Pues, ¿qué hacer? ¿abandonar la partida? ¿embozarse en un retraimiento sublime? ¿brujulear entre el caciquismo parlamentario? Nada de esto.

El impulso está dado, el espíritu nacional despierto. Cultívese ese sentimiento de la nacionalidad en todas sus manifestaciones, désele plena conciencia diferencial, exáltesele; y en cada circunstancia, en cada conflicto en que el mismo se halle en juego, la fuerza de expansión que este sentimiento demuestre dará la medida de aquello a que se puede aspirar en aquel momento. Si para llevar detrás a las multitudes se necesita una bandera clara y concreta, déseles en cada ocasión la del interés de momento, la del interés vivo y palpitante; y cada hombre, cada generación, lleguen hasta done puedan.

Creemos esto más vital y provechoso que consumir actividades en la confección de programas generales a fecha indefinida (cosa muerta como lo que son apriorismos) y en la discusión inútil para convencer a inconvencibles. No se olvide que en España el regionalismo se reduce, en teoria, a una cuestión de sentimiento, y en la práctica a una cuestión de fuerza.

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