La sordera castellana

Decía don Miguel que el castellano —no confundirlo con el español— es duro de oído, y que por eso le resulta difícil comprender lenguas como el portugués o el catalán. No encontré la cita que quería, que prometo seguir buscando, pero les dejo con otra, parecida, que me sirve casi igual:

Lo que hay es que el oído castellano, por una larga mala educación, está deseducado, occidentado en vez de orientado al ritmo complejo y rico.

(Carta de Unamuno a Francisco de Cossio, del 24 de diciembre de 1914, citada en el estudio de las poesías de don Miguel que hizo Manuel García Blanco)

En Vida de don Quijote y Sancho, su interpretación/explicación del Quijote, Unamuno cierra el comentario del capítulo cuarenta y siete —es aconsejable leerlo antes— de esta forma:

Acertaste, fiel escudero, acertaste; la envidia y solo la envidia enjauló a tu amo; la envidia disfrazada de caridad, la envidia de los hombres cuerdos que no pueden sufrir locura heroica, la envidia, que ha erigido al sentido común en tirano nivelador. Esclavos de él eran el canónigo y el cura, ¡es natural!, y se pusieron a departir aparte, ensartando el primero, un sin fin de ramplonadas y oquedades a cuenta de literatura.

¡Y cuán profundamente castellana fue aquella plática entre canónigo y cura! En el contacto y trato de estos espíritus alcornoqueños, lejos de gastárseles el corcho de que están recubiertos, se les acrecienta, como con el roce crece, en vez de menguar, el callo. ¡Qué alegría debieron de sentir al encontrarse tan razonables el uno para el otro! Está visto que esta casta solo llega a lo eterno humano, a lo divino más bien, o cuando rompe, gracias a la locura, la corteza que le aprisiona el alma, o cuando la simplicidad lugareña le rezuma el alma de ella. No le falta inteligencia, si no le falta espíritu. Es brutalmente sensata, y el supuesto espiritualismo cristiano que dice profesar no es, en el fondo, sino el más crudo materialismo que puede concebirse. No le basta sentir a Dios, quiere que le demuestren matemáticamente su existencia y aún más, necesita tragárselo.

Esta sensatez, esta necesidad de demostración matemática, esta, en fin, sencilla cuadriculación del pensamiento, son los males que el español castellano ve en el calvinismo —y por extensión en el protestantismo, o viceversa— europeo. La «Pérfida Albión» no lo es por malvada, sino por seguir queriendo pesar en onzas cuando aquí ya se pesa en gramos. El castellano se queja del «cabeza-ladrillo» cuadriculado del norte de Europa, pero solo porque aquel no quiere usar su cuadrícula. No es que sean dos modelos diferentes, es que son lo mismo, cada uno viéndose en el otro en el espejo.

El castellano, que es sordo a ciertos sonidos —como por ejemplo la «x» de Sanxenxo—, está convencido que solamente lo que él oye, que no es aquello que suena, es la verdad. La cosa es que no es sordera física, la que le aqueja. Es sordera de la que se cura con ejercicio. Pero ¿qué ejercicio necesita quien ya tiene una salud de hierro? Pues eso.

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