Una nova unitat espanyola

Els darrers mesos, l’opinió política espanyola és monocromàtica. No sé si deu ser cosa de l’estiu, però de fa setmanes que a El Mundo sempre fan la mateixa columna d’opinió a les primeres pàgines, firmi qui la firmi. Deu ser una mena d’exercici literari.

En qualsevol dels texts, que poden tractar de qualsevol tema —que pot ser l’onada de calor, les corbates del consell de ministres, la guerra a Ucraïna o l’Eurocopa femenina—, els columnistes sempre hi colen alguna referència al tema català. Siguin els indults, o el famós 25%, la falsa desjudicialització, la taula de diàleg… sempre hi ha la referència. I no és mai una referència amable.

L’opinió política, que es crea principalment als mitjans, està encallada amb Catalunya. I no només aquesta opinió pública, sinó també el discurs polític. Recordeu si no Alberto Núñez Feijóo, acabat d’arribar a la presidència del Partido Popular, amb el tema de les nacionalitats. Tothom se li va tirar a sobre, començant per la tertúlia digital. L’espanyolitat d’Espanya ha de ser fèrria i total.

Avui us porto l’article «La patria nueva» de Joan Maragall. Perquè aquesta «patria nueva» no és —almenys no només—, com podríeu pensar, la catalana, sinó l’espanyola.

Recordeu —i a ser possible rellegiu— el segon article d’aquesta sèrie, El futur de Catalunya, on Maragall explica als espanyols què és el catalanisme, en què consisteix i com podria ajudar a la regeneració d’Espanya després de la desfeta de 1898.

A l’article d’avui Maragall ens parla de matonisme parlamentari. Ens cita a Francisco Romero Robledo, ministre de governació i responsable de la tupinada electoral de 1879, i pregunta al lector si aquest opositor al sufragi universal podria ser més espanyol que qualsevol altre diputat català o basc, que emmudeixen davant «un matonismo parlamentario o de tertulia que habla rotundamente en nombre de España, que da y quita patentes de patriotismo» i un parell de coses més que us deixo per llegir.

I no només això, sinó que parla de «la vasta necrópolis nacional» —el Congreso de los Diputados—, on els crits de «¡Separatista!» segueixen a qualsevol comentari en veu baixa —perquè els qui els fan no saben imposar-se— dels diputats de les zones vives. Abans que l’hipotètic lector espanyolista s’encengui, recordem que el text està escrit el 1903, i que els termes de vida i mort es refereixen a la situació postdesfeta, la mort de l’imperi.

I abans que els, també hipotètics, lectors independentistes aplaudeixin ferotgement, deixeu-me també citar a l’articulista quan defineix els errors del catalanisme de llavors —que són els mateixos d’ara—, quan diu que «la juventud catalana idolatra por encima de todo a Cataluña […] Y ve en esta Cataluña una gran misión, para la cual necesita de toda su pureza; necesita concentrarse y vivir exclusivamente su vida propia para ser modelo de pueblos en la vida internacional de una humanidad futura […] una hermosa variedad adaptada a la varia naturaleza de las tierras, con un lazo íntimo de amor que sea la única unidad de todos los pueblos del mundo…»

A Catalunya, el 2022, hi ha qui encara creu que Catalunya és la clau de volta a Europa. Des que Prat de la Riba va expressar aquest messianisme a «La nacionalitat catalana», no ha faltat generació que s’hi deixés emportar. El problema aquí és que aviat farà dos-cents anys, d’això, i encara continuem atrapats en aquests somnis de la renaixença. Aquests somnis de joventut del catalanisme, com els defineix Maragall, s’han de vèncer: «Vencer el impulso de apartamiento en que nació; vencer sus rencores y sus impaciencias, y vencer un hermoso ensueño.» Vèncer, però no destruir.

Si a Catalunya es pogués articular un catalanisme ja adult, sense somnis de grandiositat, però amb empenta i ganes de treballar; si a Espanya hi hagués un nou espanyolisme que lluités contra tots els vicis nacionals sense irritar l’amor propi, també nacional, que es funda en ells; no es podria arribar a «una nova unitat espanyola, vivaç i fecunda», que ens portes a tots cap endavant?

Lamentablement no pot ser. Com ja sabem tots, Catalunya està trencada i cal recosir-la. El que sí que continua sent vàlid és que Espanya, per regenerar-se i crear aquesta nova unitat espanyola –que no d’España–, i arribar a una nova espanyolitat amable i inclusiva, s’haurà de recolzar en les regions. I la que jo veig més preparada i viva és Andalusia.

Ja per acabar, us deixo amb l’article original, complet i sense corregir, que per més divertiment, Maragall data l’onze de setembre de 1903.


LA PATRIA NUEVA

(Joan Maragall, 11 – IX – 1903)

Para que el catalanismo se convirtiera en franco y redentor españolismo seria menester que la política general española se orientara en el sentido del espíritu moderno que ha informado la vida actual, no sólo de Cataluña, sinó también de algunas otras regiones españolas progresivas. Mientras todas ellas continúen gobernadas por el viejo espiritu de la España muerta; mientras decir politica española equivalza a decir absorción, fraseologia, y administración contra el contribuyente entregada por el favor a tantos altaneros mendigos (por no decir cosa peor) de levita, es imposible que ninguna región civilizada de esta España sea sincera y eficazmente espanolista.

Pero cabalmente estas regiones —se objeta— son las que deben transformarla creando una politica y una administración nuevas y adecuadas a su espíritu y a sus necesidades, siendo españolistas de una España moderna que ha de ser su obra, y que habrán de amar como fruto de sus entrañas.

Esto se ha dicho mucho, y parece imposible que no se haya hecho ya: tan natural y lógico se presenta a la razón; y como el no haberse hecho y el persistir a causa de ello el desvío de aquellas regiones, parece abominable egoismo o perjuicio criminal de su parte, hay que decir de una vez las causas de su inacción.

La primera de estas causas es la inferioridad politica actual de dichas regiones (que están en pequeña minoría) en frente del viejo espiritu central representativo de la gran masa de la España muerta y que, caduco y todo, vacio, momificado, tiene todavia una superioridad, sinó suficiente ya para hacer política alguna positiva, bastante aún para neutralizar, para destruir, o, lo que es peor, para corromper toda iniciativa salida de aquellas pequeñas porciones de España que, al trabajar en su desarrollo económico y social, han abandonado, por descuido o por inercia, la función política en manos que han resultado ajenas.

Aquí hay algo vivo gobernado por algo muerto, porque lo muerto pesa más que lo vivo y va arrastrándolo en su caída a la tumba. Y siendo ésta la España actual, ¿quién puede ser espaholista de esta España, los vivos o los muertos?

En una España tal, un Romero Robledo, por ejemplo, parece y es en realidad más español que cualquier diputado o ministro vascongado o catalán cuya solidez de criterio o rectitud de intención enmudecen y se acobardan o transigen ante un matonismo parlamentario o de tertulia que habla rotundamente en nombre de España, que da y quita patentes de patriotismo, y que anatematiza urbi et orbi, como filibustero, todo impulso de vida que intenta penetrar en la gran momia política. El hueco anatema resuena grandiosamente por los ámbitos de la vasta necrópolis nacional, ahogando el grito de vida aislado en la pequeña región de los vivos que no saben gritar. —Zona neutral… —¡Separatismo! —Concierto económico. —¡Separatismo! —Organismos autónomos. —¡Separatismo!… —¿Cómo podemos ser españolistas de esta España? Helo ahi el dualismo tremendo.

Tremendo, si; pero ¿irremediable? ¿irreductible a una nueva unidad española vivaz y fecunda?

Descartemos la solución providencial, la de un hombre que surge y lo arregla todo: esta solución cabe esperarla siempre, a condición de no contar nunca con ella. Descartemos también una revolución, porque ni hay fuerzas para hacerla ni mucho menos para resistirla una vez hecha: seria el salto en las tinieblas… internacionales.

Descartado el milagro y el salto mortal, queda la voluntad paciente de los hombres que, sin embargo, bien necesita la ayuda de Dios y de muchas cosas imprevistas si ha de realizar en España esa maravilla; reedificarlo todo sin derruir nada, para que no venga abajo la casa entera.

Los españoles nuevos han de improvisarse politicos, alternando con los politicos viejos, y hacerse consentir por ellos sin contaminarse de su espiritu; han de introducirse en los organismos caducos sin ser repelidos por los mismos, trabajarlos fuertemente sin que les queden en las manos hechos polvos, y sanearlos lentamente sin perecer entretanto en su mefítica atmósfera; han de crear una opinión pública moderna empezando por crear intereses y necesidades modernas en la masa de un país casi africano; han de luchar contra la ignorancia sin soliviantarla, contra la pereza y la inhabilidad sin descorazonarla, contra todos los vicios nacionales sin irritar el amor propio nacional que se funda en ellos y precaviéndose de su contagio. Han de sufrir desencantos sin desanimarse, tremendos retrocesos y volver a empezar con la misma constancia que si hubieran avanzado; improperios, calumnias y amenazas de aquellos mismos a quienes quieren redimir; y mostrarse valientes sin lucha. Y por encima de todo ello han de resignarse a no ver fruto alguno de su obra, y legarla a nuevas generaciones por si pueden llegar a realizarla; estando al mismo tiempo preparados a que cualquier día fuerzas exteriors vengan a destruirla definitivamente en sus propias manos.

Tales han de sentirse los españolistas de la nueva España; y han de buscarse entre sí y encontrarse al través de las regiones (pues la distinción entre las vivas y las muertas no es rigurosamente geográfica), y una vez se hayan encontrado formando legión, han de llenarse de amor por aquello que les repele, y lanzarse a confundirse con ello por si logran crear la nueva unidad al través de tantas y tan duras pruebas.

Comparando con esto, una revolución es un juego de niños; una guerra de sucesión cómodo atajo; una anexión extranjera fácil expediente y la aparición del hombre providencial probabilisimo milagro; porque es más fácil que salga un hombre que mil, y más frecuente y menos azarosa una revolución, una guerra, una intervención extrangera que toda una dad heroica.

Así, pues, nada tendría de extraño que hubiera en la España viva más autonomistas, más separatistas y más extranjeristas que buenos españoles; porque ser buen español al uso parlamentario es fácil cosa: basta con cruzarse de brazos y dejar que España se hunda al son de los retruécanos; mientras que para ser buen español a secas se necesita ser héroe.

Pues bien, el catalanismo para ser españolismo ha de ser heroico, y su primera heroicidad ha de ser la mayor; vencerse a sí mismo. Vencer el impulso de apartamiento en que nació; vencer sus rencores y sus impaciencias, y vencer un hermoso ensueño.

La juventud catalana idolatra por encima de todo a Cataluña: no ve tierra como esta tierra: su pueblo como pueblo escogido, y la lengua que habla bella como ninguna. Y ve en esta Cataluña una gran misión, para la cual necesita de toda su pureza; necesita concentrarse y

vivir exclusivamente su vida propia para ser modelo de pueblos en la vida internacional de una humanidad futura: una humanidad de pequeñas nacionalidades puras que se agrupen por afinidades sin mezclarse, formando una hermosa variedad adaptada a la varia naturaleza de las tierras, con un lazo íntimo de amor que sea la única unidad de todos los pueblos del mundo…

Hay que vencer este ensueño, no destruirlo, porque los ensueños de la juventud siempre son fecundos en realidades.

Solamente hay que decir a nuestra juventud que no quiera con su ensueño impedir o maldecir la obra que el momento reclama urgentemente; que, si sigue soñándolo con intensidad, su ideal vendrá por todos los caminos, y que siempre, por un divino misterio, el camino de la necesidad es el mejor camino de libertad de todos los ideales.

Esto diremos a nuestros jóvenes. Y a los viejos de la España vieja les diremos: —Ved ahora cuánto tenemos que ganar o que perder en la heroica empresa. Podéis todavía tiranizarnos, calumniarnos, oprimirnos, escarnecernos… No importa. De uno u otro modo os venceremos, porque llevamos dentro un impulso de victoria y hemos olvidado toda otra cosa—.

—Sois cuatro inocentes, cuatro locos, cuatro criminales de lesa patria–nos contestarán incoherentemente;-pero ¡ay! de vosotros; porque nosotros somos los ministros, nosotros los consejeros, nosotros los generales, nosotros los jueces, los directores, los hábiles, los oradores, los cimientos y puntales, en fin, de la vieja patria española.

A lo cual contestaremos riendo: —Pues nosotros somos los que hacen patrias nuevas.

El futur de Catalunya

Si fa uns dies escrivia sobre el futur d’Espanya, just després de saber els resultats electorals a Andalusia, avui vull fer unes breus línies sobre el futur de Catalunya. I per mi, aquest futur no es deslliga del d’Espanya durant molts anys.

Hi ha molta gent que vol que Catalunya sigui un país i un Estat independent. Jo també ho volia, però les circumstàncies m’han fet canviar de punt de vista. El victimisme perpetu, i principalment que aquesta independència està construïda «a la contra» —contra Espanya, contra Castella, contra «el règim del 78», contra el postfranquisme o contra qualsevol cosa que permeti victimitzar-nos durant dècades i, d’aquesta forma, evitar qualsevol avenç social real—, n’han sigut dues de les causes primordials.

Aquesta victimització i aquest sentiment «contrari» —el volia definir com «de construcció en contra de», però que no és cap construcció, sinó destrucció—, no són per res nous. La història rima, però coneixent les rimes podem descobrir la mètrica. Si sabem la mètrica, podem entreveure quina podria ser la següent iteració, la següent frase.

Per això avui us torno a compartir un text de Joan Maragall i Gorina —dels Gorina de Sabadell—, on trobem de nou la vessant no tan coneguda del «poeta». En ell, explica què és i d’on prové el catalanisme. N’explica part del seu origen —l’odi a Castella i a tot el que representa—, i ens diu per què caldria desfer-se’n. Parla de la descomposició d’Espanya —l’article està escrit tan sols quatre anys després del desastre del 1898—, i de com el catalanisme, o el que representava el catalanisme, podia ajudar en la regeneració que mai va acabar d’arribar, almenys no del tot:

Toda descomposición acaba en una recomposición; y la descomposición que representa el sentimiento catalanista puede acabar en la recomposición del espiritu nacional español, si se le trata como el mayor principio de vida que hoy queda en España.

Parla del paper de Castella en la conformació d’Espanya, i com la missió de Castella ja havia acabat. Parla de l’ara famosa «España vaciada» —el 1902!—, i de la naturalesa africana —ah, l’únic encert de Napoleó!—, i que «Castilla ha concluído su misión directora y ha de pasar su cetro a otras manos

Maragall defensava que el futur passava per Catalunya. Però no a la idea de l’imperialisme noucentista, pretesament reformador d’Espanya a imatge i semblança de Catalunya, no. «El sentimiento catalanista, en su agitación actual, no es otra cosa, que el instinto de este cambio; de este renuevo.» No calia ser la locomotora industrial, ni calia imposar les idees sorgides del vessant mediterrani, sinó tan sols no tallar les ales al seu sentiment. Reconduir aquell “desamor” i deixar que s’expandís a la resta del país. Laissez faire, que en dirien ara.

Pel que sigui —ja en parlarem en altres ocasions—, en comptes de digerir la fi de l’imperi i completar l’etern cicle de descomposició-regeneració —en veurem un altre exemple la setmana vinent—, aquest es va anar interrompent cada cop de forma més violenta, fins a arribar a la Guerra Civil.

Catalunya, finalment, no va liderar res. I amb l’adveniment de l’imperialisme noucentista —amb els seus tics encomanats a les diferents proclamacions republicanes de Macià i Companys, precursors de les boutades nacionals i del «tenim pressa», que tan bé ens ha rimat a nosaltres—, les posicions van quedar encara més enfrontades.

Catalunya ja no pot ser qui lideri aquell esperit regenerador. Els deliris de 2014-17 han acabat amb aquesta possibilitat i caldrà treballar molt per aconseguir aturar del tot la caiguda —sí, encara anem rodolant barranc avall— i refer els teixits social, industrial i institucional. L’esperit regenerador caldrà buscar-lo a una altra banda. I com la història rima, llegint el que ens deien els avis i els besavis, i fixant-nos-hi una mica, potser ho podem copsar i entreveure. Llegiu, si us plau, «El sentimiento catalanista», escrit per Joan Maragall el 1902, i digueu-me que no us ressonen coses.


EL SENTIMIENTO CATALANISTA

(Joan Maragall, 1902)

Cuando se trata de catalanismo, se olvida generalmente que ésta es, en el fondo, una cuestión de sentimiento, y tal olvido priva de luz a la cuestión y la lucha se encona en las tinieblas. 

Se discute el fundamento legal del catalanismo con la crítica del compromiso de Caspe y del tanto monta, y del cesarismo de los Austrias, y de la Nueva Plata del primer Borbón. Pero si no hubiera un sentimiento actual para animarlas, ¿qué fuerza tendrían todas aquellas historias después del consentimiento secular en la unidad nacional ratificado modernamente en la Constitución de 1812 y por las comunes luchas políticas de todo el siglo XIX?

Se quiere buscar al catalanismo un origen étnico; pero entonces, ¿por qué no existe con igual fuerza el galleguismo en la misma España, el breñatismo en Francia y los ismos de todas las razas que constituyen cada uno de los Estados modernos? —Porque no existe el sentimiento diferencial que inspira el catalanismo.

Atribuyámosle una razón sociológica: el carácter, las aptitudes, las tendencias, los intereses, la situación de los catalanes en el mundo moderno no son las mismas que las de otras regiones de España. Esto es verdad; pero lo es también para todos los Estados que, si están bien constituídos, de las variedades que los integran forman precisamente la solidaridad nacional, que es harmonía y grandeza.

Pues entonces diremos que España es un Estado mal constituído, degenerado, y que la causa del catalanismo es política; pero vendrá el señor Maura y nos dirá con gran apariencia de razón: “Si os levantáis contra un mal general, ¿por qué formais un partido local? Si queréis regenerar a España, ¿por qué os llamais catalanistas?» —Porque los sentimientos son más fuertes que la lógica y que todos los propósitos.

Por haber olvidado también esto, muchos, después de haber proclamado la insuficiencia de aquellas causas para justificar el movimiento catalanista, han negado su importancia. 

Es un prurito puramente literario, romántico —han dicho— nacido de un apasionamiento monstruosamente arcaico, sostenido por la particularidad linguística y por pequeñas vanidades de campanario, y desarrollado solamente entre unos cantos intelectuales, cuatro locos —han dicho graficamente— sin trascendencia alguna a la gran masa del pueblo catalán. Pero cuando se ha notado que entre estos cuatro locos había obispos, doctores, ingenieros, grandes industriales; y que estos cuatro locos, en cuatro días, habían montado una máquina electoral y habian desarrollado una fuerza politica aplastante, moviendo toda la gran masa llamada neutra, hasta entonces inconmovible a los estímulos de la experta política vieja; y que estos cuatro locos plantaban audazmente cuatro diputados en los escaños del Congreso, y se imponían en el Municipio y renovaban el personal de las más importantes asociaciones; entonces todo el mundo ha debido preguntarse con asombro y con ansiedad qué locos eran éstos que llevaban tras si a los cuerdos, y qué cuerdos eran éstos que se iban tras los locos.

¿Habría un sentimiento común que animase tan extraño movimiento? Esta pregunta era el buen camino; pero la contestación se ha desviado a merced de un sentimiento opuesto, común también entre aquellos que la formulaban, y reacción natural, si se quiere, del primero. La causa del movimiento catalanista —se ha dicho entonces— es el ingrato egoísmo del carácter catalán, que cuando ha visto la patria española caída y desangrada, ha renegado de ella, y procura desligarse de toda solidaridad con una nación desdichada.

Pero dada la situación presente de una España sin mercados coloniales, y de una Cataluña que no puede dominar todavía los mercados extranjeros, un programa de egoismo regional sería todo lo contrario del programa catalanista de Manresa; porque el interés del egoísmo catalán estaría, no en desligarse, si no en ligarse, en ligar

cada día más fuertemente a su producción el consumo de España toda; no en descentralizar, sino en centralizar, procurando dominar el centro; no en autonomías que sugieran dispersión de actividades, sino en monopolios invasores. Las bases de Manresa son todo lo contrario de un programa de industriales egoístas: son la constitución ideal de un pueblo que piensa más en su alma que en su cuerpo; casi diríamos de un pueblo soñador que aspira a integrarse en su historia, en su derecho, en su lengua, en su carácter, en una porción de cosas inmateriales que constituyen su poesia, descuidando, menospreciando calcular las consecuencias prácticas que su poética integración pudiera acarrearle.

No: el alma del catalanismo no es el egoísmo, ni es un prurito literario de verdad, ni un afán de regeneración politica: ni una razón sociológica, ni una diversidad étnica, ni un derecho histórico. Pero cada una de estas cosas positivas han ido dejando en el fondo del alma catalana una concreción sentimental. La dominación de lo que en

término general se suele llamar el espiritu castellano, dejó un impulso de protesta y rebeldía; la remota diversidad de raza, una repulsión; la permanente diferencia de vida e intereses, un antagonismo; los desaciertos politicos, una desconsideración; el renacimiento literario particular, un orgullo de nacionalidad, y las recientes catástrofes, una alarma. Y ya es absolutamente inútil venir ahora a discutir la historia y la antropologla y la sociología y filologia y la catástrofe, porque todo ello ya nada puede con el sentimiento que ha producido, que es el que queda vivo y al que hay que atender.

Lo característico de este sentimiento es el ser a la vez un amor y un desamor: un amor a Cataluña, que es desamor a Castilla (en el sentido de España castellana); siendo muy de tener en cuenta que el desamor es la levadura popular del catalanismo, lo más sentido por la masa, mientras que el amor activo de Cataluña es ya producto de un desarrollo de cultura y de un mayor refinamiento sentimental. La clase culta, que ha creado y fomenta y dirige el movimiento, siente más el amor a Cataluña; la masa popular del campo y de la ciudad, tiene poco vivo o poco consciente este amor, que apenas le mueve; su resorte está en el odio al empleado que le trata con altanería, al investigador que le amenaza y explota, al polizonte que le apalea, al aventurero que viene a disputarle el pan, a cuantos, en fin, le vejan o le estorban en nombre del Estado, que son precisamente los que le hablan castellano. Este resorte, tocado hábilmente a tiempo o disparado por casualidad, produciría una gran sacudida.

El sentimiento que anima el catalanismo es, pues, esencialmente diferencial, parte a España en dos: es una descomposición del amor patrio, del amor a la patria española.

Este principio de descomposición, ¿qué elementos de cohesión, de resistencia,, encuentra en su camino? ¿qué queda de patria española en Cataluña? Queda la geografía que ha hecho llamar España a toda la Península; queda la historia común de cuatro siglos; quedan los intereses creados, y queda la inercia. Pero si con todo ello el sentimiento diferencial ha podido formarse y desarrollarse; si, a pesar de todo, la descomposición ha empezado y avanza, señal es de que esto es más fuerte que aquello.

Se dirá que la debilidad de España es accidental, que es una crisis, que pasará, y que al reaccionar, los elementos de cohesión dominarán la descomposición. Pero ¡en qué se funda esta esperanza? ¡Se puede fiar a ella el remedio de un mal que es una realidad ya presente y en rápida marcha? ¿Qué llegará primero, la cohesión que aún se sabe por dónde ha de venir, o la  consumación de la descomposición que ya actúa? Y entretanto, ¡cómo se contiene ésta? ¿por la represión? ¿Se siente la España actual con fuerzas para ella? ¿No corre el peligro de perder en la misma las fuerzas que le quedan, y perecer definitivamente en la demanda?

El remedio ha de buscarse en el mal mismo… que no es un mal, sino un signo de nueva salud. Toda descomposición acaba en una recomposición; y la descomposición que representa el sentimiento catalanista puede acabar en la recomposición del espiritu nacional español, si se le trata como el mayor principio de vida que hoy queda en España; si en vez de combatirle se ponen en dirección de él, dentro de él, las fuerzas de cohesión que todavía quedan; si, dándole la razón, se destruye lo que en él hay de desamor, convirtiéndolo toda en amor, que entonces no cabrá en Cataluna y habrà de extenderse per toda una España nueva. Hela aquí la esperanza más fundada.

El espiritu castellano ha concluido su misión en España. A raiz de la unidad del Estado español, el espiritu castellano se impuso en España toda por la fuerza de la historia: dirigió, personifico el Renacimiento: las grandes sintesis que integraban a éste, el absolutismo, el imperialismo colonial, el espiritu aventurero, las guerras religiosas, la formación de las grandes nacionalidades, toda la gran corriente del Renacimiento encontró su cauce natural en las cualidades del espíritu castellano; por esto España fué Castilla y no fué Aragón; y todo lo que en Aragón y en otros antiguos reinos era algo vivo y algo propio, fué absorbido por el elemento entonces necesariamente director, el castellano, que era el representativo de la época, y tenía, por tanto, la misión de ser la España de ella. Vino la decadencia del Renacimiento, y con ella la decadencia de la España castellana. Vino el siglo XIX, y todavía las guerras europeas y las luchas políticas por las ideas de la Revolución francesa, que hicieron el prestigio del parlamentarismo y de sus hombres, prolongaron la misión de la brillante y sonora Castilla en España. Pero todo esto está muriendo, y Castilla ha concluído su misión.

La nueva civilización es industrial, y Castilla no es industrial; el moderno espíritu es analítico, y Castilla no es analítica; los progresos materiales inducen al cosmopolitismo, y Castilla, metida en un centro de naturaleza africana, sin vistas al mar, es refractaria al cosmopolitismo europeo; los problemas económicos y las demás cuestiones sociales, tales cuales ahora se presentan, requieren, para no provocar grandes revoluciones, una ductilidad, un sentido práctico que Castilla no solamente no tiene, sino que desdeña tener; el espiritu individual, en fin, se agita inquieto en anhelos misteriosos que no pueden moverse en alma castellana, demasiado secamente dogmática. Castilla ha concluído su misión directora y ha de pasar su cetro a otras manos.

El sentimiento catalanista, en su agitación actual, no es otra cosa, que el instinto de este cambio; de este renuevo. Favorecerle es hacer obra de vida para España, es recomponer una nueva España para el siglo nuevo; combatirle, directa o tortuosamente, es acelerar la descomposición total de la nacionalidad española, y dejar que la recomposición se efectue al fin fuera de la España muerta.

Y ¿cómo se ha de favorecer el movimiento catalanista en el sentido de la España nueva? Pues abriéndole toda la legalidad, tan ancha como su expansión la necesite; dejando que esta expansión informe la legalidad; facilitándole la propaganda para que se integren en él todos los impulsos vivos y progresivos; aportando a él los residuos de dirección del viejo espíritu castellano: convirtiéndolo en una palingenesia nacional.

Esta palingenesia resultará quizás penosa y turbulenta, porque en ella habrán de ponderarse y equilibrarse libremente todas las fuerzas que quedan en España; pero es cuestión de vida o muerte. Si España muriese en esta recreación de su espiritu nacional, por no poder ya resistirla, su muerte sería gloriosa y fecunda en la historia, porque habría muerto en un esfuerzo de vida; mientras que, de resistirse a ella, morirà, asi como así, en tristes y estériles convulsiones de muerte definitiva.

He aquí, pues, lo que significa el movimiento catalanista: un amor y una busca de la vida; un horror y un huir de la muerte. Por esto decimos que el catalanismo es, ante todo, una cuestión de sentimiento.

El futur d’Espanya

Escric aquestes línies 30 minuts després que hagin tancat els col·legis electorals a Andalusia, i totes les enquestes fan guanyador al Partido Popular per majoria absoluta.

Al final el canvi real eren senyorets de Madrid venint a dir què havien de fer, i ser, els andalusos. I alguns posant una candidata forastera. Sí, forastera. I no només pel Torrija Gate —molt més sublim i interessant i real que el Catalan Gate—, sinó perquè les bondats de la centralització tenen els dies comptats.

Joan Maragall, el Maragall bo —l’únic bo, podríem afirmar— va escriure tota una sèrie d’articles en espanyol, recollits al setè volum d’una edició de les seves Obres Completes, feta pels seus fills el 1930, que és una delícia —moltíssimes gràcies, Biel! Us en deixo la tercera part d’un, titulat «Patria y región», del 1900. Llegiu-lo, i digueu-me que aquest text, publicat fa cent vint anys, no és d’una actualitat tremenda.

El futur d’Espanya, si Espanya vol tenir futur, passa pel regionalisme. Això és un fet, i qui no ho vegi és perquè o no vol mirar o no s’hi veu.


Patria y región III

(Joan Maragall, Obres completes v. VII)

Como causa próxima del moderno movimiento regionalista en Expaña, señala el señor Golpe las rivalidades entre provincias y regiones para obtener las mercedes del poder central, único dispensador de ellas en el moderno régimen político: rivalidades y antipatías que se manifestaron y agriaron con chanzonetas y chascarrillos en la prensa y en el teatro, donde gallegos y andaluces, castellanos y catalanes, se han puesto mutuamente en ridículo; y dice que esto fué en cierto modo beneficioso, en canto exaltó los sentimientos regionales.

No creemos que un movimiento tan serio y tan hondo como el despertar de las antiguas nacionalidades españolas reconozca una causa tan pequeña. Estas rivalidades que en todos los estados del mundo existen y son un aspecto de lo que se suele llamar provincialismo, pueden en España haber sido agravadas por las diferencias fundamentales en el origen y carácter de las poblaciones regionales, y presentarse como un efecto de aquellas diferencias, nunca como una causa, a no ser, naturalmente, por reacción sobre el mismo sentimiento diferencial de que procedian.

Las verdaderas causas hay que buscarlas, nuestro entender, primero en una especie de ley histórica que, a semejanza de las leyes fisicas, tras el largo periodo de centralización a la moderna instaurada por el jacobinismo de la revolunión francesa y extendida a toda Europa, ha producido un movimiento de reacción descentralizadora.

Este movimiento lo inició ya el romanticismo literario y artístico, enamorándose de la Edad Media, en cuya contemplación encontró el origen y el prestigio de las nacionalidades que, mal amalgamadas, constituyen hoy los Estados modernos. Y esta visión romántica ha trascendido después a las ciencias sociales, coincidiendo con la inquietud de los pueblos cansados del despotismo centralizador.

Y como causa más próxima y especial para nosotros, creemos reconocer una falta de fuerza asimiladora en el Estado español, una falta de poder de atracción en su centro político, cuyo estudio no es de esta ocasión, pero que indudablemente resulta favorable a las aspiraciones regionalistas.

Sin embargo, así que estas aspiraciones se han manifestado (muchas veces —-hay que confesarlo— con la exageración natural a todas las reacciones), el centro politico, lejos de aceptarlas en lo que racionalmente podía y debía aceptarlas, se ha alarmado y se ha rebelado también exageradamente contra ellas.

Esta repulsa la ha sintetizado el señor Golpe en los siguientes párrafos: «Mas entonces —dice— se sublevaron los egoismos y los intereses creados, y los encargados de la tutela politica, encastillados en el centro, temblaron por su administración. ¡Cómol —dijeron— vamos a consentir que los pueblos se emancipen y se conviertan en administradores de sus intereses? ¿Qué seria de nosotros y de nuestro poder si les abandonásemos los productos de tan lucrativa herencia?

Digamos que la patria peligra si prosperan esas doctrinas; digamos que lo que intentan los regionalistas es el aniquilamiento del Estado, el separatismo fratricida, parricida, horrendo. Combatámosles por todos los medios… Hagamos creer que sus doctrinas son anárquicas para que los cándidos, los timoratos, los que no saben moverse ni pensar por cuenta propia, así lo crean. Sublevemos contra ellos a todos los que cobran de los fondos públicos y a todos los caballeros de industria de la politica, que viven a expensas de la administración. Y llamemos en torno nuestro a los elocuentes tribunos que nos secundan, para que los anatematicen, y a los farautes de la opinión para que azucen contra ellos a los ignorantes… Y desde la Academia habló Sánchez Moguel contra el regionalismo, y desde el Ateneo Núñez de Arce, y Castelar tomó la ampolleta ciceroniana, y don Juan Valera nos llamó envidiosos… En contra de Núñez de Arce escribió el ilustre periodista barcelonés don Juan Mañé Flaquer; en contra de Sánchez Moguel don Manuel Martinez Murguía, y en defensa de las teorías regionalistas, Alfredo Brañas, Arturo Campión, Almirall y otros muchos, fijando perfectamente los principios fundamentales de aquel sistema y reuniendo en torno suyo una juventud generosa y entusiasta».

A tal punto ha llegado la corriente regionalista en España, que don Francisco Silvela, en un artículo publicado en 1894 en El Tiempo, decía: «El regionalismo es una fuerza anacrónica (el señor Golpe rebate este calificativo) y mal dirigida en la mayor parte de las soluciones que la apasionan, pero es una fuerza; y en un país cuya enfermedad más peligrosa y alarmante es la anemia y el decaimiento de espíritu nacional, nosotros miramos el regionalismo y a sus manifestaciones con cariño y observamos con indulgencia sus extravios cuando son sinceros. Por otra parte hay que reconocer que los intentos de absorción de las diferencias administrativas y económicas del gobierno central tropiezan con un gran obstáculo moral en las provincias lastimadas, y este obstáculo es la evident inferioridad de nuestros organismos administrativos centrales».

Esto decia don Francisco Silvela en 1894. Sólo que después sus programas políticos y las campañas periodísticas de sus partidarios no siempre han estado en consonancia con aquel criterio.

Y es que en la atmósfera del centro político de España hay algo que, a los que se dejan penetrar por ella, les inhabilita para sentir estas cosas, aunque su inteligencia las comprenda y su voluntad quiera orientarse hacia ellas. Este fenómeno (que merece ser estudiado con detención por quien sepa y pueda hacerlo) deja esperar muy poco de cuantas tentativas se hagan en España en pro de una evolución seria y reposada hacia una constitución regionalista que, por otra parte, creemos sería lo que pudiera regenerar el Estado español.

Por esto consideramos con simpatia, pero sin grandes esperanzas, la buena fe con que el señor Golpe pide, así en general, para las regiones españolas la libertad compatible con la soberanía legítima del Estado, es decir, la libertad natural, civil y administrativa, salvaguardia de su respectiva personalidad»; y más sintéticamente, «la variedad en la unidad y con ello el reinado de la libertad verdadera».

Dudamos de que tales aspiraciones prosperen nunca en España por lo que antes hemos dicho, y también porque —es menester reconocerlo— las regiones españolas que tienen vivo el sentimiento regional, no solamente no son todas sinó que son las menos. Las demás, la mayoria, se acomodan perfectamente al sistema imperante y casi, casi diríamos que por temperamento necesitan de él.

En España, lo único que hay vivo en punto a regionalismo es el nacionalismo de algunas de las provincias que, por haber formado parte de antiguos Estados independientes, o por llevar en su fondo una levadura diferencial de raza, por su posición geográfica y caracteres y relaciones que de ella derivan, o por todas esas cosas a la vez, se sienten con espiritu distinto del que anima al Estado político español, y se creen con aptitudes para gobernarse por el propio, más en armonía con el movimiento social moderno.

Y para estas provincias nacionalistas es sumamente dificil y delicado formular un programa regionalista concreto; y sobre difícil y delicado, tal vez inútil.

¿Pretenderán asimilar su espiritu al del centro politico, ejerciendo en éste una cierta hegemonía? La asimilación nos parece monstruosa y la hegemonia muy problemática, dadas las aptitudes políticas de unos y otros dentro del sistema politico imperante. ¿Pedirán independencias o autonomías particulares? Al grito de ¡sus! ¡a los separatistas! les echarán encima la gran masa del país español. ¿Se contentarán con un programa de amplia descentralización? No lo conseguirán del espiritu político central por las razones que antes hemos indicado; además de que esto entendemos que no bastaría a las necesidades del desarrollo de su genio nacional.

Pues, ¿qué hacer? ¿abandonar la partida? ¿embozarse en un retraimiento sublime? ¿brujulear entre el caciquismo parlamentario? Nada de esto.

El impulso está dado, el espíritu nacional despierto. Cultívese ese sentimiento de la nacionalidad en todas sus manifestaciones, désele plena conciencia diferencial, exáltesele; y en cada circunstancia, en cada conflicto en que el mismo se halle en juego, la fuerza de expansión que este sentimiento demuestre dará la medida de aquello a que se puede aspirar en aquel momento. Si para llevar detrás a las multitudes se necesita una bandera clara y concreta, déseles en cada ocasión la del interés de momento, la del interés vivo y palpitante; y cada hombre, cada generación, lleguen hasta done puedan.

Creemos esto más vital y provechoso que consumir actividades en la confección de programas generales a fecha indefinida (cosa muerta como lo que son apriorismos) y en la discusión inútil para convencer a inconvencibles. No se olvide que en España el regionalismo se reduce, en teoria, a una cuestión de sentimiento, y en la práctica a una cuestión de fuerza.

Que venen els fatxes!

Doncs que vinguin. Ja hi ha bastant gent que ho diu obertament. Hi ha bastant gent que estem cansats del conte de Pere i el llop. I hi ha molta gent cansada que l’únic discurs polític actual de l’esquerra, en general, és «que venen els fatxes».

Doncs potser seria hora que vinguessin, de forma que poguéssim veure realment en què consisteix això de «els fatxes». Que són populistes? Doncs sí. I ho són de la mateixa forma que ho van ser Podemos. I al populisme comunista podemita no només se li ha permès tot, sinó que en menys de quinze anys han aconseguit arribar a la vicepresidència del país.

Potser seria hora que arribessin, els fatxes i acabem d’una vegada amb el discurs de la por. Que vingui la ultradreta nacionalista espanyola. I donem-li la benvinguda. Com tots els nacionalistes, el nacionalisme espanyol acabarà moderant-se. No només perquè gran part del que defensen és irrealitzable, sinó que tampoc és gaire plausible que, un cop al govern de diferents autonomies, executin la seva idea de desmantellar just aquells llocs on han aconseguit tocar poder.

L’arribada de la ultradreta nacionalista espanyola potser serveix per veure realment que, com en tots els nacionalismes, el seu discurs està buit. Potser no tan buit com el de la pseudoliberalitat espanyola de Ciutadans. Com tothom hauria de recordar, Ciutadans és el partit que va guanyar les eleccions catalanes de 2017 i que, podent governar «la Catalunya real» que tant deien defensar, van quedar-se immòbils, com un conillet al mig d’un camí de cabres, espantat davant els llums d’un cotxe, incapaç d’apartar-se i que, finalment, acaba atropellat.

I no només això. Sent un partit clau per a la investidura del president del Govern espanyol actual, el mateix partit va tornar a fugir d’estudi, i només va reaccionar quan les enquestes indicaven, dos dies abans de repetir eleccions, la possible pèrdua de gairebé la meitat d’escons aconseguits, i la repetició de la desfeta a Catalunya: dels 36 escons l’any 2017, als 6 del 2021. I de moment tot pinta que a les pròximes eleccions andaluses del juny del 2022 es pot tornar a repetir la desfeta. Per què? Perquè Ciutadans és purament discurs buit. No hi ha res al darrere. Només proclames sense contingut.

El cas de VOX potser és diferent. També és un partit nascut com de la reacció, i la seva pulsió nacionalista és molt més clara. Perquè a diferència de Ciutadans, s’ho creuen. Ja fa quatre anys que VOX va entrar al parlament andalús, i llavors, els tronats de sempre ja ens van dir que «havien arribat els fatxes a un parlament». Cal recordar que a Ciutadans també els van considerar com «la ultradreta», i Ciutadans té representació parlamentària a Catalunya des de 2006.

A diferència de Ciutadans, VOX no ha dubtat en portar el seu discurs populista arreu. I no només van donar «la sorpresa» a Andalusia, sinó que han aconseguit entrar al govern autonòmic de Castella i Lleó, amb una vicepresidència sense atribucions ni contingut, i la presidència de la mesa del Parlament. VOX ja està tocant poder. I un cop es toca poder, el discurs tremendista i estrident del populisme s’acaba diluint.

Perquè si es vol formar part de governs efectius, a menys que s’obtingui la majoria absoluta, i això cada vegada és més difícil, cal arribar a acords amb altres parts. I les altres parts, en política, són el contrapès. I tothom ha de cedir, perquè l’absurditat de «tot o res» acaba gairebé sempre en «res». I llavors no només es perd credibilitat, sinó que es pot perdre la quota assolida. Tots els nacionalismes fan el mateix: plorar justet per aconseguir el que volen. I si són llestos, ho fan sense matar la gallina dels ous d’or.

Per tant, que vingui VOX. Que se li doni la benvinguda a la classe, i que se l’interpel·li com cal: exposant els seus discursos falsos, i passant comptes de la seva acció de govern, quan calgui. Amb assertivitat i amb valentia; amb les dades a la mà, i les veritats a la cara. I quan abans arribi, millor.

Que vinguin els fatxes, i ja veurem si un cop instal·lats a les institucions que diuen voler fer desaparèixer —com per exemple les autonomies—, són capaços de renunciar a càrrecs de poder, a pressupost, a presència mediàtica i totes les tribunes que els permeten emetre el seu discurs nacionalista, que no és res més que la tradicional victimització: «la culpa que nosaltres estem malament és de l’altre», siguin els catalans, o els immigrants, o els homosexuals.

Què dieu? Que si guanyen llavors tindrem un problema gros? Si penseu això us esteu equivocant, perquè el problema gros el tenim ja ara. Els fatxes ja són aquí perquè s’ha defugit el problema durant massa anys. Fer «cordons sanitaris» i altres bajanades només ajudarà que el seu discurs sigui encara pitjor. Com a França, que estan retardant el tema cada cop més, fins que li donaran la majoria absoluta en safata de plata d’aquí no gaire, llavors a plorar. Fer absurdeses com l’assumpte de la impugnació fallida de la candidata Olona a Andalusia tampoc ajuda, i encara reforça el discurs.

No cal fer-los el joc, sinó deixar-los jugar. No només cal fer que arribin, sinó que es quedin. I que, amb paciència, dilueixin el seu discurs. Perquè ningú va dir que la democràcia fos una cosa fàcil i còmoda, i la majoria de vegades hem de compartir espais petits i poc ventilats amb molta gent i molt diversa. I precisament, com ens repartim aquest espai petit, mal ventilat i empudegat de suor —començant per la nostra—, és del que va, entre moltes altres coses, la democràcia.

Catalunya, Twitter i populisme polític

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Diumenge 6 de març, al Quadern central d’El País, Ana Pazos publicava un article on comenta el tema del wokeisme, i de la política feta per a certs sectors de Twitter en comptes de destinar-la a un electorat ample. Ja fa anys que parlem de la futbolització de la política –i de la premsa. Però darrerament, bé, en els darrers gairebé deu anys, s’ha twitteritzat. És a dir, que la política es fa des de i per a Twitter.

Un dels problemes que hi veig és el següent: jo m’he assabentat que existeix una cosa anomenada «woke» fa, amb prou feines, tres setmanes. Tres setmanes és el temps que fa que torno a treure el cap per Twitter. Woke aquí, woke allà. Maquíllate, maquíllate. I ara resulta que quan arribo, ja és una cosa passada de moda a la xarxa, i «només ho diu la gent gran». I resulta que això existia des del 2018!

En resum: que mentrestant tota la cultura política es mou dins de Twittter, les persones que no habiten a Twitter no saben què vol dir «woke», ni què pebrots és la «cultura woke» –un cop la descobreixes, més que «cultura woke», potser caldria parlar de «cultura Ewok», que és com en Chewacca, però en petit i sense gaires llumeneres. Això significa que tenim un problema de dissociació amb la realitat. Un problema brutal.

I un punt central d’aquesta dissociació és que la classe política no es comunica amb el seu electorat. Comunicació en el sentit de comunicar uns les seves necessitats, els altres entendre-les i respondre intentant satisfer-les. Aquesta és una qüestió que té una incidència especial.

Des de fa gairebé vint anys que, de tant en tant, escric als que considero els meus representants polítics. Diputats, diputades –al Parlament, al Congreso i al Parlament Europeu–, i regidors i regidores. No compto les cartes i correus-model enviats en diferents campanyes en les quals he participat. Però sí que compto emails personals. En tots aquests anys, només he rebut dues respostes. Una del president Artur Mas pocs dies després de resultar investit. La segona per Ramon Tremosa, membre del Parlament Europeu.

Les darreres cartes que he enviat van ser, per una banda, a totes les diputades d’Esquerra de Catalunya (la R val més no parlar-ne) en ocasió de la tramitació de la «Llei Iceta»; i també una consulta a la diputada de Demòcrates al Parlament de Catalunya, Assumpció Lailla –i al compte genèric de Demòcrates de Catalunya al Parlament–, preguntant si es faria alguna pregunta al Govern per haver mentit durant dos anys en el nombre d’ingressos per causa de covid. De cap n’he rebut resposta. Ni un trist email automatitzat.

Com hem dit, tota la política es mou només pel que es diu a Twitter. Allà sí que hi ha debat –si a allò li podem dir alguna cosa. I això, repetim-ho, és un problema. Per moltes raons. La primera d’elles, perquè Twitter no és representatiu del demos de cap país, menys encara de Catalunya o d’Espanya. Aquí teniu un petit estudi d’estar per casa, aprofitant el cas del famós «Manifest pel Referèndum Unilateral d’Independència» de 2016.

Per als mandrosos que no vulguin llegir els dos articles, us copio un breu extracte del primer:

Segons diferents números i estudis, el nombre d’usuaris de Twitter a Espanya és una xifra situada entre 5 i 7 milions de persones, més o menys del 10 al 15% de la població. A Catalunya aquestes magnituds serien, si no iguals, molt semblants.

En realitat el nombre ha de ser bastant més baix. Els usuaris de Twitter més grans de 55-60 anys són molt pocs, però la població d’aquesta franja és molt alta. Acceptem 12% com a «nombre d’usuaris de Twitter respecte a la població de Catalunya». Això ens deixa menys d’un milió de persones.

https://arfues.wordpress.com/2016/08/17/sobre-el-populisme-constructiu/

Recordem que aquestes dades són de 2016, així que la cosa pot haver canviat. Però tampoc gaire. Cal tenir present que parlo d’usuaris reals. La majoria d’usuaris actius de Twitter són generats automàticament, bots programats per amplificar el discurs que toqui. Com a nota final, i si no han canviat la seva política, Twitter no publica les dades dels seus usuaris, ni dels reals ni dels bots.

És a dir, que si Som set milions, podríem parlar d’uns 700.000 usuaris a Catalunya. D’aquests, cal descomptar comptes inactius, comptes corporatius i institucionals, comptes B i C —un compte B és el que em faig jo d’amagat—, etc. És a dir, que el nombre de persones físiques —de la descripció legal de «persona física», amb DNI— a Twitter és bastant baixa.

Dit això, l’extracte del segon article, on comentava dos números del cas d’èxit del manifest del RUI:

El 90% del debat sobre el RUI s’ha fet a Twitter, target obvi del Manifest en si, com bé apuntaven alguns. I Twitter no és ni de bon tros «l’esfera pública».

[…]

Però si anem a veure la quantitat de signataris del Manifest [del RUI], en el moment d’escriure aquest text són 14338 –i a l’hora de revisar-lo, 24 hores després, 14350–. Amb prou feines un Palau Sant Jordi.

Tinguem en compte que el mínim per presentar una Iniciativa Legislativa Popular al Parlament són 50000 signatures, i que 14350 és el 0,7% dels 1 957 348 de vots de JxS i CUP del 27 de setembre.

https://arfues.wordpress.com/2016/08/02/el-manifest-del-rui-clictivisme-exitos/

Per tant, l’agenda política de Catalunya es va modificar a Twitter, però amb menys de la meitat de persones físiques necessàries per a iniciar una ILP al Parlament de Catalunya. Si traslladem això al sistema mètric de «camps de futbol» –per als lectors de ciències–, no s’hauria omplert l’antic Mini Estadi del Barça. Després ens posarem les mans per les interferències electorals, i Facebook i els bots russos als Estats Units, eh? Que no falti!

Hi torno: el terrabastall que va causar el tema del manifest del RUI a Twitter, que es va traduir menys de 15000 persones reals, amb DNI, signant una petició, va causar un gir de dimensions importantíssimes a la política catalana. Això no és activisme a Internet. Això és un problema greu de populisme.

Si hi sumem que les demandes directes dels ciutadans reals als seus representants s’ignoren sistemàticament, el problema s’agreuja. La política ha de servir a les persones. Es fa per persones, i els seus fruits han d’anar destinats a les persones, no als usuaris de qualsevol xarxa social. Ni els partits tampoc s’han de deure al nombre de seguidors d’aquestes mateixes xarxes socials.

Una cosa és el concepte d’«opinió pública», però una altra cosa molt diferent és una aplicació informàtica que, només i exclusivament dins del seu propi àmbit, provoqui molt soroll, però no tingui cap incidència real a la vida de la majoria de ciutadans. En cap cas pot prendre’s aquesta —ni qualsevol!— aplicació informàtica com a representativa de la població. Per moltes raons que no caldria enumerar. Si cal enumerar-les, és que tenim un problema afegit sobre comprensió del funcionament d’una democràcia representativa.

El debat polític no es pot fer [únicament] a Twitter. Perquè ni allà hi ha debat, ni Twitter és representatiu de la societat. La política ha de marxar de Twitter i ha de tornar a mirar cap a les persones reals. Potser així les absurditats que hem vist els darrers deu anys es reconduirien, i es podria intentar fer alguna cosa pràctica. Quelcom útil per a la societat, i no passar-se el dia fent fotos per publicar-les a les xarxes socials. Que després ens queixarem molt fort, «que venen els fatxes!».

La política de terra cremada (eleccions a Castella i Lleó)

La política sanchista és de terra cremada. No sé si han llegit massa a Sun-Tzu. O massa poc. Forçar a l’enemic a pactar amb els altres enemics. Destruint completament l’enemic actual, però al mateix temps alimenten a l’enemic del futur.

I mentre esperen aquesta fagocitació que els permeti guanyar les següents eleccions, s’omplen de vergonya a l’hora de prendre responsabilitats al front de guerra, “perquè això ja ho farà la UE”.

El futur d’Espanya, en mans dels terroristes polítics que s’han cregut que viuen a House of Cards, és bastant negre. “Que vienen los fachas!”, ens diran. Bé, alguns ja han començat.

Índex de lectura a Espanya… lo qué?!

Que els hàbits de lectura a Espanya estan sota mínims no és noticia. Que si la culpa és de la LOGSE, que si la culpa és d’ Internet, o que si la culpa és dels pares que les vesteixen com… ai no, que això és una altra cosa.

Fa uns dies, mentre canviava de programa-de-merda-N a programa-de-merda-N+1 a la televisió, vaig ensopegar aquell impagable programa de periodisme d’investigació presentat per un tal Wyoming, starring as himself, on una de les co-presentadores, concretament la que van fitxar després de sortir a Look at this fucking hipster, passejava per la Feria del Libro de Madrid amb tres sagals per tal de fomentar els seus hàbits lectors.

Però el tema d’avui no és el terrible índex de lectura juvenil, no. NORL! El que realment ens hauria de preocupar, en cas que la nostra fos una societat avançada i democràtica, son els índex de lectura dels adults. I més concretament els de la gent que ostenta càrrecs.

Un exemple clar el tenim en els presidents d’editorials com Hacer Editorial SL, al que vaig enviar una missiva demanant que em tornessin els diners d’un llibre que havia comprat ja que, segons exposa legalment la nota de protecció de copyright, no puc ni tan sols llegir-lo sense convertir-me en delinqüent de la propietat intel·lectual .
La resposta de l’editor, publicada als comentaris de l’entrada, demostra que o bé no va acabar de llegir la carta, o bé no la va comprendre, ja que en comptes de parlar sobre la devolució dels diners em donava el seu permís per a llegir qualsevol llibre de la seva editorial.

Però la palma, el palmó i la sortida a hombros per la porta gran (però l’altra porta gran, la que condueix al barranc…) se l’emporta el Director del Gabinete de la Presidencia del Gobierno D.Jose Enrique Serrano Martínez.

Aquest senyor és el responsable de llegir, i contestar, les cartes que els ciutadans espanyols envien al seu President. I això és el que va fer Eme Navarro quan el President Zapatero va dir que volia acabar amb la pirateria cultural.

A la seva carta, Navarro li dona les gràcies al President per la seva valenta determinació:

También espero que, dentro de las medidas antipiratería, se incluyan actuaciones contra las sociedades de gestión de derechos de autor que recaudan a todos y solo reparten entre sus amiguetes (75% del dinero repartido va a sólo un 1,73% de los socios,). Nos impiden el derecho a voto a más del noventa por ciento de sus socios, hacen desaparecer misteriosamente miles de millones de pesetas del montepío de autores, dejando a los autores jubilados con una vejez incierta e impiden que se celebren conciertos si la sala no ha pasado primero por caja. Ya sé que ha anunciado medidas contra la piratería pero ya puestos un par de medidas antimafia tampoco estarían mal.

Un cop enviada la carta, el senyor Cap de Gabinet li va enviar una altra resposta on es veu clarament que, o bé no va acabar de llegir la carta, o no la va acabar d’entendre, ja que li contesta que el Gobierno Socialista té la determinació de lluitar “contra la vulneración de la propiedad intelectual a través de Internet”, que per a això s’han inclòs varies propostes a la Ley de Economia Sostenible i que enviarà la carta al Ministerio de Cultura.

Aquest senyor, recordem, és el Cap de Gabinet d’un President de Govern que fa 8 dies presidia la Unió Europea. I veient això, dubto que ni tan sols aprovés un comentari de text de segon d’ESO…

Però com he dit al principi, això només ens hauria de preocupar en cas que la nostra fos una societat avançada i democràtica.

Per què Spain is different? Capítol 3: del turisme cultural als reality show

Previously, on Spain

Després d’abandonar Galícia i marxar cap al sud, els musulmans que van conquerir la península ibèrica en 15 anys van deixar-se endur per la decadència. Afanats en el seu hedonisme, van començar a crear concursos absurds, com el de menjar fartons. Aquestes activitats van provocar, a part d’un augment espectacular dels casos de diabetis i obesitat, així com petites rivalitats que, amb el temps, van anar creixent i creixent.

Aquells concursos inofensius van derivar en tumults i baralles de carrer, disputes sobre qui feia els millors fartons d’Al-Andalus, o batalles campals perquè algú havia dit que allò de barrejar orxata amb suc de llimona i gel no podia ser bo.

Finalment els tumults van augmentar, forçant la disgregació del Califat en diferents faccions que defensaven les seves pròpies receptes envers els altres, donant pas a les Taifes, precursores del sistema actual de Penyes, tan conegut i celebrat a tota la península durant les festes majors.

Així doncs, amb mitja població a règim, acaparant reserves d’estevia i sense voler a sentir parlar de fartons mai més a la vida, i l’altra mitja defensant la recepta de la seva respectiva iaia, els musulmans no van percatar-se del creixent trànsit europeu que creuava contínuament el nord peninsular.

Lluny de promoure un canvi en la situació, els reis cristians van anar fent i cobrant enormes sumes als turistes europeus en un afany comercial que, junt amb l’analfabestisme promogut pel sistema caciquil, feia que la població dels regnes cristians es preocupés ben poc per l’educació:

Nen, tu el que has de saber és de númbrus i poc més, ves que no t'estafin aquests teutons, que la saben molt llarga amb el canvi. Això dels llibres i les lletres només que porta problemes. Recorda't d'aquell foraster que va venir parlant de llibres... que el mossèn el va fer cremar.

Mentrestant, a Europa, el Sacre Imperi Romà també experimentava una lleugera fragmentació produïda pel fet que, qualsevol imperi basat només en la fidelitat dels comptes a l’emperador i la personalitat d’aquest, es trenca quan l’emperador fineix. A la riba mediterrània, aquesta fragmentació la va aprofitar un digne representant dels nord-europeus peluts i bevedors: Guifré, dit el pilós.

Històricament, un Compte era poc més que un càrrec administratiu. Recaptava imposts pel rei, decidia la despesa pública i era davant ell que els pobladors dels dominis havien de respondre. Ni més ni menys que un proto-funcionari. Com a bons funcionaris, els comptes ostentaven la feina de per vida. A la seva mort perdien el lloc de treball, però els seus fills tenien molts números, tot i que no la seguretat al 100%, per heretar el contracte.

En veure que el xiringuito carolingi tenia els dies comptats i aprofitant que estava a la perifèria de l’imperi, Guifré va fer el que molts d’altres ja feien: llegar els seus contractes comptal-funcionarials, que conformaven la Marca Hispànica, als seus fills i a perpetuïtat, creant així una altra tradició ben nostrada: les sagues polítiques familiars.

Així doncs, mentre Guifré i els seus fills creaven el funcionariat hereditari, els analfabèsties escura-guiris càntabreasturlleonesos van mirar un bon dia cap al sud i van descobrir que els que foren estilitzats i senyorials musulmans s’havien convertit en un munt de rabiosos, gords i malalts, ocupats en debats acalorats sobre pastisseria casolana.

Però els reis cristians no van saber veure l’oportunitat que oferia un Al-Andalus fragmentat. És més, van començar a barallar-se entre ells per dominar el major nombre de trams de la ruta turística que travessava els seus dominis.

La principal empresa, el Reino de Asturias SEUH va perdre el monopoli explotador amb la creació d’altres SEUH diferents com les del Reino de León, Reino de Castilla, Reino de Galícia, Reino de Navarra o el Reino de Aragón.

Com eren poc, i als pobles tothom es coneix, van acabar per engegar una altra tradició que encara avui perdura: l’endogàmia reial. Els caps de casa feien i desfeien amb fills i filles, formant aliances mitjançant casaments. La parella tenien el major nombre de fills possibles, ja que feia falta mà d’obra per mantenir el negoci, i el tema de contractar forasters pel family business no estava ben vist: de fora vingueren que de casa ens tragueren… a més, els de casa ja coneixien com funcionava tot i no calia fer pesades entrevistes de treball…

Il·lustració sobre com repartir l'herència. "Costumisme popular chrestià" (autor anònim, s. IX EC)
Il·lustració trobada al manuscrit “Costumisme popular chrestià” (autor anònim, s. IX EC)
Quan pel pas del temps o per malaltia el cap de casa finava, no ho feia sense abans repartir el pastís entre la família com a bons germans. I com a bons germans, però també com a bons seguidors del culte necrofílic, van seguir les instruccions referents a les disputes d’herència que deia El Llibre al peu de la lletra: a hòsties.

A la mort del pare, i en cas que algú tingués quelcom a dir, els germans imitaven a Caïm i Abel i començaven a repartir garrotades, emprant bé una mandíbula d’ase o, en cas de no haver ases morts disponibles (fet que amb el temps es va fer més ostensible), directament a cops d’espasa. El darrer que quedava dret, aconseguia la totalitat de l’herència, en el que era una mena de Gran Hermano arcaic.

Així doncs, després de l’aplicació sistemàtica d’algunes solucions bíbliques com aquesta, el Reino de Asturias SEUH va passar a dir-se Reino de León SEUH, que després de la fusió va passar a dir-se Reino de Castilla y León, etc., donant pas als quatre grans finalistes del reality show per a regnes cristians del nord: Castilla y León, Navarra, Aragó i la Federació Unificada de Comptats de Katalunya (FUCK).