Una nova unitat espanyola

Els darrers mesos, l’opinió política espanyola és monocromàtica. No sé si deu ser cosa de l’estiu, però de fa setmanes que a El Mundo sempre fan la mateixa columna d’opinió a les primeres pàgines, firmi qui la firmi. Deu ser una mena d’exercici literari.

En qualsevol dels texts, que poden tractar de qualsevol tema —que pot ser l’onada de calor, les corbates del consell de ministres, la guerra a Ucraïna o l’Eurocopa femenina—, els columnistes sempre hi colen alguna referència al tema català. Siguin els indults, o el famós 25%, la falsa desjudicialització, la taula de diàleg… sempre hi ha la referència. I no és mai una referència amable.

L’opinió política, que es crea principalment als mitjans, està encallada amb Catalunya. I no només aquesta opinió pública, sinó també el discurs polític. Recordeu si no Alberto Núñez Feijóo, acabat d’arribar a la presidència del Partido Popular, amb el tema de les nacionalitats. Tothom se li va tirar a sobre, començant per la tertúlia digital. L’espanyolitat d’Espanya ha de ser fèrria i total.

Avui us porto l’article «La patria nueva» de Joan Maragall. Perquè aquesta «patria nueva» no és —almenys no només—, com podríeu pensar, la catalana, sinó l’espanyola.

Recordeu —i a ser possible rellegiu— el segon article d’aquesta sèrie, El futur de Catalunya, on Maragall explica als espanyols què és el catalanisme, en què consisteix i com podria ajudar a la regeneració d’Espanya després de la desfeta de 1898.

A l’article d’avui Maragall ens parla de matonisme parlamentari. Ens cita a Francisco Romero Robledo, ministre de governació i responsable de la tupinada electoral de 1879, i pregunta al lector si aquest opositor al sufragi universal podria ser més espanyol que qualsevol altre diputat català o basc, que emmudeixen davant «un matonismo parlamentario o de tertulia que habla rotundamente en nombre de España, que da y quita patentes de patriotismo» i un parell de coses més que us deixo per llegir.

I no només això, sinó que parla de «la vasta necrópolis nacional» —el Congreso de los Diputados—, on els crits de «¡Separatista!» segueixen a qualsevol comentari en veu baixa —perquè els qui els fan no saben imposar-se— dels diputats de les zones vives. Abans que l’hipotètic lector espanyolista s’encengui, recordem que el text està escrit el 1903, i que els termes de vida i mort es refereixen a la situació postdesfeta, la mort de l’imperi.

I abans que els, també hipotètics, lectors independentistes aplaudeixin ferotgement, deixeu-me també citar a l’articulista quan defineix els errors del catalanisme de llavors —que són els mateixos d’ara—, quan diu que «la juventud catalana idolatra por encima de todo a Cataluña […] Y ve en esta Cataluña una gran misión, para la cual necesita de toda su pureza; necesita concentrarse y vivir exclusivamente su vida propia para ser modelo de pueblos en la vida internacional de una humanidad futura […] una hermosa variedad adaptada a la varia naturaleza de las tierras, con un lazo íntimo de amor que sea la única unidad de todos los pueblos del mundo…»

A Catalunya, el 2022, hi ha qui encara creu que Catalunya és la clau de volta a Europa. Des que Prat de la Riba va expressar aquest messianisme a «La nacionalitat catalana», no ha faltat generació que s’hi deixés emportar. El problema aquí és que aviat farà dos-cents anys, d’això, i encara continuem atrapats en aquests somnis de la renaixença. Aquests somnis de joventut del catalanisme, com els defineix Maragall, s’han de vèncer: «Vencer el impulso de apartamiento en que nació; vencer sus rencores y sus impaciencias, y vencer un hermoso ensueño.» Vèncer, però no destruir.

Si a Catalunya es pogués articular un catalanisme ja adult, sense somnis de grandiositat, però amb empenta i ganes de treballar; si a Espanya hi hagués un nou espanyolisme que lluités contra tots els vicis nacionals sense irritar l’amor propi, també nacional, que es funda en ells; no es podria arribar a «una nova unitat espanyola, vivaç i fecunda», que ens portes a tots cap endavant?

Lamentablement no pot ser. Com ja sabem tots, Catalunya està trencada i cal recosir-la. El que sí que continua sent vàlid és que Espanya, per regenerar-se i crear aquesta nova unitat espanyola –que no d’España–, i arribar a una nova espanyolitat amable i inclusiva, s’haurà de recolzar en les regions. I la que jo veig més preparada i viva és Andalusia.

Ja per acabar, us deixo amb l’article original, complet i sense corregir, que per més divertiment, Maragall data l’onze de setembre de 1903.


LA PATRIA NUEVA

(Joan Maragall, 11 – IX – 1903)

Para que el catalanismo se convirtiera en franco y redentor españolismo seria menester que la política general española se orientara en el sentido del espíritu moderno que ha informado la vida actual, no sólo de Cataluña, sinó también de algunas otras regiones españolas progresivas. Mientras todas ellas continúen gobernadas por el viejo espiritu de la España muerta; mientras decir politica española equivalza a decir absorción, fraseologia, y administración contra el contribuyente entregada por el favor a tantos altaneros mendigos (por no decir cosa peor) de levita, es imposible que ninguna región civilizada de esta España sea sincera y eficazmente espanolista.

Pero cabalmente estas regiones —se objeta— son las que deben transformarla creando una politica y una administración nuevas y adecuadas a su espíritu y a sus necesidades, siendo españolistas de una España moderna que ha de ser su obra, y que habrán de amar como fruto de sus entrañas.

Esto se ha dicho mucho, y parece imposible que no se haya hecho ya: tan natural y lógico se presenta a la razón; y como el no haberse hecho y el persistir a causa de ello el desvío de aquellas regiones, parece abominable egoismo o perjuicio criminal de su parte, hay que decir de una vez las causas de su inacción.

La primera de estas causas es la inferioridad politica actual de dichas regiones (que están en pequeña minoría) en frente del viejo espiritu central representativo de la gran masa de la España muerta y que, caduco y todo, vacio, momificado, tiene todavia una superioridad, sinó suficiente ya para hacer política alguna positiva, bastante aún para neutralizar, para destruir, o, lo que es peor, para corromper toda iniciativa salida de aquellas pequeñas porciones de España que, al trabajar en su desarrollo económico y social, han abandonado, por descuido o por inercia, la función política en manos que han resultado ajenas.

Aquí hay algo vivo gobernado por algo muerto, porque lo muerto pesa más que lo vivo y va arrastrándolo en su caída a la tumba. Y siendo ésta la España actual, ¿quién puede ser espaholista de esta España, los vivos o los muertos?

En una España tal, un Romero Robledo, por ejemplo, parece y es en realidad más español que cualquier diputado o ministro vascongado o catalán cuya solidez de criterio o rectitud de intención enmudecen y se acobardan o transigen ante un matonismo parlamentario o de tertulia que habla rotundamente en nombre de España, que da y quita patentes de patriotismo, y que anatematiza urbi et orbi, como filibustero, todo impulso de vida que intenta penetrar en la gran momia política. El hueco anatema resuena grandiosamente por los ámbitos de la vasta necrópolis nacional, ahogando el grito de vida aislado en la pequeña región de los vivos que no saben gritar. —Zona neutral… —¡Separatismo! —Concierto económico. —¡Separatismo! —Organismos autónomos. —¡Separatismo!… —¿Cómo podemos ser españolistas de esta España? Helo ahi el dualismo tremendo.

Tremendo, si; pero ¿irremediable? ¿irreductible a una nueva unidad española vivaz y fecunda?

Descartemos la solución providencial, la de un hombre que surge y lo arregla todo: esta solución cabe esperarla siempre, a condición de no contar nunca con ella. Descartemos también una revolución, porque ni hay fuerzas para hacerla ni mucho menos para resistirla una vez hecha: seria el salto en las tinieblas… internacionales.

Descartado el milagro y el salto mortal, queda la voluntad paciente de los hombres que, sin embargo, bien necesita la ayuda de Dios y de muchas cosas imprevistas si ha de realizar en España esa maravilla; reedificarlo todo sin derruir nada, para que no venga abajo la casa entera.

Los españoles nuevos han de improvisarse politicos, alternando con los politicos viejos, y hacerse consentir por ellos sin contaminarse de su espiritu; han de introducirse en los organismos caducos sin ser repelidos por los mismos, trabajarlos fuertemente sin que les queden en las manos hechos polvos, y sanearlos lentamente sin perecer entretanto en su mefítica atmósfera; han de crear una opinión pública moderna empezando por crear intereses y necesidades modernas en la masa de un país casi africano; han de luchar contra la ignorancia sin soliviantarla, contra la pereza y la inhabilidad sin descorazonarla, contra todos los vicios nacionales sin irritar el amor propio nacional que se funda en ellos y precaviéndose de su contagio. Han de sufrir desencantos sin desanimarse, tremendos retrocesos y volver a empezar con la misma constancia que si hubieran avanzado; improperios, calumnias y amenazas de aquellos mismos a quienes quieren redimir; y mostrarse valientes sin lucha. Y por encima de todo ello han de resignarse a no ver fruto alguno de su obra, y legarla a nuevas generaciones por si pueden llegar a realizarla; estando al mismo tiempo preparados a que cualquier día fuerzas exteriors vengan a destruirla definitivamente en sus propias manos.

Tales han de sentirse los españolistas de la nueva España; y han de buscarse entre sí y encontrarse al través de las regiones (pues la distinción entre las vivas y las muertas no es rigurosamente geográfica), y una vez se hayan encontrado formando legión, han de llenarse de amor por aquello que les repele, y lanzarse a confundirse con ello por si logran crear la nueva unidad al través de tantas y tan duras pruebas.

Comparando con esto, una revolución es un juego de niños; una guerra de sucesión cómodo atajo; una anexión extranjera fácil expediente y la aparición del hombre providencial probabilisimo milagro; porque es más fácil que salga un hombre que mil, y más frecuente y menos azarosa una revolución, una guerra, una intervención extrangera que toda una dad heroica.

Así, pues, nada tendría de extraño que hubiera en la España viva más autonomistas, más separatistas y más extranjeristas que buenos españoles; porque ser buen español al uso parlamentario es fácil cosa: basta con cruzarse de brazos y dejar que España se hunda al son de los retruécanos; mientras que para ser buen español a secas se necesita ser héroe.

Pues bien, el catalanismo para ser españolismo ha de ser heroico, y su primera heroicidad ha de ser la mayor; vencerse a sí mismo. Vencer el impulso de apartamiento en que nació; vencer sus rencores y sus impaciencias, y vencer un hermoso ensueño.

La juventud catalana idolatra por encima de todo a Cataluña: no ve tierra como esta tierra: su pueblo como pueblo escogido, y la lengua que habla bella como ninguna. Y ve en esta Cataluña una gran misión, para la cual necesita de toda su pureza; necesita concentrarse y

vivir exclusivamente su vida propia para ser modelo de pueblos en la vida internacional de una humanidad futura: una humanidad de pequeñas nacionalidades puras que se agrupen por afinidades sin mezclarse, formando una hermosa variedad adaptada a la varia naturaleza de las tierras, con un lazo íntimo de amor que sea la única unidad de todos los pueblos del mundo…

Hay que vencer este ensueño, no destruirlo, porque los ensueños de la juventud siempre son fecundos en realidades.

Solamente hay que decir a nuestra juventud que no quiera con su ensueño impedir o maldecir la obra que el momento reclama urgentemente; que, si sigue soñándolo con intensidad, su ideal vendrá por todos los caminos, y que siempre, por un divino misterio, el camino de la necesidad es el mejor camino de libertad de todos los ideales.

Esto diremos a nuestros jóvenes. Y a los viejos de la España vieja les diremos: —Ved ahora cuánto tenemos que ganar o que perder en la heroica empresa. Podéis todavía tiranizarnos, calumniarnos, oprimirnos, escarnecernos… No importa. De uno u otro modo os venceremos, porque llevamos dentro un impulso de victoria y hemos olvidado toda otra cosa—.

—Sois cuatro inocentes, cuatro locos, cuatro criminales de lesa patria–nos contestarán incoherentemente;-pero ¡ay! de vosotros; porque nosotros somos los ministros, nosotros los consejeros, nosotros los generales, nosotros los jueces, los directores, los hábiles, los oradores, los cimientos y puntales, en fin, de la vieja patria española.

A lo cual contestaremos riendo: —Pues nosotros somos los que hacen patrias nuevas.

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