Perry Mason en El Mundo

Hoy, la misma columna de opinión de El Mundo© la escribe de nuevo Iñaki Ellakuría. El mismo que quisiera ser Federico, pero que no pasa de plumilla novato. ¿Que por qué yo, un don nadie, se atreve a llamar «plumilla novato» a un columnista diario de El Mundo? Pues porque se lo merece. Y porque hace poco que he leído Don Timoteo o el literato y ando un poco envalentonado. Y porque Ellakuría comete errores de novato, que intentaré elucidar. Y porque como suscriptor de la edición digital, soy yo quien participa su sueldo.

Pero antes, explicaré que es esto de « la misma columna de opinión de El Mundo©». Desde hace ya unas semanas, coincidiendo con las vacaciones de Los Santos y Espasa, y el inicio del verano, en El Mundo cada día se publica la misma columna de opinión. La escriben personas diferentes, pero es siempre la misma: el tema de actualidad que toque —donde «actualidad» es igual a «el presente que no comunica nada en absoluto»— con menciones a «los golpistas catalanes» y «los de la ETA». Da igual de que hablen, ni como. Siempre, cada día, se mencionan esos dos temas. 

En la columna del miércoles 10 de agosto, Ellakuría empieza con la izquierda radical y añade el independentismo, la espada de Bolívar, la ley trans, un informe de Amnistía Internacional sobre Ucrania , el 1 de octubre de 2017 —doble combo—, una gincana lamentable en Cataluña —¡triple bonificación!—, y lo resume todo como la batalla soviética contra la civilización occidental. Ese es el error de novato.

Cuando empezamos a escribir tenemos tantas cosas que queremos contar, que nos atropellamos y acabamos hablando mucho y diciendo nada —como Don Timoteo—. Por eso, en un curso de escritura de verano sobre corrección y estilo, una de las primeras cosas que nos dijo el profesor fue que un texto debe trabajar alrededor de un tema. Máximo dos. Y cada párrafo, una idea.

Como me dice mi Maestro Javier —aunque no con estas mismas palabras—, que Amnistía Internacional es una fachada de cartón piedra y detrás solo hay el vacío mercenario, eso lo sabe hasta Perry.  De la vacuidad que rodea al tema de la espada de Bolívar ya hablaremos otro día. Pero si Ignacio realmente quería despotricar de AI, y ligarlo con el tema ucranio, podría haber usado el ejemplo de los informes mercenarios sobre la situación en Gaza.

Hamás lleva años no solo escondiéndose, sino situando sus baterías de misiles —con las que ataca a la población civil de Israel, contraviniendo así la Convención de Ginebra con cada proyectil—, refugiándose y situando las baterías, decía, en escuelas y guarderías repletas de menores, a los que convocan masivamente cuando creen que van a por alguno de sus cabecillas criminales.

Pero en vez de buscar símiles que tengan concordancia con el tema, y el título, de la columna, Iñaki quería hablarnos de muchas cosas, y acabó mandando al pobre Bolívar a la gincana de mamadas bananeras en la costa del Maresme. Como cuando éramos blogueros, repite mi Maestro, y publicábamos un artículo diario «de lo que fuera». La diferencia entre nosotros e Ignacio, es que él cobra unos buenos euritos, y nosotros somos unos felices don nadie.

PS: a Ignacio debo agradecerle que me haya provocado el descubrimiento del significado de «eso lo sabe hasta Perry». Esa frase se la oigo decir y la leo a varios, y me tenía fascinado. «¿Quién, o qué, será Perry?», me preguntaba… ¡No es otro que Perry Mason! Gracias Ignacio, al final tu columna no fue del todo irrelevante.

PPS: visto lo visto, yo también quisiera publicar una columna en algún medio, ni que sea local o provincial. Acepto sugerencias.

Una nova unitat espanyola

Els darrers mesos, l’opinió política espanyola és monocromàtica. No sé si deu ser cosa de l’estiu, però de fa setmanes que a El Mundo sempre fan la mateixa columna d’opinió a les primeres pàgines, firmi qui la firmi. Deu ser una mena d’exercici literari.

En qualsevol dels texts, que poden tractar de qualsevol tema —que pot ser l’onada de calor, les corbates del consell de ministres, la guerra a Ucraïna o l’Eurocopa femenina—, els columnistes sempre hi colen alguna referència al tema català. Siguin els indults, o el famós 25%, la falsa desjudicialització, la taula de diàleg… sempre hi ha la referència. I no és mai una referència amable.

L’opinió política, que es crea principalment als mitjans, està encallada amb Catalunya. I no només aquesta opinió pública, sinó també el discurs polític. Recordeu si no Alberto Núñez Feijóo, acabat d’arribar a la presidència del Partido Popular, amb el tema de les nacionalitats. Tothom se li va tirar a sobre, començant per la tertúlia digital. L’espanyolitat d’Espanya ha de ser fèrria i total.

Avui us porto l’article «La patria nueva» de Joan Maragall. Perquè aquesta «patria nueva» no és —almenys no només—, com podríeu pensar, la catalana, sinó l’espanyola.

Recordeu —i a ser possible rellegiu— el segon article d’aquesta sèrie, El futur de Catalunya, on Maragall explica als espanyols què és el catalanisme, en què consisteix i com podria ajudar a la regeneració d’Espanya després de la desfeta de 1898.

A l’article d’avui Maragall ens parla de matonisme parlamentari. Ens cita a Francisco Romero Robledo, ministre de governació i responsable de la tupinada electoral de 1879, i pregunta al lector si aquest opositor al sufragi universal podria ser més espanyol que qualsevol altre diputat català o basc, que emmudeixen davant «un matonismo parlamentario o de tertulia que habla rotundamente en nombre de España, que da y quita patentes de patriotismo» i un parell de coses més que us deixo per llegir.

I no només això, sinó que parla de «la vasta necrópolis nacional» —el Congreso de los Diputados—, on els crits de «¡Separatista!» segueixen a qualsevol comentari en veu baixa —perquè els qui els fan no saben imposar-se— dels diputats de les zones vives. Abans que l’hipotètic lector espanyolista s’encengui, recordem que el text està escrit el 1903, i que els termes de vida i mort es refereixen a la situació postdesfeta, la mort de l’imperi.

I abans que els, també hipotètics, lectors independentistes aplaudeixin ferotgement, deixeu-me també citar a l’articulista quan defineix els errors del catalanisme de llavors —que són els mateixos d’ara—, quan diu que «la juventud catalana idolatra por encima de todo a Cataluña […] Y ve en esta Cataluña una gran misión, para la cual necesita de toda su pureza; necesita concentrarse y vivir exclusivamente su vida propia para ser modelo de pueblos en la vida internacional de una humanidad futura […] una hermosa variedad adaptada a la varia naturaleza de las tierras, con un lazo íntimo de amor que sea la única unidad de todos los pueblos del mundo…»

A Catalunya, el 2022, hi ha qui encara creu que Catalunya és la clau de volta a Europa. Des que Prat de la Riba va expressar aquest messianisme a «La nacionalitat catalana», no ha faltat generació que s’hi deixés emportar. El problema aquí és que aviat farà dos-cents anys, d’això, i encara continuem atrapats en aquests somnis de la renaixença. Aquests somnis de joventut del catalanisme, com els defineix Maragall, s’han de vèncer: «Vencer el impulso de apartamiento en que nació; vencer sus rencores y sus impaciencias, y vencer un hermoso ensueño.» Vèncer, però no destruir.

Si a Catalunya es pogués articular un catalanisme ja adult, sense somnis de grandiositat, però amb empenta i ganes de treballar; si a Espanya hi hagués un nou espanyolisme que lluités contra tots els vicis nacionals sense irritar l’amor propi, també nacional, que es funda en ells; no es podria arribar a «una nova unitat espanyola, vivaç i fecunda», que ens portes a tots cap endavant?

Lamentablement no pot ser. Com ja sabem tots, Catalunya està trencada i cal recosir-la. El que sí que continua sent vàlid és que Espanya, per regenerar-se i crear aquesta nova unitat espanyola –que no d’España–, i arribar a una nova espanyolitat amable i inclusiva, s’haurà de recolzar en les regions. I la que jo veig més preparada i viva és Andalusia.

Ja per acabar, us deixo amb l’article original, complet i sense corregir, que per més divertiment, Maragall data l’onze de setembre de 1903.


LA PATRIA NUEVA

(Joan Maragall, 11 – IX – 1903)

Para que el catalanismo se convirtiera en franco y redentor españolismo seria menester que la política general española se orientara en el sentido del espíritu moderno que ha informado la vida actual, no sólo de Cataluña, sinó también de algunas otras regiones españolas progresivas. Mientras todas ellas continúen gobernadas por el viejo espiritu de la España muerta; mientras decir politica española equivalza a decir absorción, fraseologia, y administración contra el contribuyente entregada por el favor a tantos altaneros mendigos (por no decir cosa peor) de levita, es imposible que ninguna región civilizada de esta España sea sincera y eficazmente espanolista.

Pero cabalmente estas regiones —se objeta— son las que deben transformarla creando una politica y una administración nuevas y adecuadas a su espíritu y a sus necesidades, siendo españolistas de una España moderna que ha de ser su obra, y que habrán de amar como fruto de sus entrañas.

Esto se ha dicho mucho, y parece imposible que no se haya hecho ya: tan natural y lógico se presenta a la razón; y como el no haberse hecho y el persistir a causa de ello el desvío de aquellas regiones, parece abominable egoismo o perjuicio criminal de su parte, hay que decir de una vez las causas de su inacción.

La primera de estas causas es la inferioridad politica actual de dichas regiones (que están en pequeña minoría) en frente del viejo espiritu central representativo de la gran masa de la España muerta y que, caduco y todo, vacio, momificado, tiene todavia una superioridad, sinó suficiente ya para hacer política alguna positiva, bastante aún para neutralizar, para destruir, o, lo que es peor, para corromper toda iniciativa salida de aquellas pequeñas porciones de España que, al trabajar en su desarrollo económico y social, han abandonado, por descuido o por inercia, la función política en manos que han resultado ajenas.

Aquí hay algo vivo gobernado por algo muerto, porque lo muerto pesa más que lo vivo y va arrastrándolo en su caída a la tumba. Y siendo ésta la España actual, ¿quién puede ser espaholista de esta España, los vivos o los muertos?

En una España tal, un Romero Robledo, por ejemplo, parece y es en realidad más español que cualquier diputado o ministro vascongado o catalán cuya solidez de criterio o rectitud de intención enmudecen y se acobardan o transigen ante un matonismo parlamentario o de tertulia que habla rotundamente en nombre de España, que da y quita patentes de patriotismo, y que anatematiza urbi et orbi, como filibustero, todo impulso de vida que intenta penetrar en la gran momia política. El hueco anatema resuena grandiosamente por los ámbitos de la vasta necrópolis nacional, ahogando el grito de vida aislado en la pequeña región de los vivos que no saben gritar. —Zona neutral… —¡Separatismo! —Concierto económico. —¡Separatismo! —Organismos autónomos. —¡Separatismo!… —¿Cómo podemos ser españolistas de esta España? Helo ahi el dualismo tremendo.

Tremendo, si; pero ¿irremediable? ¿irreductible a una nueva unidad española vivaz y fecunda?

Descartemos la solución providencial, la de un hombre que surge y lo arregla todo: esta solución cabe esperarla siempre, a condición de no contar nunca con ella. Descartemos también una revolución, porque ni hay fuerzas para hacerla ni mucho menos para resistirla una vez hecha: seria el salto en las tinieblas… internacionales.

Descartado el milagro y el salto mortal, queda la voluntad paciente de los hombres que, sin embargo, bien necesita la ayuda de Dios y de muchas cosas imprevistas si ha de realizar en España esa maravilla; reedificarlo todo sin derruir nada, para que no venga abajo la casa entera.

Los españoles nuevos han de improvisarse politicos, alternando con los politicos viejos, y hacerse consentir por ellos sin contaminarse de su espiritu; han de introducirse en los organismos caducos sin ser repelidos por los mismos, trabajarlos fuertemente sin que les queden en las manos hechos polvos, y sanearlos lentamente sin perecer entretanto en su mefítica atmósfera; han de crear una opinión pública moderna empezando por crear intereses y necesidades modernas en la masa de un país casi africano; han de luchar contra la ignorancia sin soliviantarla, contra la pereza y la inhabilidad sin descorazonarla, contra todos los vicios nacionales sin irritar el amor propio nacional que se funda en ellos y precaviéndose de su contagio. Han de sufrir desencantos sin desanimarse, tremendos retrocesos y volver a empezar con la misma constancia que si hubieran avanzado; improperios, calumnias y amenazas de aquellos mismos a quienes quieren redimir; y mostrarse valientes sin lucha. Y por encima de todo ello han de resignarse a no ver fruto alguno de su obra, y legarla a nuevas generaciones por si pueden llegar a realizarla; estando al mismo tiempo preparados a que cualquier día fuerzas exteriors vengan a destruirla definitivamente en sus propias manos.

Tales han de sentirse los españolistas de la nueva España; y han de buscarse entre sí y encontrarse al través de las regiones (pues la distinción entre las vivas y las muertas no es rigurosamente geográfica), y una vez se hayan encontrado formando legión, han de llenarse de amor por aquello que les repele, y lanzarse a confundirse con ello por si logran crear la nueva unidad al través de tantas y tan duras pruebas.

Comparando con esto, una revolución es un juego de niños; una guerra de sucesión cómodo atajo; una anexión extranjera fácil expediente y la aparición del hombre providencial probabilisimo milagro; porque es más fácil que salga un hombre que mil, y más frecuente y menos azarosa una revolución, una guerra, una intervención extrangera que toda una dad heroica.

Así, pues, nada tendría de extraño que hubiera en la España viva más autonomistas, más separatistas y más extranjeristas que buenos españoles; porque ser buen español al uso parlamentario es fácil cosa: basta con cruzarse de brazos y dejar que España se hunda al son de los retruécanos; mientras que para ser buen español a secas se necesita ser héroe.

Pues bien, el catalanismo para ser españolismo ha de ser heroico, y su primera heroicidad ha de ser la mayor; vencerse a sí mismo. Vencer el impulso de apartamiento en que nació; vencer sus rencores y sus impaciencias, y vencer un hermoso ensueño.

La juventud catalana idolatra por encima de todo a Cataluña: no ve tierra como esta tierra: su pueblo como pueblo escogido, y la lengua que habla bella como ninguna. Y ve en esta Cataluña una gran misión, para la cual necesita de toda su pureza; necesita concentrarse y

vivir exclusivamente su vida propia para ser modelo de pueblos en la vida internacional de una humanidad futura: una humanidad de pequeñas nacionalidades puras que se agrupen por afinidades sin mezclarse, formando una hermosa variedad adaptada a la varia naturaleza de las tierras, con un lazo íntimo de amor que sea la única unidad de todos los pueblos del mundo…

Hay que vencer este ensueño, no destruirlo, porque los ensueños de la juventud siempre son fecundos en realidades.

Solamente hay que decir a nuestra juventud que no quiera con su ensueño impedir o maldecir la obra que el momento reclama urgentemente; que, si sigue soñándolo con intensidad, su ideal vendrá por todos los caminos, y que siempre, por un divino misterio, el camino de la necesidad es el mejor camino de libertad de todos los ideales.

Esto diremos a nuestros jóvenes. Y a los viejos de la España vieja les diremos: —Ved ahora cuánto tenemos que ganar o que perder en la heroica empresa. Podéis todavía tiranizarnos, calumniarnos, oprimirnos, escarnecernos… No importa. De uno u otro modo os venceremos, porque llevamos dentro un impulso de victoria y hemos olvidado toda otra cosa—.

—Sois cuatro inocentes, cuatro locos, cuatro criminales de lesa patria–nos contestarán incoherentemente;-pero ¡ay! de vosotros; porque nosotros somos los ministros, nosotros los consejeros, nosotros los generales, nosotros los jueces, los directores, los hábiles, los oradores, los cimientos y puntales, en fin, de la vieja patria española.

A lo cual contestaremos riendo: —Pues nosotros somos los que hacen patrias nuevas.

La sordera castellana

Decía don Miguel que el castellano —no confundirlo con el español— es duro de oído, y que por eso le resulta difícil comprender lenguas como el portugués o el catalán. No encontré la cita que quería, que prometo seguir buscando, pero les dejo con otra, parecida, que me sirve casi igual:

Lo que hay es que el oído castellano, por una larga mala educación, está deseducado, occidentado en vez de orientado al ritmo complejo y rico.

(Carta de Unamuno a Francisco de Cossio, del 24 de diciembre de 1914, citada en el estudio de las poesías de don Miguel que hizo Manuel García Blanco)

En Vida de don Quijote y Sancho, su interpretación/explicación del Quijote, Unamuno cierra el comentario del capítulo cuarenta y siete —es aconsejable leerlo antes— de esta forma:

Acertaste, fiel escudero, acertaste; la envidia y solo la envidia enjauló a tu amo; la envidia disfrazada de caridad, la envidia de los hombres cuerdos que no pueden sufrir locura heroica, la envidia, que ha erigido al sentido común en tirano nivelador. Esclavos de él eran el canónigo y el cura, ¡es natural!, y se pusieron a departir aparte, ensartando el primero, un sin fin de ramplonadas y oquedades a cuenta de literatura.

¡Y cuán profundamente castellana fue aquella plática entre canónigo y cura! En el contacto y trato de estos espíritus alcornoqueños, lejos de gastárseles el corcho de que están recubiertos, se les acrecienta, como con el roce crece, en vez de menguar, el callo. ¡Qué alegría debieron de sentir al encontrarse tan razonables el uno para el otro! Está visto que esta casta solo llega a lo eterno humano, a lo divino más bien, o cuando rompe, gracias a la locura, la corteza que le aprisiona el alma, o cuando la simplicidad lugareña le rezuma el alma de ella. No le falta inteligencia, si no le falta espíritu. Es brutalmente sensata, y el supuesto espiritualismo cristiano que dice profesar no es, en el fondo, sino el más crudo materialismo que puede concebirse. No le basta sentir a Dios, quiere que le demuestren matemáticamente su existencia y aún más, necesita tragárselo.

Esta sensatez, esta necesidad de demostración matemática, esta, en fin, sencilla cuadriculación del pensamiento, son los males que el español castellano ve en el calvinismo —y por extensión en el protestantismo, o viceversa— europeo. La «Pérfida Albión» no lo es por malvada, sino por seguir queriendo pesar en onzas cuando aquí ya se pesa en gramos. El castellano se queja del «cabeza-ladrillo» cuadriculado del norte de Europa, pero solo porque aquel no quiere usar su cuadrícula. No es que sean dos modelos diferentes, es que son lo mismo, cada uno viéndose en el otro en el espejo.

El castellano, que es sordo a ciertos sonidos —como por ejemplo la «x» de Sanxenxo—, está convencido que solamente lo que él oye, que no es aquello que suena, es la verdad. La cosa es que no es sordera física, la que le aqueja. Es sordera de la que se cura con ejercicio. Pero ¿qué ejercicio necesita quien ya tiene una salud de hierro? Pues eso.

Rosalía, y los pichapasás

Estas últimas semanas se está escribiendo mucho sobre Rosalía. Es lo que tienen los lanzamientos de nuevos productos. Y de los muchos artículos que se han escrito, hoy quiero confesar que me han gustado pocos.

Uno de ellos es el de Alfonso J. Ussía, en el que reclama que pueda no gustar, y denuncia el «si no te gusta es porque no lo entiendes». Lo he aplaudido de pie, ya que soy uno de los que no entiende lo de Rosalía, ni tengo por qué hacerlo, pues no me dedico a la crítica musical.

Como dije en una anotación breve –comentando otra columna de Estefanía Molina sobre la cantante–, hace tiempo que no siento nada al oír a Rosalía. Bueno, siento algo. Y ese algo lo escribió de forma genial Diego Manrique en su columna del sábado 30 de julio. Y como Manrique, que sabe mucho más de todo esto que yo, dice lo que yo pienso de forma elocuente y fácil de entender —en especial el último párrafo, que resume todo—, les animo a leer su pieza.

Y como postre, traigo la columna de hoy, domingo 31 de julio, de Jordi Amat. Tras leerla he pedido a mi esposa que si alguna vez escribo algo como eso, me eutanasie. Creo que si algún día redacto mi documento de voluntades anticipadas, voy a incluir la «Cláusula picha-pasá» —la abuela lesbiana de mi esposa acuñó el término, y me encanta. Es lo que hay más allá de «pollavieja». También creó «picha revenía». Que lástima no haberte conocido, Adela—. Lo más jodido de todo, es que Amat es un año menor que yo, pero esa columna es de un rancismo progre que echa para atrás. 

Jordi, —y gran parte de mi generación—, vamos a ver, que nosotros no somos boomers. ¿Que tiene mi generación, la que ahora celebra la nostalgia de las golosinas de zarzamora, que llora que llora por los rincones cuando le llaman boomer? ¿Cómo me las maravillaría yo para hacerte entender, Jordi, que los boomers son los padres, nuestros padres? Esto me da penita, pena… Pena de ver a hombres nacidos en democracia sintiendo «la amenaza del empoderamiento» al ver a Rosalía. No sé cómo se han criado mis pares generacionales, pero ni tengo miedo a las tetas de Rigoberta, ni me siento amenazado por el empoderamiento de las señoras, que poco me parece, y que celebro con fiesta y jolgorio.

Quizá mi madre y mis abuelas de pequeño, y ahora mi esposa —criada por una señora que huyó a Madrid de los campos en la Alemania de los 30; que siendo abiertamente lesbiana, tuvo un hijo, y se hizo cargo de su nieta cuando tenía tres meses; la crió junto con Pepi, su pareja durante décadas; que nunca ocultó su condición de mujer, judía y lesbiana—, me han ayudado a comprender muchas cosas de las que, por lo que veo, mis pares no tienen ni idea: «la mujer que se reafirma a sí misma al expresar sus sentimientos sin adaptarlos a código tradicional alguno sino descarándolos». ¿Qué quieres decir, Jordi? ¿Que una mujer puede ser ella misma? Pues no sé, felicidades, Jordi.

Me quedo con lo de Manrique, y me voy a hacer el vermú con mi madre.

PS: El título no es mío. También lo ha puesto mi esposa. Los guiños folklóricos también son compartidos.


Rosalía, una artista rompedora de estímulos fáciles, por Diego Manrique
Rosalía, donde la realidad se bifurca, por Jordi Amat

Catalunya i la paròdia

Una de les coses de les quals ens vantem a Catalunya és de tenir sentit de l’humor. Això és cert. Tanmateix, hi ha una gran part de la població que té una percepció, diguem-ne curiosa, del que és «sentit de l’humor». Són aquells que veuen «L’escurçó negre», doblat al català, i es pensen que són uns grans entesos en «humor britànic».

Després tenim les xarxes socials. Tuiteros i tuiteres que volien ser guionistes d’un parell o tres de programes de RAC1, i que han acabat conformant una incipient indústria de l’«stand-up comedy», que és una forma de fer riure, que no d’humor, bastant lamentable, segons el meu punt de vista —invoco la llibertat d’expressió.

Per què crec que és així? Perquè a les xarxes nostrades, a Twitter, ja fa anys que es fan coses «per les risses». Però no és res de nou. Com gairebé sempre, Joan Maragall ja havia descobert aquesta cosa de «per les risses», i n’escrigué un petit article que no només forma part del volum VII de les seves Obres Completes, publicades pels seus fills als anys 30, sinó que és el que li dóna el títol.

A Por el alma de Cataluña, Maragall descriu a la perfecció un dels mals principals de Catalunya i els catalans. I és un mal que caldria erradicar de soca-rel si és que pretenem construir qualsevol cosa.

Per aquells que estigueu pensant a comparar-me amb en Jorge de Burgos i la seva croada contra el riure a El nom de la rosa, podeu anar a regar —i potser m’hi trobeu. Mentre ho feu podem reflexionar tots sobre si tenim «sentit de l’humor» o més aviat «sentit de la rissa», i què podem fer per corregir la nostra tendència a la paròdia, que al cap i a la fi, només fa que ens parodiem a nosaltres mateixos, burlant-nos d’allò que no comprenem i creant una atmosfera de mediocritat i ordinariesa que espanta.

POR EL ALMA DE CATALUÑA

Joan Maragall, 5 – VI – 1903

El espíritu catalán tiene un vicio que lo afea mucho, y es la propensión a la parodia. 

La parodia no es la ironía, pues la ironia sonríe siempre desde un punto de vista superior, mientras que la parodia remeda bajamente lo alto y hace reir con bajeza; no es el humorismo, porque en el humorismo hay una profunda ternura por los contrastes de la vida, y la parodia es seca y superficial; no es la sátira, porque la sátira es amor indignado, y la parodia es fría y estéril. La ironía puede estimular a corregirse; el humorismo templa la vida revelando piadosamente lo mezclado de lo grande y lo pequeño en ella; la sátira destruye para crear mejor. La parodia mata toda idealidad, es el triunfo de la negación: es la risa torpe con que nos libramos de todo afán ideal. ¡Qué ridículo parece siempre Faust a Mefistófeles! Pero entre nosotros es peor: el Faust catalán se parece rídiculo a sí mismo muy a menudo, porque lleva a Mefistófeles dentro de sí, como una maldición.

¡Oh! jeste nuestro sentido práctico, este buen sentido, este sentido de la realidad! ¡Qué calamidad! ]uzgados con este sentido (que ni es práctico, ni es bueno, ni la realidad es lo que muchos se figuran) iqué ridiculos son los héroes, qué tonto, hos mártires, que estrambóticos los artistas, que insensatos los entusiastas, y cuán inmensamente estúpida la multitud creyente!

•L’amor? Amb això i dos quartos

Te donaran mitja cuerna».

¡A qué risa, a qué bárbara risa, a qué risa despampanante nos han movido más de una vez estos dos versos que están, o por fuerza han de estar, en cualquier gatada o singlot o cosa por el estilo de las que tanto abundan en nuestra baja literatura! | Cuánta risa de ésta, cuánta risa mala, tiene entre pecho y espalda nuestro pueblo, y como hay que hacérsela arrojar, aunque sea extrangulándolo, si se quiere llevar a Cataluña a lo alto!

Porque he aquí cómo mata la parodia: se fija en el gesto descompuesto del hombre apasionado, lo vacia de pasión, pone en vez un sentimiento pequeño y he aquí el héroe convertido en mamarracho. Y el pueblo rie ¡infeliz! y le están matando el alma.

«La venganza catalana»: La venjança De la Tana. ¡Ja, ja, jal ¡Qué exacto, qué bien encontrado, qué divertido! Y el sentimiento catalán de lo heroico se va al diablo. El Conde de Luna, serà el conde de la Pruna, y Manfredo será Mam-fret, y Federico, Fradalicu. Y asi estamos de senyors Peres y senyoras Tuyas y Paus Bunyegas hasta la coronilla, asfixiándonos en una atmósfera de mediocridad y ordinariez que espanta.

No se trata ahora de mortificar la conciencia o la memoria de aquellos cuyo ingenio brotó en plena menestralería barcelonesa y en época en que el renacimiento catalán, en la ciudad, sólo se sentía bien vivo en las bajas regiones donde nuestra lengua quedara relegada por cuatro o cinco siglos de olvido literario casi absoluto (y lo que no fué olvido fué algo peor, como el vallfogonismo); aquellos ingenios, al fin y al cabo, siguieron el impulso tan inconsciente como natural del medio en que brotaron; y si al popularizar el renacimiento literario (lo cual fué mérito suyo) dejaron en él la grosera levadura que llevaban (viciándolo lamentablemente), fué porque no sabían lo que se hacían: no veían seguramente a dónde el renacimiento iba; no tuvieron conciencia de su misión; y ya cabe sólo agradecerles el bien que hicieron, perdonarlos el mal, y, sobre todo, reparar su desacierto.

Pero si en vez de hacerlo asi, ahora que nuestro renacimiento ha pesto su mira en lo más alto, ahora que con la difusión de los cantos populares del campo y de la montaña nuestra alma se ha integrado en lo más puro de la tierra catalana, y con el contacto de culturas extranjeras la nuestra se ha refinado y ennoblecido; si las generaciones mismas que, creyendo tener una conciencia más completa de la redención catalana, hemos trabajado en ella procurando rectificar su camino y ensanchar sus horizontes, volviéramos de pronto la espalda a nuestra misión, y en vez de acabar con lo que de impuro queda en la masa de nuestra sangre nos complaciéramos por un torpe prurito en avivarlo de nuevo haciendo dar con ello un monstruoso salto atrás al ideal renaciente, entonces nuestra culpa no merecería ya perdón, el mal causado quedaría tal vez irremediable, y podriamos ser con justicia maldecidos por las generaciones venideras cuyo patrimonio ideal habríamos arrojado al lodo; por Cataluña cuyo porvenir a sabiendas habríamos frustrado.

Damos esta voz de alerta porque síntomas recientes han anunciado la hora de dárnosla unos a otros todos, y cada uno a sí mismo. Precisamente porque nuestra cultura se ha elevado, empezamos a encontrar pequeños ciertos hechos y ridículas ciertas manifestaciones que, sin embargo, ayudaron mucho a traernos las gallinas. Procuremos dar más aire a aquéllos y más seriedad a su expresión; pero ¡cuidado con la risa destructora, cuidado con la risa mala, cuidado con la parodia, que es más pequeña que la pequeñez, menos digna que muchas ridiculeces en que puede cebarse, y más rebajadora que todas ellas reunidas!

Diga el amigo al amigo:—Trata con respeto este hecho pequeño porque puede llevar algo grande en las entrañas; trata con piedad esa voz ridicula, porque tal vez hay en ella algo de oración a lo que todos, tú mismo, más amamos. Porque cuando hayas quitado la ilusión de la virilidad (que muchas veces es la virilidad mejor) a la voz débil, y hayas dado gana de decir sólo cosas torpes a la voz varonil; cuando a la gente que nosotros (no siempre habiéndolo meditado bien) condenamos a prosa perpetua, la hayas disgustado de darse una fiesta de poesía (que para ella será tan poesía como tal vez no lo sea para ti y para mi la más alta); cuando hayas vuelto el foralero a su pan seco cotidiano, y el sietemesino a su calaverada de callejón, y a todo el que tenga algo ridículo a su casa, ¿quién quedará en la plaza pública? ¿quedaremos siquiera tu y yo?

Demasiado inclinado es nuestro pueblo a dejarla vacía; demasiado propenso a señalar maliciosamente con el dedo al que de buena fe se queda en ella; demasiado se complace nuestra gente en rebajar la altura a que no llega, y a burlarse de todo lo que no comprende.

Demasiado se ha reido del mossen senct Jordi, de los en Peres y los en Jacmes y de los pius i fius i les ninetes que valen, sin embargo, infinitamente más que todas las Silas y todos los ganyotas de todos los Castells dels tres dragons.

No demos gusto al prurito común; no cedamos a humoradas nihilistas; no fomentemos la propensión a la parodia aunque ésta quiera tomar por pretexto el corregir vicios y ridiculeces positivas, porque sería mal camino de perfección éste que es el de uno de nuestros vicios capitales.

Hay otros medios para depurarnos de linfatismos morales e intelectuales y cobrar seriedad y fortoleza; escojamos siempre aquellos que, destruyendo sólo lo que debe ser destruído, dejan salvas las fuentes de la vida. No estamos aún tan sobrados de ella que nos sea lícito cortar por lo sano.

Eduquemos con amor: salvemos por encima de todo el alma catalana.

Aquells covards sense dignitat

La lectura de la premsa del cap de setmana va portar sensacions agredolces. Molta nostàlgia. Molt record. Molta justificació. I molta reivindicació. Fernando Savater recordant La Clave de Balbín, o Manuel Vicent parlant del «Morris verde botella tapizado en cuero rojo» dissabte, i justificant la seva pròpia (no) evolució diumenge, citant dues coses en concret als dos texts: el Barri Llatí de París i la mort de Franco com a fet alliberador.

Els dos articles de Vicent són dues de les descripcions més clares sobre la progressia espanyola (i catalana). No em malinterpreteu, el de dissabte 2 de juliol és bonic i tot. Però defineix a la perfecció a la progressia, aquells «lluitadors antifranquistes» que optaven per fotre el camp a París, i que només veien possible la llibertat «un cop mort el dictador». La progressia sociata, de l’il·liberal PSOE (per no dir antiliberal, i això és un tema que tractaré en altres ocasions), els lluitadors antifranquistes als quals el dictador se’ls va morir al llit, de vell.

«En ese momento, en la radio del Morris saltó la noticia que Franco había muerto. […] Ante el parabrisas de aquel Morris apareció la salida del sol con un horizonte sin límites. No había necesidad de huir a ninguna parte.»

«Miguel», el protagonista del text de Vicent –autoficció?–, fuig en cotxe «en la oscuridad de la noche» abandonant a la seva dona i al seu fill. I ho fa «para afirmar su personalidad, dejar el aburrimiento y medir sus propias fuerzas». «Miguel», la rata del «Miguel», fuig en un Morris, un cotxe «asociado a las manifestaciones, a las asonadas, a los gases lacrimógenos, a las pelotas de goma, a la luz cobalto dando vueltas en el capó de los furgones de la policía», perquè en «Miguel» va córrer davant dels grisos… –però dins del cotxe. En «Miguel» podriahaver assistit a la festa de Todos a la cárcel–. Però en assabentar-se que Franco ha mort, ja no vol fugir. La progressia espanyola, la progressia covarda i desgraciada que abandona a tothom, i que retorna feliç quan li convé.

M’agradaria saber com acaba la fuga frustrada de «Miguel». Voldria saber què li diu a la seva dona en arribar a casa. S’hauria despertat, ella? «Cariño, he ido a comprarte porras. Son de San Ginés. He ido en coche para poder traerls aún calentitas. Te quiero.» Després d’això, li va fer un petó? I què li va dir, la seva dona? «Y para ir a comprar porras necesitabas hacer la maleta?»? Ai, «Miguel», explica’ns com va acabar la fuga. I no siguis una merda covarda una altra vegada. Explica’ns la veritat.

Després de llegir tota aquesta nostàlgia de la progressia covarda i desgraciada, he caigut que aquesta setmana hi havia lo de l’OTAN a Madrid. Ara tot m’encaixa.

Joan Maragall, les torrijas i Jordi Pujol en un concert de Los Chunguitos

A les darreres eleccions a Andalusia, als senyorets a cavall de la dreta radical de VOX els van desactivar la campanya amb una simple pregunta. Va ser una pregunta que implicava tota una sèrie de missatges que els andalusos van captar, perquè era entre andalusos.

Anys ençà, també durant una campanya electoral, però a Catalunya, Jordi Pujol i la plana major de Convergència i Unió van presentar-se a un concert de Los Chunguitos. La campanya no va acabar bé i tothom va admetre que no havia sigut un bon pla. Perquè quan s’intenta ser allò que no s’és i es rebenten les manifestacions i esdeveniments culturals alienes, la cosa mai surt bé.

Des del passat, el 1900, Joan Maragall ens delecta amb la versió nostrada d’una lectura errònia de codis culturals al bell mig del Passeig de Gràcia. Allá donde fueres, haz lo que eres.

GACETILLA

Joan Maragall, 11 – VII – 1900

La tarde del día de San Juan contemplábamos un espectáculo muy lastimoso. Por el arroyo central del Paseo de Gracia iba dando vueltas en carruaje una multitud triste y silenciosa, entre la cual se veían algunos disfraces. Era el desfile de la corrida de beneficencia: era la vuelta de los toros.

¡La vuelta de los toros! Todos sabemos lo que esto significa en Madrid, en Sevilla y otras poblaciones de España. Podrá criticarse, como tantos otros, el espectáculo taurino; pero alli donde es genuinamente sentido, donde puede llamarse espectáculo nacional, donde hay lo que se dice sangre torera, all la ida a los toros, la función en la plaza y el defile tienen la hermosura y el calor de lo espontáneo, de lo vivo. ¡Bienhayan los chulos y las manolas cuando son de veras y están en su sitio; y bien hayan las mantillas, y las peinetas, y los madroños, y la chaquetilla, y el sombrero cordobés, cuando debajo de ellos hay corazones que laten con la fiebre de un placer salvaje, y hombros que se contonean, y brazos que gesticulan y miradas encendidas y labios que rebosan dichos y ceceos! ¡Pero malhayan las parodias y las cosas muertas!

El desfile de la tarde de San Juan en Barcelona olía a muerto. Caras pálidas y caídas, manolas soñolientas, chulos silenciosos… Lo que más impresionaba era el silencio de toda aquella gente. Por encima del monótono rodar de los carruajes, ni una nota viva, ni un grito, ni una carcajada… nada. La expresión dominante, en los rostros de los paseantes, era la de una curiosidad mortecina y la de una vanidad satisfecha demasiado pronto. El unico afán, que ni si quiera llegaba a ser afán de aquellos hombres y de aquellas mujeres, era ver y ser vistos. Mirarse unos a otros durante un par de horas formando una especie de caballitos del Tio Vivo: he aqui hasta donde llega nuestro entrain; nuestra sangre no da más de si por ahora.

Yo no sé por qué los catalanes nos ilusionamos a veces con la idea de ser en España una raza superior, si el día que nos proponemos hacer algo gordo en punto a manifestaciones de buen tono salimos con una imitación tan desdichada. La imitación siempre supone inferioridad. Pase todavía cuando aquélla obedece a un estimulo de elevarse, de perfeccionarse, de educarse; pero la educación por medio de las corridas de toros nos parece un salto atrás, una regresión.

Unas señoras, y unas señoritas, y unos caballeros quieren hacer una obra de caridad en grande —eso está muy bien—; quieren hacerla divirtiéndose también en grande —eso no está muy bien, pero puede pasar—, y para hacer la caridad en grande divirtiéndose en grande, no se les;ocurre cosa mejor que una corrida de toros. ¿Por qué? Porque en Madrid esto se hace así. ¡Vaya una razón!

Y lo notable es que a estas señoras y señoritas no les gustan los toros; pero saben que a las señoras de Madrid y Sevilla les gustan, y creen de buen tono mostrarse madrileñas y sevillanas. Organizan la corrida, exponen las moñitas gastan un dineral en mantillas y mantones, y peinetas y madroños, y vestidos y carruajes, y van a la plaza a aburrirse o a desmayarse, a ver morir —o poco menos— a un hombre en una lucha que no les interesa si no por el horror que les causa; y después —y éste es el principal objeto de fiesta— se van a pasear su fatiga, su desmayo, y sus mantillitas y sus carruajes en un pequeño trecho de paseo: van nada más que a lucir el gasto. ¡Qué diversión!

Esta mezquindad en el goce y hasta en la vanidad es un defecto barcelonés de los que más nos apenan, porque indican falta de vida. Esto de que todo el ideal del que tiene unos cantos duros de sobras cada domingo, se reduzca a pasearlos dos horas en coche por el Paseo de Gracia es un síntoma muy triste. ¡Ni se llega a recorrer el paso en toda su extensión! se siente la necesidad de limitar el trecho para andar más apretaditos y ser vistos más de cerca. No parece sino que nuestra gente que quiere ser de buen tono tiene tanto horror al aire puro que ni siquiera se atreve a hacerse subir por la pequeña cuesta que va de la calle de Provenza hasta la mayor de Gracia.

¡Y más allá hay las montañas y los bosques, y el aire fortificante de las lejanas cordilleras, y el sano olor de los pinos, y la magnífica vista del mar y de los llanos de media Cataluña! ¿Por qué no organizar expediciones monstruas y lejanas, y romerías, y aplecs —que no habría necesidad de llamar kermesses— por nuestras sierras y nuestros lugares históricos, donde cabría anchamente y con genuino caracter catalán esa misma caridad que ahora se encierra y se achula desdichadamente en un redondel y en un trechito malsano de paseo?

Y al fin resulta que, entre la gente de buen tono, los únicos que saben disfrutar de las bellezas naturales y artísticas de Catalunya son los extranjeros, que después se hacen lenguas de nuestra tierra, y la quieren, y se adaptan a ella, convirtiéndose en mejores catalanes que esos catalanes y catalanas de sombrero cordobés y mantilla de madroños que no pasan de la calle de Provenza.

Si no hacemos todos un esfuerzo de voluntad para sobreponernos a nuestra mezquindad de sentimientos y tonizarnos con el contacto de nuestra tierra, con respirar los aires puros de sus alturas y saciar nuestros ojos con la luz de nuestro cielo, bien pronto habrá que decir que aquellos extranjeros que saben amar mejor que nosotros todas estas cosas nuestras, son la única esperanza de Cataluña.

El futur de Catalunya

Si fa uns dies escrivia sobre el futur d’Espanya, just després de saber els resultats electorals a Andalusia, avui vull fer unes breus línies sobre el futur de Catalunya. I per mi, aquest futur no es deslliga del d’Espanya durant molts anys.

Hi ha molta gent que vol que Catalunya sigui un país i un Estat independent. Jo també ho volia, però les circumstàncies m’han fet canviar de punt de vista. El victimisme perpetu, i principalment que aquesta independència està construïda «a la contra» —contra Espanya, contra Castella, contra «el règim del 78», contra el postfranquisme o contra qualsevol cosa que permeti victimitzar-nos durant dècades i, d’aquesta forma, evitar qualsevol avenç social real—, n’han sigut dues de les causes primordials.

Aquesta victimització i aquest sentiment «contrari» —el volia definir com «de construcció en contra de», però que no és cap construcció, sinó destrucció—, no són per res nous. La història rima, però coneixent les rimes podem descobrir la mètrica. Si sabem la mètrica, podem entreveure quina podria ser la següent iteració, la següent frase.

Per això avui us torno a compartir un text de Joan Maragall i Gorina —dels Gorina de Sabadell—, on trobem de nou la vessant no tan coneguda del «poeta». En ell, explica què és i d’on prové el catalanisme. N’explica part del seu origen —l’odi a Castella i a tot el que representa—, i ens diu per què caldria desfer-se’n. Parla de la descomposició d’Espanya —l’article està escrit tan sols quatre anys després del desastre del 1898—, i de com el catalanisme, o el que representava el catalanisme, podia ajudar en la regeneració que mai va acabar d’arribar, almenys no del tot:

Toda descomposición acaba en una recomposición; y la descomposición que representa el sentimiento catalanista puede acabar en la recomposición del espiritu nacional español, si se le trata como el mayor principio de vida que hoy queda en España.

Parla del paper de Castella en la conformació d’Espanya, i com la missió de Castella ja havia acabat. Parla de l’ara famosa «España vaciada» —el 1902!—, i de la naturalesa africana —ah, l’únic encert de Napoleó!—, i que «Castilla ha concluído su misión directora y ha de pasar su cetro a otras manos

Maragall defensava que el futur passava per Catalunya. Però no a la idea de l’imperialisme noucentista, pretesament reformador d’Espanya a imatge i semblança de Catalunya, no. «El sentimiento catalanista, en su agitación actual, no es otra cosa, que el instinto de este cambio; de este renuevo.» No calia ser la locomotora industrial, ni calia imposar les idees sorgides del vessant mediterrani, sinó tan sols no tallar les ales al seu sentiment. Reconduir aquell “desamor” i deixar que s’expandís a la resta del país. Laissez faire, que en dirien ara.

Pel que sigui —ja en parlarem en altres ocasions—, en comptes de digerir la fi de l’imperi i completar l’etern cicle de descomposició-regeneració —en veurem un altre exemple la setmana vinent—, aquest es va anar interrompent cada cop de forma més violenta, fins a arribar a la Guerra Civil.

Catalunya, finalment, no va liderar res. I amb l’adveniment de l’imperialisme noucentista —amb els seus tics encomanats a les diferents proclamacions republicanes de Macià i Companys, precursors de les boutades nacionals i del «tenim pressa», que tan bé ens ha rimat a nosaltres—, les posicions van quedar encara més enfrontades.

Catalunya ja no pot ser qui lideri aquell esperit regenerador. Els deliris de 2014-17 han acabat amb aquesta possibilitat i caldrà treballar molt per aconseguir aturar del tot la caiguda —sí, encara anem rodolant barranc avall— i refer els teixits social, industrial i institucional. L’esperit regenerador caldrà buscar-lo a una altra banda. I com la història rima, llegint el que ens deien els avis i els besavis, i fixant-nos-hi una mica, potser ho podem copsar i entreveure. Llegiu, si us plau, «El sentimiento catalanista», escrit per Joan Maragall el 1902, i digueu-me que no us ressonen coses.


EL SENTIMIENTO CATALANISTA

(Joan Maragall, 1902)

Cuando se trata de catalanismo, se olvida generalmente que ésta es, en el fondo, una cuestión de sentimiento, y tal olvido priva de luz a la cuestión y la lucha se encona en las tinieblas. 

Se discute el fundamento legal del catalanismo con la crítica del compromiso de Caspe y del tanto monta, y del cesarismo de los Austrias, y de la Nueva Plata del primer Borbón. Pero si no hubiera un sentimiento actual para animarlas, ¿qué fuerza tendrían todas aquellas historias después del consentimiento secular en la unidad nacional ratificado modernamente en la Constitución de 1812 y por las comunes luchas políticas de todo el siglo XIX?

Se quiere buscar al catalanismo un origen étnico; pero entonces, ¿por qué no existe con igual fuerza el galleguismo en la misma España, el breñatismo en Francia y los ismos de todas las razas que constituyen cada uno de los Estados modernos? —Porque no existe el sentimiento diferencial que inspira el catalanismo.

Atribuyámosle una razón sociológica: el carácter, las aptitudes, las tendencias, los intereses, la situación de los catalanes en el mundo moderno no son las mismas que las de otras regiones de España. Esto es verdad; pero lo es también para todos los Estados que, si están bien constituídos, de las variedades que los integran forman precisamente la solidaridad nacional, que es harmonía y grandeza.

Pues entonces diremos que España es un Estado mal constituído, degenerado, y que la causa del catalanismo es política; pero vendrá el señor Maura y nos dirá con gran apariencia de razón: “Si os levantáis contra un mal general, ¿por qué formais un partido local? Si queréis regenerar a España, ¿por qué os llamais catalanistas?» —Porque los sentimientos son más fuertes que la lógica y que todos los propósitos.

Por haber olvidado también esto, muchos, después de haber proclamado la insuficiencia de aquellas causas para justificar el movimiento catalanista, han negado su importancia. 

Es un prurito puramente literario, romántico —han dicho— nacido de un apasionamiento monstruosamente arcaico, sostenido por la particularidad linguística y por pequeñas vanidades de campanario, y desarrollado solamente entre unos cantos intelectuales, cuatro locos —han dicho graficamente— sin trascendencia alguna a la gran masa del pueblo catalán. Pero cuando se ha notado que entre estos cuatro locos había obispos, doctores, ingenieros, grandes industriales; y que estos cuatro locos, en cuatro días, habían montado una máquina electoral y habian desarrollado una fuerza politica aplastante, moviendo toda la gran masa llamada neutra, hasta entonces inconmovible a los estímulos de la experta política vieja; y que estos cuatro locos plantaban audazmente cuatro diputados en los escaños del Congreso, y se imponían en el Municipio y renovaban el personal de las más importantes asociaciones; entonces todo el mundo ha debido preguntarse con asombro y con ansiedad qué locos eran éstos que llevaban tras si a los cuerdos, y qué cuerdos eran éstos que se iban tras los locos.

¿Habría un sentimiento común que animase tan extraño movimiento? Esta pregunta era el buen camino; pero la contestación se ha desviado a merced de un sentimiento opuesto, común también entre aquellos que la formulaban, y reacción natural, si se quiere, del primero. La causa del movimiento catalanista —se ha dicho entonces— es el ingrato egoísmo del carácter catalán, que cuando ha visto la patria española caída y desangrada, ha renegado de ella, y procura desligarse de toda solidaridad con una nación desdichada.

Pero dada la situación presente de una España sin mercados coloniales, y de una Cataluña que no puede dominar todavía los mercados extranjeros, un programa de egoismo regional sería todo lo contrario del programa catalanista de Manresa; porque el interés del egoísmo catalán estaría, no en desligarse, si no en ligarse, en ligar

cada día más fuertemente a su producción el consumo de España toda; no en descentralizar, sino en centralizar, procurando dominar el centro; no en autonomías que sugieran dispersión de actividades, sino en monopolios invasores. Las bases de Manresa son todo lo contrario de un programa de industriales egoístas: son la constitución ideal de un pueblo que piensa más en su alma que en su cuerpo; casi diríamos de un pueblo soñador que aspira a integrarse en su historia, en su derecho, en su lengua, en su carácter, en una porción de cosas inmateriales que constituyen su poesia, descuidando, menospreciando calcular las consecuencias prácticas que su poética integración pudiera acarrearle.

No: el alma del catalanismo no es el egoísmo, ni es un prurito literario de verdad, ni un afán de regeneración politica: ni una razón sociológica, ni una diversidad étnica, ni un derecho histórico. Pero cada una de estas cosas positivas han ido dejando en el fondo del alma catalana una concreción sentimental. La dominación de lo que en

término general se suele llamar el espiritu castellano, dejó un impulso de protesta y rebeldía; la remota diversidad de raza, una repulsión; la permanente diferencia de vida e intereses, un antagonismo; los desaciertos politicos, una desconsideración; el renacimiento literario particular, un orgullo de nacionalidad, y las recientes catástrofes, una alarma. Y ya es absolutamente inútil venir ahora a discutir la historia y la antropologla y la sociología y filologia y la catástrofe, porque todo ello ya nada puede con el sentimiento que ha producido, que es el que queda vivo y al que hay que atender.

Lo característico de este sentimiento es el ser a la vez un amor y un desamor: un amor a Cataluña, que es desamor a Castilla (en el sentido de España castellana); siendo muy de tener en cuenta que el desamor es la levadura popular del catalanismo, lo más sentido por la masa, mientras que el amor activo de Cataluña es ya producto de un desarrollo de cultura y de un mayor refinamiento sentimental. La clase culta, que ha creado y fomenta y dirige el movimiento, siente más el amor a Cataluña; la masa popular del campo y de la ciudad, tiene poco vivo o poco consciente este amor, que apenas le mueve; su resorte está en el odio al empleado que le trata con altanería, al investigador que le amenaza y explota, al polizonte que le apalea, al aventurero que viene a disputarle el pan, a cuantos, en fin, le vejan o le estorban en nombre del Estado, que son precisamente los que le hablan castellano. Este resorte, tocado hábilmente a tiempo o disparado por casualidad, produciría una gran sacudida.

El sentimiento que anima el catalanismo es, pues, esencialmente diferencial, parte a España en dos: es una descomposición del amor patrio, del amor a la patria española.

Este principio de descomposición, ¿qué elementos de cohesión, de resistencia,, encuentra en su camino? ¿qué queda de patria española en Cataluña? Queda la geografía que ha hecho llamar España a toda la Península; queda la historia común de cuatro siglos; quedan los intereses creados, y queda la inercia. Pero si con todo ello el sentimiento diferencial ha podido formarse y desarrollarse; si, a pesar de todo, la descomposición ha empezado y avanza, señal es de que esto es más fuerte que aquello.

Se dirá que la debilidad de España es accidental, que es una crisis, que pasará, y que al reaccionar, los elementos de cohesión dominarán la descomposición. Pero ¡en qué se funda esta esperanza? ¡Se puede fiar a ella el remedio de un mal que es una realidad ya presente y en rápida marcha? ¿Qué llegará primero, la cohesión que aún se sabe por dónde ha de venir, o la  consumación de la descomposición que ya actúa? Y entretanto, ¡cómo se contiene ésta? ¿por la represión? ¿Se siente la España actual con fuerzas para ella? ¿No corre el peligro de perder en la misma las fuerzas que le quedan, y perecer definitivamente en la demanda?

El remedio ha de buscarse en el mal mismo… que no es un mal, sino un signo de nueva salud. Toda descomposición acaba en una recomposición; y la descomposición que representa el sentimiento catalanista puede acabar en la recomposición del espiritu nacional español, si se le trata como el mayor principio de vida que hoy queda en España; si en vez de combatirle se ponen en dirección de él, dentro de él, las fuerzas de cohesión que todavía quedan; si, dándole la razón, se destruye lo que en él hay de desamor, convirtiéndolo toda en amor, que entonces no cabrá en Cataluna y habrà de extenderse per toda una España nueva. Hela aquí la esperanza más fundada.

El espiritu castellano ha concluido su misión en España. A raiz de la unidad del Estado español, el espiritu castellano se impuso en España toda por la fuerza de la historia: dirigió, personifico el Renacimiento: las grandes sintesis que integraban a éste, el absolutismo, el imperialismo colonial, el espiritu aventurero, las guerras religiosas, la formación de las grandes nacionalidades, toda la gran corriente del Renacimiento encontró su cauce natural en las cualidades del espíritu castellano; por esto España fué Castilla y no fué Aragón; y todo lo que en Aragón y en otros antiguos reinos era algo vivo y algo propio, fué absorbido por el elemento entonces necesariamente director, el castellano, que era el representativo de la época, y tenía, por tanto, la misión de ser la España de ella. Vino la decadencia del Renacimiento, y con ella la decadencia de la España castellana. Vino el siglo XIX, y todavía las guerras europeas y las luchas políticas por las ideas de la Revolución francesa, que hicieron el prestigio del parlamentarismo y de sus hombres, prolongaron la misión de la brillante y sonora Castilla en España. Pero todo esto está muriendo, y Castilla ha concluído su misión.

La nueva civilización es industrial, y Castilla no es industrial; el moderno espíritu es analítico, y Castilla no es analítica; los progresos materiales inducen al cosmopolitismo, y Castilla, metida en un centro de naturaleza africana, sin vistas al mar, es refractaria al cosmopolitismo europeo; los problemas económicos y las demás cuestiones sociales, tales cuales ahora se presentan, requieren, para no provocar grandes revoluciones, una ductilidad, un sentido práctico que Castilla no solamente no tiene, sino que desdeña tener; el espiritu individual, en fin, se agita inquieto en anhelos misteriosos que no pueden moverse en alma castellana, demasiado secamente dogmática. Castilla ha concluído su misión directora y ha de pasar su cetro a otras manos.

El sentimiento catalanista, en su agitación actual, no es otra cosa, que el instinto de este cambio; de este renuevo. Favorecerle es hacer obra de vida para España, es recomponer una nueva España para el siglo nuevo; combatirle, directa o tortuosamente, es acelerar la descomposición total de la nacionalidad española, y dejar que la recomposición se efectue al fin fuera de la España muerta.

Y ¿cómo se ha de favorecer el movimiento catalanista en el sentido de la España nueva? Pues abriéndole toda la legalidad, tan ancha como su expansión la necesite; dejando que esta expansión informe la legalidad; facilitándole la propaganda para que se integren en él todos los impulsos vivos y progresivos; aportando a él los residuos de dirección del viejo espíritu castellano: convirtiéndolo en una palingenesia nacional.

Esta palingenesia resultará quizás penosa y turbulenta, porque en ella habrán de ponderarse y equilibrarse libremente todas las fuerzas que quedan en España; pero es cuestión de vida o muerte. Si España muriese en esta recreación de su espiritu nacional, por no poder ya resistirla, su muerte sería gloriosa y fecunda en la historia, porque habría muerto en un esfuerzo de vida; mientras que, de resistirse a ella, morirà, asi como así, en tristes y estériles convulsiones de muerte definitiva.

He aquí, pues, lo que significa el movimiento catalanista: un amor y una busca de la vida; un horror y un huir de la muerte. Por esto decimos que el catalanismo es, ante todo, una cuestión de sentimiento.

Wiki Leaks y la fuerza desaparecida, o el mirar hacia el otro lado

A mi nueva tradición de lectura del fin de semana debo añadir otra: el comentario de los artículos de Enric González que, como todo el mundo, tiene derecho a su visión y opinión y que yo, a menudo, considero errónea.

Su columna del domingo 26 de junio no se escapa. En el texto, González habla del papel de la prensa y del periodismo como mecanismo de control sobre el poder, y de cómo este papel se ha terminado diluyendo y perdiendo. En esto, en cómo se ha perdido, es en lo que estamos en desacuerdo.

Para él, una parte del problema está en la brecha entre los propietarios de las empresas editoras y las redacciones. «Una buena empresa periodística es la que, en términos generales, permite que los periodistas mantengan la independencia y honestidad que cada uno quiera otorgarse […]». Muy bien.

En el problema asociado es que cuando la empresa (o más bien los accionistas) quiere sobrevivir a cualquier precio, «tiende a elegir un mal director y provoca un desastre.» Pero mucho peor es, nos explica, la falta de credibilidad. Y aquí nos trae el caso de los Papeles del Pentágono que publicaron el New York Times y el Washington Post en 1971 (y que se relató en una muy buena película con Tom Hanks y Meryl Streep). Y muy de acuerdo con esto.

Luego, González nos trae un nuevo ejemplo, de Wiki Leaks, y ahí es cuando yo creo que se equivoca en el análisis. Según él, «lo que valía para los Papeles del Pentágono ya no vale para Wiki Leaks. Assange lleva una década de encierro. Y la prensa no hace nada. Bueno, sí hace: informa sobre el caso. No puede hacer nada más. Ya no es capaz de enfrentarse frontalmente al poder porque carece de su antigua fuerza, la que le otorgaban millones de lectores, la que le permitía emprender cruzadas justas (y no tan justas, de acuerdo) con el respaldo de la llamada ‘opinión pública’.»

En resumen: para Enric, la prensa no puede ejercer de contrapeso contra el poder porque ya no es lo que era. Y no es lo que era porque no tiene lectores. Yo aquí echo en falta algun comentario sobre el «por que» El País (y The Guardian, y The New York Times, y Le Monde y Der Spiegel) dejó de publicar los cables de Wiki Leaks, con sus análisis y las explicaciones de por que eran importantes y en que nos afectaban. Echo en falta un poco de crítica a los mismos periodistas que se han abandonado al ejercicio de hipocresía controlada (o admitir claramente que se les ha descontrolado), optando por titulares-cebo y olvidándose de su vocación de contar lo que pasa, cambiándola por «lo del comer», que es lo que necesitamos para vivir. 

Ojo, la vocación es individual y como dice Enric al principio de su columna, cada cual decide su grado de independencia y honestidad. Y a todos nos gusta comer al menos dos veces al día. Pero lo que no se puede hacer es llorar a la voz de «la prensa ya no es capaz de enfrentarse al poder porque carece de la fuerza que le otorgaban millones de lectores», obviando que las redacciones aceptaron venderse al poder (recordemos los ingresos que llegan de publicidad institucional y las subvenciones).

Está muy bien que los periodistas hablen del modelo que buscan, del ideal. Estaría mucho mejor que empezaran a rendir cuentas con ellos mismos y con sus redacciones, y luego que empezaran a hacer cosas tangibles para recuperar esa fuerza perdida. Dejar de llorar y empezar a cuestionar al poder, incluso desde las páginas del periódico oficial del partido al mando, sería una buena forma de recuperar esa credibilidad.

Nazis per tot arreu

Quan repeteixes moltes vegades una paraula, acaba per no voler dir res. Però no sempre és així, com veiem a The believer, quan el protagonista ens convida a fer l’exercici amb la paraula «jueu». Gairebé mai perd el seu significat. Malauradament, no passa el mateix amb la paraula «nazi».

Això és el que van fer els nazis de veritat. – United States Holocaust Memorial Museum, cortesia de G. Michael Jaynes

Avui en dia es fa servir «nazi» per qualsevol cosa. «Nazi» ha passat de ser un diminutiu de Nacional-Socialista, un partit polític i una ideologia, que als anys trenta del segle XX, va recuperar el concepte germànic del Lebensnraum. Aquest concepte entenia que la raça ària-alemanya era la superior, que aquesta raça necessitava un espai vital per a la seva supervivència, i que per això, tota la població no germànica d’Europa central i de l’est havia de ser exterminada. L’spazio vitale del feixisme italià en va ser anàleg, però sense el component genocida. La versió italiana, seguint el colonialisme tradicional, veia la raça italiana com a «custòdia» de les races inferiors subjugades.

Aquest concepte únic de lebensraum va definir totes les polítiques racials posteriors. Però a més d’implantar aquesta política per al seu pla de dominació mundial, el Partit Nacional Socialista d’Alemanya va determinar que «la infecció que dissol la societat humana, el jueu», junt amb el poble Romaní, havia de desaparèixer del planeta.

A aquests efectes, les mentalitats educades i eficients de Heinrich Himmler i Reynard Heydrich van preparar, sota el mandat directe d’Adolf Hitler i Hermann Göring, «la solució final al problema jueu»: l’extermini total i sistemàtic, a escala i eficiència industrials, de qualsevol persona jueva, romaní i sinti que es pogués localitzar. Això va incloure l’assassinat directe, i també altres pràctiques com esterilitzacions forçades.

Fins a un 50% de la població romaní i sinti va ser exterminada. El percentatge no va ser superior perquè, a diferència dels jueus, els roma-sinti eren realment nòmades i no tenien una organització social que permetés als nazis trobar-los fàcilment. Els nazis van exterminar dos terços —hi ha estudis que assenyalen que els 6 milions podrien ser 8 i fins i tot 9— de la població jueva a Europa.

Forns crematoris de Buchenwald, una altra cosa que distingeix als nazis de veritat. – AP Photo/U.S. Army Signal Corps

Després d’aquest recordatori de què van ser, i són, en realitat els nazis, i de les seves polítiques i intencions, passem a veure quin és l’ús que es fa avui dia de la paraula. «Nazi» ha passat a fer-se servir per definir qualsevol persona mínimament intransigent en qualsevol tema.

Tenim les «feminazis», que designa aquelles dones feministes de l’ala dura; i tenim al seu contrari, els «faminazis», que Pedro Herrero (@aparachiqui), inventor del desafortunat terme, defineix com «defensor intransigent de la família». Tenim al «Cabronazi», un element pretesament humorístic, i als «nazis» de l’humor.

En l’aspecte més polític, i dins l’univers del procés independentista de Catalunya, tenim un important sector unionista anomenant «lazis» a aquells independentistes que feien servir el llaç groc, un símbol universalment emprat per a reclamar la llibertat de presos —en podeu trobar un exemple a un dels primers capítols de Homeland—; els mateixos unionistes van equiparar «no portar el llaç» a l’estrella de David que els nazis obligaven a portar als jueus.

Amb els diferents cicles electorals i la pujada de la ultradreta —i també dins l’univers independentista que hem comentat—, tant del bàndol dretà com els defensors del «cordó sanitari» s’han insultat els uns als altres, anomenant-se «nazis». I el que és pitjor, fins i tot hi ha qui, creient ridiculitzar-los, s’autoanomenen «nazis» a ells mateixos, parodiant del punt de vista de la ultradreta.

També tenim els «nazis» de la llengua, que són aquells que en reclamen l’exactitud i pulcra escriptura. O els companys de feina que ens demanen que els enviem la feina feta com correspon, i no amb mancances: és a dir, els «nazis» de la perfecció laboral.

I finalment, amb la guerra a Ucraïna, la paraula ha rebut volada per part de tothom. Els uns per «desnazificar», els altres acusant uns combatents de ser nazis, i als altres perquè acusen els primers de ser els nazis de veritat.

Tot això arriba després d’anys de mal us continu de la paraula «fatxa» i altres derivats del feixisme, una altra ideologia autoritària i violenta sorgida al segle XIX, que és, segons el DIEC, un «moviment polític caracteritzat per la submissió total a un líder que concentra tots els poders, per l’exaltació del nacionalisme i per l’eliminació violenta de l’oposició política i social.»

Ja fa anys que un «fatxa» és «qualsevol que no pensi o opini el mateix que jo en qualsevol tema». El valor real del feixisme, i dels fatxes, s’ha devaluat tant, que s’ha hagut de cercar un altre «valor refugi», que ha acabat sent el nacionalsocialisme i el seu diminutiu: nazi.

Cada cop que dieu «fatxa», el concepte perd una mica més de sentit. Jo mateix ho he fet de forma sarcàstica, i no tinc gaire clar si ho he fet bé o no. Però, d’altra banda, no tinc aquests dubtes amb la paraula «nazi». Per mi, un nazi sempre serà algú que em vol exterminar, i no he fet ni faré servir la paraula per assenyalar res ni ningú que no sigui realment una persona simpatitzant amb el nacionalsocialisme.

No tinc res en contra de ridiculitzar l’Alemanya nazi, ni en embrutar el record de persones com Adolf Hitler. Cal riure d’aquella gent? Sí. Les pel·lícules Jojo rabbit o Inglorious Bastards en són exemples boníssims. Així i tot, cal trobar una forma de fer-ho amb garantia de no banalitzar ni devaluar la paraula. Com? És complicat.

Un mot que es pot emprar per a definir la majoria dels exemples d’intransigència més o menys absurda que he fet servir abans és «imbècil». També «gilipolles». I si sou d’aquells que escarniu a qui no insulta en català, tenim «talòs», «carallot», «desgraciat», «gamarús», «tros d’ase», «tòtil», o encara millor l’ebrenc «capdegós» —o «cap de xoto en barba»—, que us defineix sobradament.

Per tot això us demano, lectors, que tingueu aquestes paraules en consideració. Que feu autoexamen, i que penseu molt, abans de fer ús de «fatxa», i encara «nazi», per assenyalar o ridiculitzar a algú que no comparteixi els vostres punts de vista, o que fins i tot en sigui contrari. Està en joc la pervivència del record, i la manca de sentit a la seva mort, de fins a 12 milions de persones, a les quals caldria afegir els soldats morts a la segona gran guerra.