Pablo Casado y Castilla

Pablo Casado Blanco nació en Palencia. Antes de llegar a liderar el Partido Popular, fue diputado por Ávila en dos ocasiones. Pablo Casado es un buen castellano. Y como buen castellano, ejerció su castellanidad dirigiendo el PP desde él mismo.

Quiso hacer y deshacer a su antojo desde el centralismo director, y terminó defenestrado. Y no solamente eso, sino que al llegar al final de su caída, parece como si se lo hubiera tragado la tierra.

El Partido Popular y el ascenso y declive de Casado puede ser una buena metáfora para España. El ansia castellana de hacer y deshacer a antojo, sin escuchar a nadie más, al final tensa tanto las cosas que provoca rotura y ruptura.

Sin embargo, cuando desde los centros de decisión se da libertad para que se actúe según el criterio de cada región, que por estar presentes en el terreno tienen más datos y presencia, la cosa fluye y no se rompe nada. Vean Castilla y León, Madrid y Andalucía. No se ha roto nada. Justo al contrario.

España no se va a romper si no se sigue intentando dirigir todo desde la óptica y concepto castellanos, centralistas e intervencionistas, unificadoras al fin. La unidad, a veces, no necesita unificación. Lean Fuenteovejuna, pero lean de verdad, y comprendan. Aprendan porque “Fuenteovejunica lo mató”, al Comendador. Aprendan porque fueron todos a una.

Lo decía Maragall en 1902: Castilla debe ceder el cetro, y las regiones pujantes, como Andalucía —esto no es de Maragall, sino mío—, deben recoger el relevo y llevar España hacia adelante. Hoy, lo único que puede romper a España son la sordera y la ceguera castellanas, y el hiper centralismo de la Corte.

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