La generación más enfadada de la historia

Uno de los momentos estelares del sábado es cuando, sentados una al lado del otro en la mesa de la cafetería, con el periódico abierto, llegamos a la columna de Ana Iris. Al llegar ese momento el diario se dobla, dejando a la vista únicamente el texto que cada uno lee en solitario, y que luego comentamos. Últimamente, la tertulia que sigue nos ocupa el resto del desayuno. A veces nos dura hasta el domingo y más.

La del sábado pasado, día 13 de agosto, fue recurrente. Ya hace unos cuantos días que andamos comentando lo que dice la juventud, los que ahora andan entre los 20 y los 30, que anda enfurruñada por lo mal que lo hemos dejado todo. 

Por todos lados vemos que no pueden acceder a ciertas cosas, como por ejemplo un empleo digno o una casa en propiedad. La argumentación es que, a pesar de ser la generación más preparada, no consiguen un trabajo digno, porque lo de ser mileurista ya no es ni siquiera un insulto.

Simón responde con su columna a la tertuliana Elisa Beni —nacida en 1964–, que dijo que no se puede tener todo —«viajar al extranjero, salir de copas, comprar caprichos y comprar una casa…»—. Ana Iris dice que por mucho que se renuncie a esas cosas, no se llega a una entrada de un piso decente. Luego argumenta con que optar por Netflix y viajes frente a una casa no es una elección libre, sino impuesta por el capitalismo financiero, que «nos hace rechazar aquello que no nos deja tener».

Situar la responsabilidad de la situación propia en factores externos es humano. El capitalismo global seguramente tenga cierta responsabilidad en habernos vendido muchos cuentos, a precio de tinta de impresora. Pero la responsabilidad de comprarlos fue, es y será siempre nuestra.

Beni, la tertuliana, decía que «en otras épocas, nuestros padres compraban la casa y no salían a los bares, se sacrificaban». Pero Beni —que es diez años más joven que mis padres—, y también Simón, se olvidan de una cosa. No es que la generación de mis padres no salieran a los bares. Es que tenían dos y tres trabajos —y más—, que era lo que les permitía salir adelante y ahorrar. Y con ese ahorro que conseguían a través de años, al final les daba para la entrada del piso.

Del pluriempleo hablaron en su tiempo hasta los tebeos. Me vino el recuerdo de Plurilópez, personaje creado por Tran para Bruguera —y que tiene algunos cameos con Mortadelo y Filemón—, a finales de los años 70, que es justo cuando nacemos los de mi generación.

Constancio Plurilópez es un hombre increíblemente pluriempleado, siempre corriendo a fichar en un trabajo cuando apenas acaba de fichar en la salida del otro, hasta el punto de que tiene que aprovechar para comer algo mientras está sirviendo en uno de sus empleos de camarero.

En España, en 1995, hubo una campaña publicitaria que generó fiesta y jolgorio. La del Renault Clio y los «JASP», los jóvenes, aunque sobradamente preparados. En él, jóvenes recién salidos de la universidad toman el control de grandes empresas, cambiando el estilo naftalínico por la frescura y la novedad; o bien les son denegadas sus demandas de mejora laboral «tras seis años trabajando 12 horas diarias, además de tocar en un bar por las noches y aprender inglés y alemán». Me gustaría decir que esa fue mi generación, pero no lo fuimos. Eran nuestros hermanos mayores, que aún teniendo «seis años» de experiencia laboral, seguían chocando con las estructuras vetustas y monolíticas del pasado. Supongo que el discurso les va a sonar, ni que sea de lejos.

El conflicto generacional es eterno. Yo leí esas dos palabras en otro tebeo, de Zipi y Zape, una serie de tiras cómicas que trata justa, sola y específicamente de eso. Toda generación lucha para encontrar su sitio en el mundo, y esa lucha es contra la generación que ya consiguió su lugar, y que no está dispuesta a cederlo porque tuvo que lucharlo. Y así todo. 

A los «chicos dos mil», como dice Pedro Herrero, que veníamos de ver a los JASP y queríamos molar, nos vendieron el mundo del low-cost. Viajes tan baratos, que podías ir a Budapest a desayunar y volver, y lo más caro del «viaje» era el desayuno. Mi generación, al llegar a los treinta, fuimos los primeros en poder ir de fin de semana a Londres, París, Viena, Praga o a cualquier capital europea, con nuestro sueldo de 166.386 pesetas, 1000 euros cuando se adoptó la moneda en 2002. Y también hay quien pedía créditos rápidos de los que anuncian por la tele, al 18-25 % de interés, para irse de vacaciones.

Nos quemábamos el sueldo sin ahorrar, y muchos tuvimos la suerte de tener unos padres que nos cedieron sus ahorros para que pudiéramos comprar nuestro piso. Muchos de nosotros, un par de años antes de que nos explotara la burbuja inmobiliária en la cara y nos pegáramos la hostia contra la realidad del «habéis vivido por encima de vuestras posibilidades». Sí, irse a desayunar a Milán y volver, si no eres millonario, es vivir por encima de nuestras posibilidades. 

Pero aquí estamos. Con nuestras suscripciones a Netflix y a Amazon —y a Disney, y a Filmin, y a HBOmax, y a AppleTV, y a la abuela fuma—, con nuestros mismos sueldos que hace veinte años —el sueldo de mi categoría profesional en 2004 era de 1000, y en 2022 es de 1100— y con la misma actitud de quemarlo todo y viviendo al mes, sin apenas ahorrar. La primera generación más ensimismada de la historia no hemos aprendido nada.

Los mileniales, los centeniales, los zeta y el resto que vendrán, tienen sus problemas, como todos. Son los primeros en vivir una realidad inmediata, en la que puedes comprar una cosa ahora por internet —«ahora» son las 11:15 del lunes 15 de agosto, festivo—, y recibirlo en la puerta de tu casa en entre una y cuatro horas después, según donde vivas.

¿No se puede ahorrar para pagar una casa en propiedad? Igual es que eso de tener piso en propiedad fue un cuento, bastante caro, que nos vendieron. Deberíamos hablar de qué generación fue la primera que pudo comprar pisos, cuando y a partir de qué circunstancias sociales. 

¿Aumentan la ansiedad y el suicidio? Hablemos de como se gestiona la generación de expectativas en el siglo XXI. Hablemos del daño que hace la satisfacción inmediata, de la entrega en dos horas —y monto el cirio si tardan 10 minutos más—; de relaciones sexuales exprés —ver el escaparate, like, quedar, follar, hasta nunca y a casa—. 

Hablemos de enseñar —y aprender— a posponer la gratificación. Hablemos de por qué antes se ahorraba durante cinco o diez años para la entrada del piso, y de que cada vez hay menos gente dispuesta a hacerlo. ¿Tiene entre 25 y 30 años y no se pudo independizar? Bienvenidos al mundo y pónganse a la cola, tras los que tuvieron que esperar hasta los 30 para conseguir una hipoteca en 2004-7.

Hablemos de por qué ya cada vez se planifican menos las cosas a cinco o a diez años, y ya casi nadie planifica a quince o veinte —o a treinta o cuarenta, si hablamos de montar una familia—. Hablemos, en resumen, de pensar que el mundo te debe algo cuando, en realidad, no te debe ni tan solo una chocolatina.

Una parte importante de los que integran las generaciones jóvenes están enfadadas con el mundo. No es de extrañar en aquellos que llegaron a la edad adulta como los indignados del 15M —Stephane Hessel vendió muchas copias de su Indignez-vous!—. Enfadarse es normal, pero hasta cierto punto. Al igual que el resto de la humanidad, su trabajo es hacerse su lugar en el mundo, luchando sus batallas, con las herramientas que tengan más a mano, y los conocimientos que puedan sacar de sus mayores. 

No les daré consejos, aunque sí que les pido que dejen de estar tan enfadados, porque no vale la pena y es una pérdida de tiempo —y al final no te aguanta ni tu madre—. Y que aprendan de mi generación, que es una fuente insondable de sabiduría de lo que no debe hacerse: quemarse el sueldo en fiestas y viajes de fin de semana, para luego tirar de los ahorros de nuestros mayores. Porque ¿saben qué?, tras quemarlo todo, mi generación sí que tiene muchos números para ser la primera en no tener pensión, pese a haberlo apostado todo a tenerla.

Yo, que ya soy un señor mayor, digo que cualquier tiempo pasado fue anterior, y posiblemente una mierda. El futuro no pinta muy halagüeño, pero tampoco seremos los primeros en cantar «no future». Y si están hartos de que les digan que espabilen, espabilen.

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