Joan Maragall, les torrijas i Jordi Pujol en un concert de Los Chunguitos

A les darreres eleccions a Andalusia, als senyorets a cavall de la dreta radical de VOX els van desactivar la campanya amb una simple pregunta. Va ser una pregunta que implicava tota una sèrie de missatges que els andalusos van captar, perquè era entre andalusos.

Anys ençà, també durant una campanya electoral, però a Catalunya, Jordi Pujol i la plana major de Convergència i Unió van presentar-se a un concert de Los Chunguitos. La campanya no va acabar bé i tothom va admetre que no havia sigut un bon pla. Perquè quan s’intenta ser allò que no s’és i es rebenten les manifestacions i esdeveniments culturals alienes, la cosa mai surt bé.

Des del passat, el 1900, Joan Maragall ens delecta amb la versió nostrada d’una lectura errònia de codis culturals al bell mig del Passeig de Gràcia. Allá donde fueres, haz lo que eres.

GACETILLA

Joan Maragall, 11 – VII – 1900

La tarde del día de San Juan contemplábamos un espectáculo muy lastimoso. Por el arroyo central del Paseo de Gracia iba dando vueltas en carruaje una multitud triste y silenciosa, entre la cual se veían algunos disfraces. Era el desfile de la corrida de beneficencia: era la vuelta de los toros.

¡La vuelta de los toros! Todos sabemos lo que esto significa en Madrid, en Sevilla y otras poblaciones de España. Podrá criticarse, como tantos otros, el espectáculo taurino; pero alli donde es genuinamente sentido, donde puede llamarse espectáculo nacional, donde hay lo que se dice sangre torera, all la ida a los toros, la función en la plaza y el defile tienen la hermosura y el calor de lo espontáneo, de lo vivo. ¡Bienhayan los chulos y las manolas cuando son de veras y están en su sitio; y bien hayan las mantillas, y las peinetas, y los madroños, y la chaquetilla, y el sombrero cordobés, cuando debajo de ellos hay corazones que laten con la fiebre de un placer salvaje, y hombros que se contonean, y brazos que gesticulan y miradas encendidas y labios que rebosan dichos y ceceos! ¡Pero malhayan las parodias y las cosas muertas!

El desfile de la tarde de San Juan en Barcelona olía a muerto. Caras pálidas y caídas, manolas soñolientas, chulos silenciosos… Lo que más impresionaba era el silencio de toda aquella gente. Por encima del monótono rodar de los carruajes, ni una nota viva, ni un grito, ni una carcajada… nada. La expresión dominante, en los rostros de los paseantes, era la de una curiosidad mortecina y la de una vanidad satisfecha demasiado pronto. El unico afán, que ni si quiera llegaba a ser afán de aquellos hombres y de aquellas mujeres, era ver y ser vistos. Mirarse unos a otros durante un par de horas formando una especie de caballitos del Tio Vivo: he aqui hasta donde llega nuestro entrain; nuestra sangre no da más de si por ahora.

Yo no sé por qué los catalanes nos ilusionamos a veces con la idea de ser en España una raza superior, si el día que nos proponemos hacer algo gordo en punto a manifestaciones de buen tono salimos con una imitación tan desdichada. La imitación siempre supone inferioridad. Pase todavía cuando aquélla obedece a un estimulo de elevarse, de perfeccionarse, de educarse; pero la educación por medio de las corridas de toros nos parece un salto atrás, una regresión.

Unas señoras, y unas señoritas, y unos caballeros quieren hacer una obra de caridad en grande —eso está muy bien—; quieren hacerla divirtiéndose también en grande —eso no está muy bien, pero puede pasar—, y para hacer la caridad en grande divirtiéndose en grande, no se les;ocurre cosa mejor que una corrida de toros. ¿Por qué? Porque en Madrid esto se hace así. ¡Vaya una razón!

Y lo notable es que a estas señoras y señoritas no les gustan los toros; pero saben que a las señoras de Madrid y Sevilla les gustan, y creen de buen tono mostrarse madrileñas y sevillanas. Organizan la corrida, exponen las moñitas gastan un dineral en mantillas y mantones, y peinetas y madroños, y vestidos y carruajes, y van a la plaza a aburrirse o a desmayarse, a ver morir —o poco menos— a un hombre en una lucha que no les interesa si no por el horror que les causa; y después —y éste es el principal objeto de fiesta— se van a pasear su fatiga, su desmayo, y sus mantillitas y sus carruajes en un pequeño trecho de paseo: van nada más que a lucir el gasto. ¡Qué diversión!

Esta mezquindad en el goce y hasta en la vanidad es un defecto barcelonés de los que más nos apenan, porque indican falta de vida. Esto de que todo el ideal del que tiene unos cantos duros de sobras cada domingo, se reduzca a pasearlos dos horas en coche por el Paseo de Gracia es un síntoma muy triste. ¡Ni se llega a recorrer el paso en toda su extensión! se siente la necesidad de limitar el trecho para andar más apretaditos y ser vistos más de cerca. No parece sino que nuestra gente que quiere ser de buen tono tiene tanto horror al aire puro que ni siquiera se atreve a hacerse subir por la pequeña cuesta que va de la calle de Provenza hasta la mayor de Gracia.

¡Y más allá hay las montañas y los bosques, y el aire fortificante de las lejanas cordilleras, y el sano olor de los pinos, y la magnífica vista del mar y de los llanos de media Cataluña! ¿Por qué no organizar expediciones monstruas y lejanas, y romerías, y aplecs —que no habría necesidad de llamar kermesses— por nuestras sierras y nuestros lugares históricos, donde cabría anchamente y con genuino caracter catalán esa misma caridad que ahora se encierra y se achula desdichadamente en un redondel y en un trechito malsano de paseo?

Y al fin resulta que, entre la gente de buen tono, los únicos que saben disfrutar de las bellezas naturales y artísticas de Catalunya son los extranjeros, que después se hacen lenguas de nuestra tierra, y la quieren, y se adaptan a ella, convirtiéndose en mejores catalanes que esos catalanes y catalanas de sombrero cordobés y mantilla de madroños que no pasan de la calle de Provenza.

Si no hacemos todos un esfuerzo de voluntad para sobreponernos a nuestra mezquindad de sentimientos y tonizarnos con el contacto de nuestra tierra, con respirar los aires puros de sus alturas y saciar nuestros ojos con la luz de nuestro cielo, bien pronto habrá que decir que aquellos extranjeros que saben amar mejor que nosotros todas estas cosas nuestras, son la única esperanza de Cataluña.

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